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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 92

 

LAVAL Y DOMINIC.


Mientras el Emperador Loco dormía la siesta, la actitud laboral de Dominic era sumamente indolente. Se había adueñado del centro del sofá como si fuera un invitado más. Con una pierna cruzada sobre la otra, lanzaba una manzana hacia arriba y la atrapaba en el aire, mostrando una postura que rayaba en lo desidioso.

― ¿No te vas a sentar?

― Lo haré.

― ¿Quieres una manzana? ...¡Uy! Vaya, no pensé que ni siquiera serías capaz de atrapar eso. Lo lamento.

Laval se frotó el hombro, que se sentía como si le fuera a quedar un moretón, mientras toleraba la humillación.

“¡Se supone que yo soy el visitante y este infeliz es el que está de guardia! ¡A santo de qué viene esa actitud tan engreída y ese modo de hablarme como si fuera un inferior!”.

En el mundo exterior, el apelativo despectivo con el que solían rebajar a Laval era “el sabueso de Arondight”. Quizá por esa razón Dominic, el tercer hijo de la familia del Duque Arondight, lo había tratado siempre como a un subordinado, peor aún, como a un perro, como si fuera lo más natural del mundo.

Incluso dejando de lado su actitud arrogante, la sola existencia de Dominic le resultaba molesta a Laval. Un estatus elevado, una apariencia atractiva y una fuerza militar incomparable; era un hombre que lo había tenido todo desde la cuna y que jamás había conocido la privación en su vida. Cada vez que Laval miraba a Dominic, caía en la autocompasión. En comparación con él, consideraba que su propio éxito era una hazaña legendaria lograda a base de superar toda clase de adversidades y penurias en condiciones deplorables, lo que hacía que su vida le pareciera sumamente conmovedora y sagrada.

Le habría bastado con admitir que simplemente envidiaba a Dominic, pero Laval no poseía la grandeza de carácter para hacerlo. Y como era de esperarse, la envidia y los celos reprimidos no tardaron en transformarse en hostilidad.

“No eres más que un señorito, una flor de invernadero que se ha beneficiado de sus padres. Ya verás cómo algún día te enseñaré lo que es el sentimiento de la derrota”.

Justo en ese momento, un pensamiento de lo más placentero cruzó por su mente.

“Sería muy divertido ver a la Princesa Pájaro Plateado, a quien tanto deseas tener, suplicándome frente a tus propios ojos”.

La Princesa Rosassia de rodillas a sus pies, rogándole encarecidamente que se casara con ella. Y él, mostrándose como un caballero que, aunque consideraba a la princesa sumamente molesta y fastidiosa, le tendía una mano de salvación llevado por una generosa benevolencia. Mientras tanto, Dominic lo observaría todo temblando de pura rabia. La sola imaginación de la escena le resultaba sumamente extasiante. (¡Pero que imaginación más tonta, tiene este tipo!)

― Conde Gawain, por alguna razón la expresión que tienes ahora mismo me resulta desagradable. Me están dando ganas de matarte, así que controla esa cara.

Dominic emanó una sed de sangre completamente real.

Laval refunfuñó para sus adentros, pensando que aquel infeliz poseía una intuición tan aguda como la de una bestia salvaje, al tiempo que enderezaba su postura en el asiento y corregía su semblante.

Dominic abrió grande la boca y le dio un ruidoso mordisco a la manzana. Mientras aquel acto tan trivial se proyectaba con un aire de salvajismo que hería el complejo de inferioridad de Laval, la conversación continuó entre ambos:

― Conde, ¿piensas quedarte aquí hasta que su Majestad despierte?

― Sí. No me iré sin antes tener mi audiencia.

― Da la impresión de que ha caído en un sueño muy profundo, ¿sabes?

― Me está instando a abandonar el palacio. ¿Acaso no quiere que me entreviste con su Majestad?

― Qué malentendido. Lo digo pensando únicamente en ti.

― ¿Pensando en mí? ¿Usted en mí, Sir Dominic?

― Sí. Ya que ambos compartimos la condición de ser tratados como perros, ¿no es normal que sintamos simpatía mutua por nuestra desgracia?

Desde la perspectiva de Laval, aquello no se sintió más que como una burla de alto nivel.

Un rostro que sonreía con astucia y otro que manifestaba una hostilidad evidente se contemplaron el uno al otro por un largo rato. Lo que rompió aquella tensa confrontación entre los dos hombres fue el sonido de una puerta al abrirse. Alguien acababa de salir del dormitorio.

Laval se alegró pensando que la espera había terminado antes de lo previsto, pero un instante después sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa.

― M-me retiro entonces. No es necesario que me acompañen a la salida.

El dormitorio del emperador, que se suponía debía ser el lugar más íntimo y reservado. De allí acababa de salir una sospechosa mujer con la capucha de la capa profundamente calzada.

― Que tenga un buen viaje de regreso, madame.

―....

Para colmo, tanto Dominic como el jefe de sirvientes actuaban como si nada pasara. Eso significaba que la situación actual era algo habitual y frecuente. El único que no podía dar crédito a lo que acababan de ver sus propios ojos era Laval, quien no dejaba de parpadear estupefacto.

“¿Acaso la mujer de hace un momento no era la Marquesa de Plaben...?”.

