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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 82

 


El jefe de sirvientes es un maniaco del control que desea manipular a la familia imperial a su antojo. Como es natural, en una decisión tan crucial como la “sucesión al trono”, su opinión debía reflejarse de manera absoluta en su rol de creador de reyes.

Y ahora, la próxima emperatriz que él había elegido para suceder al Emperador Loco era Rosassia.

La razón era simple. Además de ser muy buena entendiendo sus palabras, ella había arrasado con el primer lugar en los concursos en dos ocasiones.

“La Princesa del Palacio Pájaro Plateado es lo suficientemente perspicaz como para ganarse mi favor, así que se puede decir que tiene madera de gobernante virtuosa para suceder al Emperador Loco”.

Dado que sus deseos personales coincidían de esa manera, los dos cómplices susurraban palabras dulces al oído del Emperador Loco.

Mientras tanto, Dominic, quien observaba en silencio la alianza que no llegaba a ser una alianza real entre ambos, curvó la comisura de sus labios.

“Esto se está poniendo interesante. Rosassia, ¿también planeaste esto?”.

Despertar la sospecha del Emperador Loco, quien poseía el poder absoluto, significaba la muerte inmediata. Las princesas siempre vivían demostrando que no representaban una amenaza para su padre.

Sin embargo, en este momento, Rosassia no había levantado ni una sola sospecha y había logrado que los cómplices del Emperador Loco hicieran, por voluntad propia, declaraciones que la favorecían.

Todo comenzó por puro interés. Todos los cómplices presentes en este lugar tomaron esa decisión porque Rosassia les resultaba interesante. Y eso incluía a Dominic.

“¿Qué el interés es solo interés?”

Dominic rechazó con una burla las palabras de su padre, el Duque de Arondight.

Eso depende de quién sea la persona que tenga el interés. El interés de quienes están en el poder puede convertirse en una fuerza.

El Marqués de Osbond apaciguó al Emperador Loco con adulaciones.

― Mientras el poder de su Majestad permanezca intacto, el reinado del Gran Emperador será eterno.

― Así es.

Era una verdad firme e inmutable.

Los doscientos caballeros de la guardia real liderados por Dominic. Actualmente no había nada en este mundo capaz de vencer a esta fuerza militar que juraba obediencia absoluta únicamente al Emperador Loco, Axelion.

Sin embargo, ¿por qué sería? Dominic, quien poseía el mayor valor simbólico como la espada del Emperador Loco, mantenía una sonrisa gélida en sus labios.

― Majestad, informan que el almuerzo está listo.

― Vayamos entonces.

El Marqués de Osbond y el Duque de Arondight también se levantaron de sus sillas al mismo tiempo. Dominic hizo una respetuosa reverencia hacia los cuatro hombres que se disponían a salir de la sala de audiencias.

― Me quedaré aquí, ya que tengo algunas cosas que ordenar.

― De acuerdo.

Mientras el Emperador Loco caminaba a lo largo de la gran alfombra roja, las miradas de los caballeros de la guardia real apostados a ambos lados de la pared lo siguieron de cerca. El brillo de sus ojos era tan afilado como una espada recién forjada.

― Vaya con cuidado, su Majestad.

Dominic, tras despedir al Emperador Loco y a sus tres cómplices, cerró la puerta de la sala de audiencias con sus propias manos. A través de la rendija de la puerta que se estrechaba cada vez más, su rostro sonriente se fue ocultando hasta desaparecer por completo.

Y mucho tiempo después.

Creeeck, la puerta se abrió acompañada por el chirrido de las bisagras, que resonó de una manera inusualmente tétrica.

Al reaparecer, Dominic tenía el rostro desprovisto de cualquier rastro de sonrisa y estaba completamente empapado en sangre.

― ¿Sir... Sir Dominic?

Los dos caballeros de la guardia real que custodiaban el pasillo se toparon de frente con esa escena y se pusieron pálidos de terror.

A través de la entrada que Dominic había abierto de par en par, ellos pudieron ver con claridad la situación dentro de la sala de audiencias.

Los guardias cercanos del Emperador Loco, quienes custodiaban el interior, yacían esparcidos como cadáveres. Habían sido masacrados.

Los caballeros desenvainaron sus espadas e interrogaron:

― Usted, siendo la espada de su Majestad, ¿por qué ha hecho algo como esto?

― ¿A-acaso... se trata de una traición?

Las puntas de sus espadas temblaban.

Dominic se enfrentaba a decenas de hombres sin haber derramado una sola gota de su propia sangre, estando cubierto únicamente con la sangre de los demás. Era imposible que pudieran vencerlo.

Dominic respondió con el mismo tono de voz de siempre:

― ¿Traición? Qué duro de tu parte, cuando esto es una prueba de mi lealtad.

― ¿Qué quiere decir con eso?

― ¿Acaso ustedes tampoco sintieron el rastro de una sed de sangre profana que emanaba desde el interior?

Los caballeros de la guardia real se sobresaltaron. Lo habían sentido, pero pensaron que se trataba simplemente de desprecio hacia personas de baja estofa, como el Conde Gawain o el Marqués de Osbond.

¿Pero eso significaba que iba dirigido hacia el Emperador Loco? ¿Cómo era eso posible? Dominic les dio una respuesta clara.

― El sello de los caballeros de la guardia real se ha roto.

― Eso significa...

Ambos caballeros eran, a su manera, los hombres más cercanos a Dominic. Él les dio una respuesta de buena gana.

