La visión del matrimonio de las Princesas.
Me sobresalté por un instante. ¿Acaso él
conocía todas las reglas implícitas del baile de máscaras? No, no debía ser así.
No ganaba nada pensando profundamente y dándole significado yo sola a las
cosas.
Terminé de revisar mi cabello y mi ropa
frente al espejo. Al mirar de reojo por la ventana, vi que el amanecer estaba
cerca. Mientras dudaba sobre si regresar ya a mis aposentos, la mano derecha de
Regen se extendió frente a mí.
― Sasha, el baile aún no ha terminado.
¿Me concedería una pieza?
A lo lejos, se escuchaba la
interpretación de la orquesta. La melodía dulce, junto con su voz, me cautivó
de tal forma que no tuve forma de negarme.
― Está bien.
Puse mi mano en la suya y salimos del
área de descanso. Regresamos al salón de baile, bailamos y volvimos a casa bajo
la luz del sol matutino.
***
Un hombre está sentado en un trono
revestido de joyas y oro. Con el cabello de oro blanco peinado hacia atrás,
dejando solo unos mechones sueltos, y unos ojos gélidos de color azul claro; él
era el Emperador Loco, Axelion, el dueño del trono imperial.
Su rostro, apoyado en una mano mientras
miraba hacia abajo desde el estrado con aire de superioridad, estaba lleno de
tedio y arrogancia. Si alguien se atrevía a contrariar su humor lo más mínimo,
su cabeza rodaría de inmediato por la alfombra. Como advertencia, incluso el
aire de la sala de audiencias estaba impregnado de una sed de sangre que
emanaba de los caballeros de la guardia imperial alineados densamente a ambos
lados de las paredes.
El jefe de sirvientes, un hombre de
mediana edad con el cabello canoso, y Dominic, vestido con su uniforme azul,
estaban de pie a ambos lados del trono. Ellos miraban, junto al Emperador, a la
persona que se encontraba abajo.
El hombre de cabello negro era Laval
Gawain, quien estaba ascendiendo rápidamente como capitán de la guardia de la
capital.
― Informa.
Como alguien que domina el poder de las
palabras, incluso la orden más trivial del Emperador Loco tenía fuerza. Laval,
con una actitud cobarde impropia de un perro de caza, inclinó la cabeza
profundamente.
― Informo a Su Majestad el Emperador
sobre la situación en la capital. Recientemente, los criminales violentos han
estado activos, pero no es algo por lo que deba preocuparse. Planeamos
movilizar a todo el personal de la guardia para capturar a todos los elementos
inquietantes antes del Festival de la Fundación y asegurar que no haya vacíos
en la seguridad. Pondré todo de mi parte para que no haya imperfecciones en el
pacífico reinado de Su Majestad.
― Excelente. Confío en ti.
― Entonces, con su permiso me reti...
― Aún debe quedar algo más por informar.
― ¿Perdón?
Ante el desconcierto de Laval, cuyos ojos
se movían inquietos, el Emperador le dio la respuesta.
― Conde Gawain, no solo debes informarme
sobre el estado de la seguridad, sino también sobre el sentimiento popular y
las tendencias. He oído que últimamente en la capital es muy popular el arte
basado en las princesas, ¿no es así?
― ¡Ah, sí! ¡Así es!
Desde que comenzó el concurso de sucesión
al trono de las princesas, se estaban creando y popularizando activamente
diversas obras de arte, literatura y ópera basadas en este tema.
La popularidad era arrolladora. La
relación de soberana y vasallo entre las princesas y sus caballeros directos
era un tema atractivo de por sí, y las sucesivas victorias de la Princesa Pájaro
Plateado, logradas tras remontar situaciones adversas, resultaban sumamente
dramáticas.
― Siento curiosidad por saber cómo seré
retratado en esas historias donde mis hijas son las protagonistas.
Cualquier cultura que posea una narrativa
tiene un gran poder de difusión. El Emperador Loco estaba preocupado por ese
punto, pero Laval, de escasa inteligencia, exclamó con alegría:
― ¡Sí! ¡Seleccionaré las mejores obras y
se las presentaré! ¡Los súbditos se regocijarán por el profundo interés de Su
Majestad y le ofrendarán sus trabajos con gusto!
Ante aquel comentario que trataba su
inquietud como mera curiosidad, el Emperador soltó una risa burlona.
― Un perro puede permitirse ser un poco
estúpido.
― ¿Perdón?
― Retírate.
― Ah, sí, Su Majestad.
Con una reverencia servil y la espalda
encorvada, Laval se alejó.
Por otro lado, a poca distancia del
trono, había otras personas además de los caballeros de la guardia. Sentados en
sillas dispuestas para ellos, estos dos hombres, que escucharon el informe de
Laval, eran los principales colaboradores del Emperador Loco.
El hombre de unos treinta años, con un
cabello rubio opaco recogido en una coleta y ojos entrecerrados y sombríos, era
el Marqués Jaken Osbond. El otro, un hombre de unos cincuenta años cuya
expresión bondadosa debida a sus cejas caídas daba la impresión de ser incapaz
de dañar a nadie, era el Duque Arondight. El primero era conocido por todos
como el bufón que hacía de verdugo del Emperador; el segundo era un burócrata
corrupto que demostraba con sus actos que se puede llevar a alguien a la muerte
sin mancharse las manos de sangre.
