“¡La he cagado!”.
Laval se dio cuenta de que acababa de cometer un error
garrafal. Debido a un arrebato momentáneo, se había comportado con la misma
arrogancia con la que solía tratar a la gente a su alrededor en su día a día. A
este paso, no solo perdería muchos puntos con la Princesa Pájaro Plateado, sino
que incluso podría ganarse su resentimiento; sin embargo, por más que se
estrujó el cerebro, no se le ocurrió ninguna forma de enmendar su falta de
respeto.
“¡No, es que la Princesa se
las da de muy difícil!”.
Incluso el hecho de que saliera a la luz su prepotente
personalidad se lo atribuyó a los demás, sintiéndose víctima de una injusticia.
― Conde.
En ese momento, la princesa de pronto esbozó una sonrisa
tan radiante como una flor. Ante aquella atractiva sonrisa que jamás había
visto antes, Laval olvidó la situación por un instante y sintió que el corazón
le daba un vuelco. Incluso llegó a tener un pensamiento estúpido:
“¿M-Me está seduciendo ahora
mismo? ¿Acaso funcionó mi consejo?”.
La princesa dio un paso hacia él. La reducción de la
distancia también contribuyó a alimentar la ilusión de Laval. A una distancia
tal que, con solo respirar, se podía percibir su intensa fragancia, la princesa
habló de forma provocativa:
― Deja de decir cosas que ni tú mismo te
crees.
― ¿Eh?
― Vas a pujar por mí. Después de todo, te mueres por
tenerme.
― ¡...!
Laval estuvo seguro. Aquella era, sin duda, una señal de
seducción. Alegrándose por haberle lanzado ese firme consejo momentos antes, Laval
miró a Sasha y asintió con entusiasmo.
― ¡A-Así es! ¡Sabía que comprendería mi sinceridad!
― Cómo no iba a saberlo. Si hasta
instigaste el envenenamiento de Sir Regen con tal de pujar por mí, ¿no es así?
― ¿Cómo?
El rostro de Laval, que antes desosaba una amplia
sonrisa, se congeló por completo. Sus ojos temblaron de puro desconcierto. Tras
observar aquella reacción tan honesta que rozaba la estupidez, la princesa lo
agarró de la corbata de lazo como si lo tomara por el cuello. Con el rostro del
conde arrastrado violentamente hacia abajo, ella susurró:
― Parece que pretendes usarme como un trofeo debido a tu
complejo de inferioridad hacia Dominic, pero te equivocas.
― ¿D-De qué está hablan...?
Ella no le permitió ni la más mínima excusa barata.
― Cállate y escucha con atención. Juro por el nombre de Rosassia
Trinite Magnalord. Laval Gawain, serás tú quien se convierta en mi botín de
guerra.
― ¡......!
Cuando la princesa terminó de hablar, un patrón hecho de
luz emergió en sus ojos. Era el juramento de la autoridad imperial. (Aplausos por favor a esta hermosa patrona)
Habiendo colocado al hombre que se convertiría en su
sacrificio como testigo presencial, la princesa soltó la corbata sin el menor
atisbo de arrepentimiento.
― ¡E-Espere un momento, Princesa Imperial! Por favor,
escúcheme...
Fue justo cuando Laval, llevado por la desesperación,
intentó sujetar a Sasha por el hombro. Una silueta de gran estatura se
interpuso y atrapó aquella mano impertinente.
― ¡Ay! ¡¿Pero qué...?! ¡Hic, Sir Regen! (No sé ustedes, por yo lo escucho gritar
como niña XD)
― Su Alteza no es alguien a quien un tipo como usted pueda
tocar a la ligera.
La presencia del caballero directo, que había aparecido
sin hacer el menor ruido, se asemejaba a la de la mismísima parca. Su voz
desprovista de cualquier tono parecía asfixiarlo, por lo que Laval retrocedió
soltando un hipo del susto.
Con una voz igual de fría, Sasha dio por terminada la
situación:
― Sir Regen me acompañará, así que no es necesario que el Conde
Gawain me escolte de regreso.
Las siluetas de la princesa y su caballero, cuya
elegancia recordaba a la de una pintura, comenzaron a alejarse de Laval. Laval
se quedó de pie en su sitio como un estúpido y solo recuperó el sentido común
tras pasar un buen rato.
La gélida amenaza de la princesa no dejaba de resonar en
su cabeza. Su corazón, que hace un momento palpitaba con fuerza al confundir la
situación con una seducción, ahora comenzaba a latir con violencia debido a un
miedo de origen desconocido.
Para disipar ese temor, optó por la auto justificación:
“¿Qué tiene de malo que diga
que voy a pujar por ella? Además, siendo una Princesa sin ningún tipo de poder,
¿Qué demonios me va a hacer?”.
La muerte ya se cernía sobre aquel que evadía el problema
con tanta ingenuidad.
***
Por mi parte, no podía evitar que mi mirada se desviara
constantemente hacia Regen, quien caminaba a mi lado. Su uniforme, que siempre
llevaba impecable y abotonado hasta arriba, estaba un poco desaliñado, y las
puntas de su cabello gris cenizo estaban empapadas. Recordé que su actividad
justo antes de esto había sido entrenar en el campo de maniobras.
― Tienes el cabello mojado. ¿Es sudor?
― Me he aseado. No podría escoltar a Su Alteza la Princesa
con el cuerpo sucio.