― El poder de dominio de su Majestad el Emperador se está debilitando. Desde el momento en que comenzó el concurso de las princesas.

― ¡...!

Un asombro silencioso se reflejó en sus ojos abiertos de par en par.

Dominic observó el impacto de ellos como si lo estuviera disfrutando, y luego se llevó el dedo índice a los labios.

― Manténganlo en secreto. Es un hecho que ni el mismo Emperador conoce.

Ocultar problemas menores para no perturbar el humor de un tirano sin necesidad, ¿no era acaso una de las cosas que un servidor astuto debía hacer mejor?

Dominic ordenó con aparente lealtad:

― Limpien todo impecablemente antes del anochecer. Como si nada hubiera pasado.

El poder de dominio del Emperador Loco, que solía ser como un santuario sagrado, estaba sufriendo fisuras. Había que seguir observando de qué manera progresaría este fenómeno que se desarrollaba en paralelo con el concurso de sucesión al trono.

 

***

El primer día de junio era mi cumpleaños.

Para los miembros de la familia imperial, incluso el cumpleaños es trabajo. Había que clasificar las cartas de felicitación y los regalos para enviar las respuestas, además de registrar los nombres en una lista. Como soy de las personas que no le dan importancia a los cumpleaños, la molestia era mayor.

― En este sentido, los viejos tiempos eran mejores. Ya que no celebraban los cumpleaños de las princesas ni de los príncipes.

Dado que el número de princesas y príncipes sumados superaba los cien, celebrar de manera especial cada dos días era algo agotador para ambas partes. Además, los hijos del Emperador Loco poseían vidas tan insignificantes que nunca se sabía cuándo morirían. No habría valido la pena invertir tiempo ni dinero en ellos.

Las sirvientas, que estaban en pleno proceso de clasificar los regalos, me dirigieron por alguna razón una mirada llena de afecto y compasión.

― No diga eso, Alteza.

― Si fuera como debe ser, tendríamos que estar preparando un banquete grandioso.

― Incluso las hijas de los pequeños señores feudales empiezan a escribir las invitaciones con quince días de anticipación.

― Lo sé.

Aunque ahora ya lo he aprendido, a decir verdad, cuando era niña me tomó mucho tiempo comprenderlo. ¿De verdad pueden existir padres que organicen hasta un banquete por el cumpleaños de un hijo? No es como si hubieran hecho algo digno de recibir un premio, simplemente nacieron, ¿y celebran esa fecha todos los años? Si asumimos que uno vive hasta los sesenta años, ¿piensan festejarlo sesenta veces? ¿Acaso no se cansan?

Todavía no comprendo del todo el porqué de todas estas dudas. Es más bien como si hubiera memorizado una emoción universal.

Hamel dijo con tono afectuoso:

― Una de las razones por las que no le entusiasma su cumpleaños debe ser porque su Alteza no es de las personas que se conmueven con los regalos.

Escuchándolo bien, parecía tener razón.

― ¿No le gusta mucho recibir regalos? Entonces, ¿qué tipo de cosas le agradan?

No solo Sione, quien había hecho la pregunta, sino también Demia y Regen parecieron concentrarse, esperando mi respuesta. Agradezco el esfuerzo que hacen por servirme bien, pero me resulta un tanto abrumador.

― No lo sé muy bien.

Hamel acudió en mi ayuda:

― Dicen que en las relaciones humanas existen cinco tipos de lenguajes para expresar el amor: las palabras de afirmación, los regalos, el tiempo de calidad, los actos de servicio y el contacto físico. De entre estos, elija dos que le gustaría dar y recibir de la persona por la que siente simpatía.

Para empezar, los actos de servicio quedan descartados. Definitivamente.

Me quedé pensativa.

― Lo que me gustaría dar y recibir de una persona por la que siento simpatía...

― ¡Solo tiene que pensar en nosotras y elegir!

Al ver a mis adorables sirvientas hablar de forma juguetona, hubo una opción que me transmitió una corazonada de inmediato.

― Mmm, el tiempo de calidad.

― ¡Vaya! ¿En serio?

― Me gusta el tiempo que paso con ustedes.

― ¡Qué conmovedor, Alteza!

Mis labios vacilaron antes de elegir la segunda opción, ya que la otra que me había venido a la mente fue al mirar a Regen.

― Alteza, ¿cuál es la que queda?

No me atrevía a decir que era el contacto físico.

― Las palabras de afirmación.

― ¿Eh? ¿De verdad?

― ¿Su Alteza?

― ¿Mmm?

En cuanto mentí, dudaron de inmediato de la veracidad de mis palabras. Especialmente Demia, quien protestó con fuerza:

― No puedo creerlo. A pesar de que le compongo canciones alabando lo hermosa que es, siempre me ignora como si le entrara por un oído y le saliera por el otro. ¿Acaso no siente ninguna simpatía por mí?

―.... No es eso.

Me sentí acorralada porque mi mentira estaba dando pie a malentendidos.

― ¿De verdad se trata de las palabras de afirmación?

Incluso Regen se sumó a las dudas, por lo que decidí actuar con descaro.

― No entiendo por qué todos dudan de mí.

― Le pido disculpas. No se trata de una duda.

― ¿Acaso existe alguien a quien le desagraden los elogios? Y si no son las palabras de afirmación, ¿qué otra cosa, creen que podría ser?

Regen guardó silencio con una expresión de apuro.







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