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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 81

 


La visión del matrimonio de las Princesas.

 

 

Me sobresalté por un instante. ¿Acaso él conocía todas las reglas implícitas del baile de máscaras? No, no debía ser así. No ganaba nada pensando profundamente y dándole significado yo sola a las cosas.

Terminé de revisar mi cabello y mi ropa frente al espejo. Al mirar de reojo por la ventana, vi que el amanecer estaba cerca. Mientras dudaba sobre si regresar ya a mis aposentos, la mano derecha de Regen se extendió frente a mí.

― Sasha, el baile aún no ha terminado. ¿Me concedería una pieza?

A lo lejos, se escuchaba la interpretación de la orquesta. La melodía dulce, junto con su voz, me cautivó de tal forma que no tuve forma de negarme.

― Está bien.

Puse mi mano en la suya y salimos del área de descanso. Regresamos al salón de baile, bailamos y volvimos a casa bajo la luz del sol matutino.

 

***

Un hombre está sentado en un trono revestido de joyas y oro. Con el cabello de oro blanco peinado hacia atrás, dejando solo unos mechones sueltos, y unos ojos gélidos de color azul claro; él era el Emperador Loco, Axelion, el dueño del trono imperial.

Su rostro, apoyado en una mano mientras miraba hacia abajo desde el estrado con aire de superioridad, estaba lleno de tedio y arrogancia. Si alguien se atrevía a contrariar su humor lo más mínimo, su cabeza rodaría de inmediato por la alfombra. Como advertencia, incluso el aire de la sala de audiencias estaba impregnado de una sed de sangre que emanaba de los caballeros de la guardia imperial alineados densamente a ambos lados de las paredes.

El jefe de sirvientes, un hombre de mediana edad con el cabello canoso, y Dominic, vestido con su uniforme azul, estaban de pie a ambos lados del trono. Ellos miraban, junto al Emperador, a la persona que se encontraba abajo.

El hombre de cabello negro era Laval Gawain, quien estaba ascendiendo rápidamente como capitán de la guardia de la capital.

― Informa.

Como alguien que domina el poder de las palabras, incluso la orden más trivial del Emperador Loco tenía fuerza. Laval, con una actitud cobarde impropia de un perro de caza, inclinó la cabeza profundamente.

― Informo a Su Majestad el Emperador sobre la situación en la capital. Recientemente, los criminales violentos han estado activos, pero no es algo por lo que deba preocuparse. Planeamos movilizar a todo el personal de la guardia para capturar a todos los elementos inquietantes antes del Festival de la Fundación y asegurar que no haya vacíos en la seguridad. Pondré todo de mi parte para que no haya imperfecciones en el pacífico reinado de Su Majestad.

― Excelente. Confío en ti.

― Entonces, con su permiso me reti...

― Aún debe quedar algo más por informar.

― ¿Perdón?

Ante el desconcierto de Laval, cuyos ojos se movían inquietos, el Emperador le dio la respuesta.

― Conde Gawain, no solo debes informarme sobre el estado de la seguridad, sino también sobre el sentimiento popular y las tendencias. He oído que últimamente en la capital es muy popular el arte basado en las princesas, ¿no es así?

― ¡Ah, sí! ¡Así es!

Desde que comenzó el concurso de sucesión al trono de las princesas, se estaban creando y popularizando activamente diversas obras de arte, literatura y ópera basadas en este tema.

La popularidad era arrolladora. La relación de soberana y vasallo entre las princesas y sus caballeros directos era un tema atractivo de por sí, y las sucesivas victorias de la Princesa Pájaro Plateado, logradas tras remontar situaciones adversas, resultaban sumamente dramáticas.

― Siento curiosidad por saber cómo seré retratado en esas historias donde mis hijas son las protagonistas.

Cualquier cultura que posea una narrativa tiene un gran poder de difusión. El Emperador Loco estaba preocupado por ese punto, pero Laval, de escasa inteligencia, exclamó con alegría:

― ¡Sí! ¡Seleccionaré las mejores obras y se las presentaré! ¡Los súbditos se regocijarán por el profundo interés de Su Majestad y le ofrendarán sus trabajos con gusto!

Ante aquel comentario que trataba su inquietud como mera curiosidad, el Emperador soltó una risa burlona.

― Un perro puede permitirse ser un poco estúpido.

― ¿Perdón?

― Retírate.

― Ah, sí, Su Majestad.

Con una reverencia servil y la espalda encorvada, Laval se alejó.

Por otro lado, a poca distancia del trono, había otras personas además de los caballeros de la guardia. Sentados en sillas dispuestas para ellos, estos dos hombres, que escucharon el informe de Laval, eran los principales colaboradores del Emperador Loco.

El hombre de unos treinta años, con un cabello rubio opaco recogido en una coleta y ojos entrecerrados y sombríos, era el Marqués Jaken Osbond. El otro, un hombre de unos cincuenta años cuya expresión bondadosa debida a sus cejas caídas daba la impresión de ser incapaz de dañar a nadie, era el Duque Arondight. El primero era conocido por todos como el bufón que hacía de verdugo del Emperador; el segundo era un burócrata corrupto que demostraba con sus actos que se puede llevar a alguien a la muerte sin mancharse las manos de sangre.