Me resultó un tanto vergonzoso, ya que justo estaba
llevando mi mano con un pañuelo hacia su frente para limpiarlo. Me preocupaba
que hubiera leído mis oscuras intenciones de usar aquello como excusa para
tener un roce con él.
Al verme vacilar, Regen tomó mi mano envolviéndola con el
dorso de la suya y la bajó con suavidad. Era sorprendente cómo podía rechazar
un gesto por considerarlo innecesario, pero de una manera que hacía que el
corazón de cualquiera diera un vuelco.
― Debió habérselo secado bien antes de salir.
Como ver a un hombre guapo empapado me parecía un
atentado contra la moral pública, decidí llamarle la atención.
Hamel, que venía siguiéndonos los pasos, salió en su
defensa:
― Me parece que salió a toda prisa mientras vigilaba desde
la habitación de Pájaro Plateado.
― Ah, ¿sí?
Regen asintió:
― Sí. Es que vi cómo el Conde Gawain le plantaba la cara a
Su Alteza.
― Ah, ya veo.
Supuse que esa era la razón por la que el uniforme de
Regen lucía menos ordenado que de costumbre. Le estaba sumamente agradecida por
haber corrido a toda prisa para apartar al tipo que me estaba faltando al respeto.
Sin embargo, como una princesa que valoraba la precisión de los hechos, decidí
aclarar un malentendido:
― El Conde Gawain no me plantó la cara. Fui yo quien lo
agarró por el cuello.
― ¿Usted, Su Alteza?
Parecía sorprendido por lo radical de mi acción. Me
apresuré a añadir una explicación:
― Él me faltó al respeto primero. Considero que una pequeña
amenaza estaba más que justificada.
― Pensar que le dio un premio a alguien que merece un
castigo...
― ¿Cómo dices?
― No es nada. ¿Qué fue lo que hizo ese sujeto?
La subasta de la dote era un tema sensible que hería mi
orgullo, mi talón de Aquiles. Mientras dudaba porque no quería mencionarlo con
mi propia boca, Hamel intervino:
― “¡Si sigue comportándose así, no pujaré
por usted en la subasta!”. Eso fue lo que dijo, —añadió Hamel.
No sabía que Hamel fuera tan buena imitando la forma de
hablar de los demás. Fue todo un impacto, ya que siempre lo había escuchado
hablar con la entonación propia de un ayudante calmado e intelectual.
― Es una lástima usar una voz tan melodiosa para imitar a
una basura.
― Le ruego me disculpe, Su Alteza.
Por otro lado, Regen parecía tener un humor de perros.
― Espero que el final de Laval Gawain no sea pacífico.
Me alegré. Sobre todo, porque podía darle una buena
respuesta de inmediato:
― Así será. Sione cumplirá mis órdenes muy pronto.
― Así que ha puesto en marcha a la señorita Sione.
― Llevar a cabo la venganza de su familia es su derecho,
después de todo.
― Entonces tendré que pedirle que se encargue también de mi
parte.
Intercambiamos palabras sobre el plan para eliminar a
nuestro enemigo político con sendas sonrisas en los rostros. Era una tarde pacífica
en el palacio imperial.
Llegó el día del Festival de la Fundación.
Comenzando con los deslumbrantes fuegos artificiales que
habían adornado el cielo nocturno la víspera, la capital imperial ardía con el
fervor de las festividades. Hoy, el día central, el emperador loco desfilaba en
su carruaje a lo largo de la avenida central. Los súbditos se agolparon en masa
para contemplar la fachada del tirano y la procesión de más de un centenar de
caballeros de la guardia real.
Los vítores de los ciudadanos, contagiados por el
ambiente festivo, hicieron temblar la avenida:
― ¡Gloria eterna al reinado del Gran Emperador!
― ¡Larga vida a Su Majestad el Emperador!
― ¡Que el Imperio Magnalord sea eterno!
Aunque el imperio se estuviera pudriendo y corrompiendo
desde la raíz, en apariencia disfrutaba de su época dorada, por lo que una
parte de los súbditos apoyaba al loco monarca. Sus fervientes voces se
apoderaron de la capital. Tras el desfile, se había preparado un evento
especial en la plaza norte, la más cercana al palacio imperial. El organizador,
por supuesto, no era otro que el marqués Jaken Osbond.
En la plaza, convertida en un auténtico mar de
espectadores, se habían instalado dos plataformas. Una era lujosa y la otra
rústica, creando un contraste abismal. La primera era el palco de honor
reservado para la familia imperial y la nobleza; la segunda era el patíbulo
donde se exhibiría la muerte en vivo de los criminales.
El emperador demente ocupó el asiento de honor en el
centro. A su izquierda nos sentamos las princesas, incluida yo, y a su derecha
se ubicaron los nobles de alto rango. Los caballeros directos permanecían de
pie al lado de la silla de cada princesa.
Mientras todos tomaban los asientos correspondientes a su
estatus, una larga fila de prisioneros esposados era arrastrada hacia la parte
inferior del patíbulo. El marqués Osbond, tras subir al cadalso como si fuera
un escenario, proclamó:
― Gracias por su larga espera. A partir de este momento,
daremos inicio al sagrado ritual para bendecir el futuro del Imperio con la
sangre de estos criminales.
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Yanci: Ya quiero saber que pasará con lo Gawaind 😏

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