El jefe de sirvientes es un maniaco del
control que desea manipular a la familia imperial a su antojo. Como es natural,
en una decisión tan crucial como la “sucesión al trono”, su opinión debía
reflejarse de manera absoluta en su rol de creador de reyes.
Y ahora, la próxima emperatriz que él
había elegido para suceder al Emperador Loco era Rosassia.
La razón era simple. Además de ser muy
buena entendiendo sus palabras, ella había arrasado con el primer lugar en los
concursos en dos ocasiones.
“La Princesa del Palacio Pájaro Plateado
es lo suficientemente perspicaz como para ganarse mi favor, así que se puede
decir que tiene madera de gobernante virtuosa para suceder al Emperador Loco”.
Dado que sus deseos personales coincidían
de esa manera, los dos cómplices susurraban palabras dulces al oído del
Emperador Loco.
Mientras tanto, Dominic, quien observaba
en silencio la alianza que no llegaba a ser una alianza real entre ambos, curvó
la comisura de sus labios.
“Esto se está poniendo interesante. Rosassia,
¿también planeaste esto?”.
Despertar la sospecha del Emperador Loco,
quien poseía el poder absoluto, significaba la muerte inmediata. Las princesas
siempre vivían demostrando que no representaban una amenaza para su padre.
Sin embargo, en este momento, Rosassia no
había levantado ni una sola sospecha y había logrado que los cómplices del
Emperador Loco hicieran, por voluntad propia, declaraciones que la favorecían.
Todo comenzó por puro interés. Todos los
cómplices presentes en este lugar tomaron esa decisión porque Rosassia les
resultaba interesante. Y eso incluía a Dominic.
“¿Qué el interés es solo interés?”
Dominic rechazó con una burla las
palabras de su padre, el Duque de Arondight.
Eso depende de quién sea la persona que
tenga el interés. El interés de quienes están en el poder puede convertirse en
una fuerza.
El Marqués de Osbond apaciguó al Emperador
Loco con adulaciones.
― Mientras el poder de su Majestad
permanezca intacto, el reinado del Gran Emperador será eterno.
― Así es.
Era una verdad firme e inmutable.
Los doscientos caballeros de la guardia
real liderados por Dominic. Actualmente no había nada en este mundo capaz de
vencer a esta fuerza militar que juraba obediencia absoluta únicamente al
Emperador Loco, Axelion.
Sin embargo, ¿por qué sería? Dominic,
quien poseía el mayor valor simbólico como la espada del Emperador Loco,
mantenía una sonrisa gélida en sus labios.
― Majestad, informan que el almuerzo está
listo.
― Vayamos entonces.
El Marqués de Osbond y el Duque de Arondight
también se levantaron de sus sillas al mismo tiempo. Dominic hizo una
respetuosa reverencia hacia los cuatro hombres que se disponían a salir de la
sala de audiencias.
― Me quedaré aquí, ya que tengo algunas
cosas que ordenar.
― De acuerdo.
Mientras el Emperador Loco caminaba a lo
largo de la gran alfombra roja, las miradas de los caballeros de la guardia
real apostados a ambos lados de la pared lo siguieron de cerca. El brillo de
sus ojos era tan afilado como una espada recién forjada.
― Vaya con cuidado, su Majestad.
Dominic, tras despedir al Emperador Loco
y a sus tres cómplices, cerró la puerta de la sala de audiencias con sus
propias manos. A través de la rendija de la puerta que se estrechaba cada vez
más, su rostro sonriente se fue ocultando hasta desaparecer por completo.
Y mucho tiempo después.
Creeeck, la puerta se abrió acompañada
por el chirrido de las bisagras, que resonó de una manera inusualmente tétrica.
Al reaparecer, Dominic tenía el rostro
desprovisto de cualquier rastro de sonrisa y estaba completamente empapado en
sangre.
― ¿Sir... Sir Dominic?
Los dos caballeros de la guardia real que
custodiaban el pasillo se toparon de frente con esa escena y se pusieron
pálidos de terror.
A través de la entrada que Dominic había
abierto de par en par, ellos pudieron ver con claridad la situación dentro de
la sala de audiencias.
Los guardias cercanos del Emperador Loco,
quienes custodiaban el interior, yacían esparcidos como cadáveres. Habían sido
masacrados.
Los caballeros desenvainaron sus espadas
e interrogaron:
― Usted, siendo la espada de su Majestad,
¿por qué ha hecho algo como esto?
― ¿A-acaso... se trata de una traición?
Las puntas de sus espadas temblaban.
Dominic se enfrentaba a decenas de
hombres sin haber derramado una sola gota de su propia sangre, estando cubierto
únicamente con la sangre de los demás. Era imposible que pudieran vencerlo.
Dominic respondió con el mismo tono de
voz de siempre:
― ¿Traición? Qué duro de tu parte, cuando
esto es una prueba de mi lealtad.
― ¿Qué quiere decir con eso?
― ¿Acaso ustedes tampoco sintieron el
rastro de una sed de sangre profana que emanaba desde el interior?
Los caballeros de la guardia real se
sobresaltaron. Lo habían sentido, pero pensaron que se trataba simplemente de
desprecio hacia personas de baja estofa, como el Conde Gawain o el Marqués de
Osbond.
¿Pero eso significaba que iba dirigido
hacia el Emperador Loco? ¿Cómo era eso posible? Dominic les dio una respuesta
clara.
― El sello de los caballeros de la
guardia real se ha roto.
― Eso significa...
Ambos caballeros eran, a su manera, los
hombres más cercanos a Dominic. Él les dio una respuesta de buena gana.