― Mis hijas como protagonistas... No me agrada ―murmuró el Emperador.

El Duque Arondight t respondió como si no fuera nada importante:

― ¿Acaso no ocurrió lo mismo cuando los príncipes competían? Los plebeyos solo producen obras de baja calidad movidos por la envidia y admiración hacia la Familia Imperial y la nobleza.

― He oído que esta vez el fervor es mayor. Es porque una de mis hijas es tan excepcional que está destacando demasiado.

Se refería indirectamente a Rosassia. El Duque Arondight, utilizando su carismática y afable apariencia natural, intentó calmar al Emperador:

― Es algo bueno. Que los súbditos estén absortos en el entretenimiento es señal de un reinado próspero. Los nobles también esperan con ansias la competencia. Al contrario, me preocupa que el impulso de la Princesa Pájaro Plateado decaiga y el interés se enfríe. Cuando el entretenimiento desaparece, siempre hay tipos que empiezan a interesarse innecesariamente en los asuntos de Estado.

― ¿Es así?

La irritabilidad en la voz del Emperador se suavizó un poco. El Duque Arondight concluyó con una lisonja convencional:

― Es conmovedor que Su Majestad, un monarca sabio, se preocupe por la opinión pública de sus súbditos influenciados por lo vulgar. Sin embargo, el interés no es más que interés, no se convierte en opinión pública, así que no se inquiete.

En ese momento, el Marqués Jaken Osbond, sentado en la silla de enfrente, mostró una sonrisa torcida y burlona en sus labios.

“¿Opinión pública? Qué estupidez”.

A su juicio, el Duque Arondight estaba analizando completamente mal las intenciones del Emperador. Al Emperador Loco no le importaba en absoluto la opinión pública. No tenía necesidad de ello. El poder absoluto que poseía provenía de los caballeros marcados con su autoridad de mando. Ante una fuerza militar abrumadora, la opinión pública carecía de importancia. Solo hay una cosa que el Emperador Loco ha temido, antes y ahora:

“El hijo del Emperador Loco matará a su padre y arrebatará el trono”.

La profecía de la Santa. Si los hijos del Emperador Loco se convertían en protagonistas de una narrativa, la profecía se vería inevitablemente entrelazada en ella. Los súbditos, al inventar epopeyas heroicas, podrían terminar hablando con ligereza incluso de aquel fatídico vaticinio. Como alguien que domina el poder de las palabras, el Emperador Loco conocía bien la fuerza de los vocablos y, por ello, recelaba de las miles de lenguas que hablaban fuera de su control.

El Emperador ya era un paranoico extremo que había masacrado a la mayoría de su descendencia. El destino de la Princesa Pájaro Plateado dependería de cómo se le provocara en ese instante. Tanto el Marqués Osbond como el Conde Gildren, el jefe de sirvientes, eran plenamente conscientes de la situación. En medio del silencio, cada uno terminó de calcular sus movimientos y tomó una decisión.

― Jefe de sirvientes, ¿tú qué piensas?

Aquel que ha manipulado al Emperador con su lengua viperina obtuvo, una vez más, la primera oportunidad.

― Como bien ha dicho su excelencia el Duque, esto ya ocurrió durante la competencia de los príncipes, por lo que, de hecho, es algo positivo.

― ¿Positivo?

― El poder solo reside en las palabras nobles de los seres elevados. Las historias vulgares creadas por gente de baja estofa, por el contrario, harán que ese poder se disperse.

― ¿Qué el poder se disperse?

Intervino el Marqués Osbond con naturalidad

― Así es, Majestad. ¿Acaso no se dice desde tiempos remotos que el origen de los cuentos de hadas era, en realidad, una terrible maldición? Al difundirlos entre niños inocentes, se debilita la fuerza del maleficio. Considero que la situación actual sigue una lógica similar.

― Hum... ¿Incluso el Marqués Osbond opina igual?

El Emperador Loco se mostró interesado. Era poco común que el Marqués Osbond y el jefe de sirvientes, que se despreciaban mutuamente, coincidieran en una opinión. Sabiendo esto, las miradas que se intercambiaron no fueron precisamente amables.

“Decir algo que beneficie a la Princesa Pájaro Plateado...”, pensó uno. “Tus intenciones son demasiado evidentes”, pensó el otro.

La razón por la que el Marqués Osbond protegía a Sasha era obvia. Como bufón y verdugo encargado del divertimento del Emperador, deseaba que la competencia que él mismo había diseñado fuera una obra maestra estimulante y perfecta. En las dos últimas pruebas, Rosassia había superado las expectativas, elevando el valor artístico del certamen. Para el Marqués, ella se había vuelto un ingrediente indispensable.

“La Princesa Pájaro Plateado tiene más valor que las otras. Mientras siga haciendo brillar mi obra, debo mantenerla con vida”.


 





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