― Mis hijas como protagonistas... No me
agrada ―murmuró el Emperador.
El Duque Arondight t respondió como si no
fuera nada importante:
― ¿Acaso no ocurrió lo mismo cuando los
príncipes competían? Los plebeyos solo producen obras de baja calidad movidos
por la envidia y admiración hacia la Familia Imperial y la nobleza.
― He oído que esta vez el fervor es
mayor. Es porque una de mis hijas es tan excepcional que está destacando
demasiado.
Se refería indirectamente a Rosassia. El
Duque Arondight, utilizando su carismática y afable apariencia natural, intentó
calmar al Emperador:
― Es algo bueno. Que los súbditos estén
absortos en el entretenimiento es señal de un reinado próspero. Los nobles
también esperan con ansias la competencia. Al contrario, me preocupa que el
impulso de la Princesa Pájaro Plateado decaiga y el interés se enfríe. Cuando
el entretenimiento desaparece, siempre hay tipos que empiezan a interesarse
innecesariamente en los asuntos de Estado.
― ¿Es así?
La irritabilidad en la voz del Emperador
se suavizó un poco. El Duque Arondight concluyó con una lisonja convencional:
― Es conmovedor que Su Majestad, un
monarca sabio, se preocupe por la opinión pública de sus súbditos influenciados
por lo vulgar. Sin embargo, el interés no es más que interés, no se convierte
en opinión pública, así que no se inquiete.
En ese momento, el Marqués Jaken Osbond,
sentado en la silla de enfrente, mostró una sonrisa torcida y burlona en sus
labios.
“¿Opinión pública? Qué estupidez”.
A su juicio, el Duque Arondight estaba
analizando completamente mal las intenciones del Emperador. Al Emperador Loco
no le importaba en absoluto la opinión pública. No tenía necesidad de ello. El
poder absoluto que poseía provenía de los caballeros marcados con su autoridad
de mando. Ante una fuerza militar abrumadora, la opinión pública carecía de
importancia. Solo hay una cosa que el Emperador Loco ha temido, antes y ahora:
“El hijo del Emperador Loco matará a su
padre y arrebatará el trono”.
La profecía de la Santa. Si los hijos del
Emperador Loco se convertían en protagonistas de una narrativa, la profecía se
vería inevitablemente entrelazada en ella. Los súbditos, al inventar epopeyas
heroicas, podrían terminar hablando con ligereza incluso de aquel fatídico vaticinio.
Como alguien que domina el poder de las palabras, el Emperador Loco conocía
bien la fuerza de los vocablos y, por ello, recelaba de las miles de lenguas que
hablaban fuera de su control.
El Emperador ya era un paranoico extremo
que había masacrado a la mayoría de su descendencia. El destino de la Princesa Pájaro
Plateado dependería de cómo se le provocara en ese instante. Tanto el Marqués
Osbond como el Conde Gildren, el jefe de sirvientes, eran plenamente
conscientes de la situación. En medio del silencio, cada uno terminó de
calcular sus movimientos y tomó una decisión.
― Jefe de sirvientes, ¿tú qué piensas?
Aquel que ha manipulado al Emperador con
su lengua viperina obtuvo, una vez más, la primera oportunidad.
― Como bien ha dicho su excelencia el
Duque, esto ya ocurrió durante la competencia de los príncipes, por lo que, de
hecho, es algo positivo.
― ¿Positivo?
― El poder solo reside en las palabras
nobles de los seres elevados. Las historias vulgares creadas por gente de baja
estofa, por el contrario, harán que ese poder se disperse.
― ¿Qué el poder se disperse?
Intervino el Marqués Osbond con
naturalidad
― Así es, Majestad. ¿Acaso no se dice
desde tiempos remotos que el origen de los cuentos de hadas era, en realidad,
una terrible maldición? Al difundirlos entre niños inocentes, se debilita la
fuerza del maleficio. Considero que la situación actual sigue una lógica
similar.
― Hum... ¿Incluso el Marqués Osbond opina
igual?
El Emperador Loco se mostró interesado.
Era poco común que el Marqués Osbond y el jefe de sirvientes, que se
despreciaban mutuamente, coincidieran en una opinión. Sabiendo esto, las
miradas que se intercambiaron no fueron precisamente amables.
“Decir algo que beneficie a la Princesa Pájaro
Plateado...”, pensó uno. “Tus intenciones son demasiado evidentes”, pensó el
otro.
La razón por la que el Marqués Osbond
protegía a Sasha era obvia. Como bufón y verdugo encargado del divertimento del
Emperador, deseaba que la competencia que él mismo había diseñado fuera una
obra maestra estimulante y perfecta. En las dos últimas pruebas, Rosassia había
superado las expectativas, elevando el valor artístico del certamen. Para el
Marqués, ella se había vuelto un ingrediente indispensable.
“La Princesa Pájaro Plateado tiene más
valor que las otras. Mientras siga haciendo brillar mi obra, debo mantenerla
con vida”.

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