― El poder de dominio de su Majestad el
Emperador se está debilitando. Desde el momento en que comenzó el concurso de
las princesas.
― ¡...!
Un asombro silencioso se reflejó en sus
ojos abiertos de par en par.
Dominic observó el impacto de ellos como
si lo estuviera disfrutando, y luego se llevó el dedo índice a los labios.
― Manténganlo en secreto. Es un hecho que
ni el mismo Emperador conoce.
Ocultar problemas menores para no
perturbar el humor de un tirano sin necesidad, ¿no era acaso una de las cosas
que un servidor astuto debía hacer mejor?
Dominic ordenó con aparente lealtad:
― Limpien todo impecablemente antes del
anochecer. Como si nada hubiera pasado.
El poder de dominio del Emperador Loco,
que solía ser como un santuario sagrado, estaba sufriendo fisuras. Había que
seguir observando de qué manera progresaría este fenómeno que se desarrollaba
en paralelo con el concurso de sucesión al trono.
***
El primer día de junio era mi cumpleaños.
Para los miembros de la familia imperial,
incluso el cumpleaños es trabajo. Había que clasificar las cartas de
felicitación y los regalos para enviar las respuestas, además de registrar los
nombres en una lista. Como soy de las personas que no le dan importancia a los
cumpleaños, la molestia era mayor.
― En este sentido, los viejos tiempos
eran mejores. Ya que no celebraban los cumpleaños de las princesas ni de los
príncipes.
Dado que el número de princesas y
príncipes sumados superaba los cien, celebrar de manera especial cada dos días
era algo agotador para ambas partes. Además, los hijos del Emperador Loco
poseían vidas tan insignificantes que nunca se sabía cuándo morirían. No habría
valido la pena invertir tiempo ni dinero en ellos.
Las sirvientas, que estaban en pleno
proceso de clasificar los regalos, me dirigieron por alguna razón una mirada
llena de afecto y compasión.
― No diga eso, Alteza.
― Si fuera como debe ser, tendríamos que
estar preparando un banquete grandioso.
― Incluso las hijas de los pequeños
señores feudales empiezan a escribir las invitaciones con quince días de
anticipación.
― Lo sé.
Aunque ahora ya lo he aprendido, a decir
verdad, cuando era niña me tomó mucho tiempo comprenderlo. ¿De verdad pueden
existir padres que organicen hasta un banquete por el cumpleaños de un hijo? No
es como si hubieran hecho algo digno de recibir un premio, simplemente
nacieron, ¿y celebran esa fecha todos los años? Si asumimos que uno vive hasta
los sesenta años, ¿piensan festejarlo sesenta veces? ¿Acaso no se cansan?
Todavía no comprendo del todo el porqué
de todas estas dudas. Es más bien como si hubiera memorizado una emoción
universal.
Hamel dijo con tono afectuoso:
― Una de las razones por las que no le
entusiasma su cumpleaños debe ser porque su Alteza no es de las personas que se
conmueven con los regalos.
Escuchándolo bien, parecía tener razón.
― ¿No le gusta mucho recibir regalos?
Entonces, ¿qué tipo de cosas le agradan?
No solo Sione, quien había hecho la
pregunta, sino también Demia y Regen parecieron concentrarse, esperando mi
respuesta. Agradezco el esfuerzo que hacen por servirme bien, pero me resulta
un tanto abrumador.
― No lo sé muy bien.
Hamel acudió en mi ayuda:
― Dicen que en las relaciones humanas
existen cinco tipos de lenguajes para expresar el amor: las palabras de
afirmación, los regalos, el tiempo de calidad, los actos de servicio y el
contacto físico. De entre estos, elija dos que le gustaría dar y recibir de la
persona por la que siente simpatía.
Para empezar, los actos de servicio
quedan descartados. Definitivamente.
Me quedé pensativa.
― Lo que me gustaría dar y recibir de una
persona por la que siento simpatía...
― ¡Solo tiene que pensar en nosotras y
elegir!
Al ver a mis adorables sirvientas hablar
de forma juguetona, hubo una opción que me transmitió una corazonada de inmediato.
― Mmm, el tiempo de calidad.
― ¡Vaya! ¿En serio?
― Me gusta el tiempo que paso con
ustedes.
― ¡Qué conmovedor, Alteza!
Mis labios vacilaron antes de elegir la
segunda opción, ya que la otra que me había venido a la mente fue al mirar a
Regen.
― Alteza, ¿cuál es la que queda?
No me atrevía a decir que era el contacto
físico.
― Las palabras de afirmación.
― ¿Eh? ¿De verdad?
― ¿Su Alteza?
― ¿Mmm?
En cuanto mentí, dudaron de inmediato de
la veracidad de mis palabras. Especialmente Demia, quien protestó con fuerza:
― No puedo creerlo. A pesar de que le
compongo canciones alabando lo hermosa que es, siempre me ignora como si le
entrara por un oído y le saliera por el otro. ¿Acaso no siente ninguna simpatía
por mí?
―.... No es eso.
Me sentí acorralada porque mi mentira estaba
dando pie a malentendidos.
― ¿De verdad se trata de las palabras de
afirmación?
Incluso Regen se sumó a las dudas, por lo
que decidí actuar con descaro.
― No entiendo por qué todos dudan de mí.
― Le pido disculpas. No se trata de una
duda.
― ¿Acaso existe alguien a quien le
desagraden los elogios? Y si no son las palabras de afirmación, ¿qué otra cosa,
creen que podría ser?
Regen guardó silencio con una expresión
de apuro.

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