Era una dama de la alta sociedad famosa por su belleza. Aunque tenía dos hijos que ya contaban con la edad de Laval, lucía mucho más joven de lo que era y los destellos de sus años de esplendor aún permanecían intactos. Gracias a ello, Laval había sido capaz de reconocer su rostro de inmediato.

No había escuchado en ningún momento que su esposo, el Marqués de Plaben, hubiera fallecido. ¿Y aun así ella entraba y salía del aposento del emperador?

El jefe de sirvientes le extendió una taza de té al conmocionado Laval. Aquel ofrecimiento de té, que llegaba con un evidente retraso, conllevaba la clara intención de silenciarlo, advirtiéndole que no utilizara su boca para hablar.

― Vaya, parece que el Conde Gawain también lo ha visto. Es un nuevo pasatiempo que a su Majestad le ha dado por cultivar en los últimos tiempos.

― ¿Un pasatiempo...?

― Parece ser que el regalo que un vasallo le envió con un corazón lleno de lealtad ha resultado ser bastante del agrado de su Majestad.

Era imposible que un vasallo en su sano juicio hubiera ofrecido a su propia esposa por voluntad propia. El Emperador Loco debió de haberlo exigido primero, ya fuera de manera implícita o directa.

Que el Emperador Loco, dueño de un harén donde podía poseer a toda clase de bellezas, se tomara la molestia de tocar a una mujer casada y para colmo, la mujer de un vasallo. El origen de aquella retorcida y perversa inclinación sexual era más que evidente. A estas alturas, ya no le bastaba con coleccionar mujeres hermosas y comunes como si fueran un botín. El Emperador Loco solo era capaz de encontrar satisfacción si se le añadía el terrible sentimiento de transgresión moral que implicaba tomar a la mujer de un subordinado.

Dominic habló con su característico tono astuto y burlón:

― ¿Te enteraste de lo de la familia del Conde Parbello, que fue degradada hace poco? Eso les pasó por negarse a demostrar su lealtad. Tenlo en consideración.

El jefe de sirvientes también aportó un solícito consejo:

― Dado que adentro se encuentran más madamas, parece que la siesta de su Majestad se prolongará un poco más... ¿Qué desea hacer al respecto?

El Emperador Loco rara vez se conformaba con una sola mujer a la vez.

― M-me retiraré por hoy.

Laval abandonó el palacio sintiendo como si hubiera recibido un fuerte golpe en la nuca. Cada vez que el carruaje daba un bandazo, tenía la impresión de que el cerebro se le sacudía suelto dentro del cráneo.

Deseaba descansar en cuanto llegara a su residencia de la capital, pero una vez terminados los asuntos exteriores, los quehaceres domésticos lo aguardaban. Precisamente ese día, su mansión se encontraba ruidosa y abarrotada de comerciantes de artículos de lujo. Era evidente quién los había mandado a llamar.

― ¡Oh, mi querido hijo! ¿Ya estás de regreso?

Una voz nasal y melosa le dio la bienvenida. La mujer de facciones menudas y delicadas era Berthe Gawain, la madre de Laval y la gran dama de la familia del Conde Gawain.

― ¿Ha vuelto a llamar a tantos comerciantes?

Berthe reaccionó de inmediato con susceptibilidad:

― ¡Los llamé porque los necesito! Soy la gran dama del Conde Gawain, ¿acaso estaría bien que usara joyas viejas y desgastadas? Si hiciera eso y la familia de mi hijo terminara siendo el hazmerreír de los demás, ¿entonces qué?

― Sí, sí... ¿Y dónde está Nadia?

― Está metida en su habitación. Vaya genio que se carga, quién sabe qué es lo que no le habrá parecido bien esta vez.

Era predecible. Daba toda la impresión de que su madre y su hermana menor habían tenido un roce a causa de la asistencia al banquete del Festival de la Fundación. Como era de esperarse, la gran dama miró de reojo a su hijo, midiendo su reacción.

― Hi-ji-to. Para este banquete del Festival de la Fundación, me vas a llevar a conocer el Palacio Imperial, ¿verdad...?

Si permitía que su insensata madre saliera a la alta sociedad, solo conseguiría que los demás le encontraran defectos; por esa razón, hasta el momento se las había arreglado para postergar y posponer su entrada al palacio bajo toda clase de pretextos.

Cuando le impidió asistir al banquete de la “Carrera de Caballos de los Caballeros”, ella puso la casa de cabeza y armó un gran alboroto escribiéndoles cartas a todas las damas nobles que conocía para decirles que se encontraba bajo confinamiento. Si volvía a prohibirle ir a este banquete del Festival de la Fundación, era un hecho que causaría un problema todavía mayor.

― Le daré permiso para el banquete del Festival de la Fundación.

Laval no tuvo más remedio que mostrarse generoso. Sin embargo, su madre ambicionaba algo más que eso.

― ¿Entonces mi querido hijo también va a ser el escolta de mamá?

― ¿Eh? ¿Yo por qué?

― Pues porque mamá no tiene pareja.

― Tiene a mi padre.

Ante aquella réplica tan sensata, Berthe se mostró susceptible una vez más:

― ¡Cómo me pides que vaya con tu padre! ¿Cómo eres capaz de decirme algo tan cruel?

―... ¿Eso es algo cruel?

― ¡Claro que es cruel! ¡Es la primera vez que mamá entrará al palacio! No quiero ir del brazo de tu padre, que se la pasa quejándose de dolores y está calvo. Déjame ir con mi apuesto hijo.

― Yo también ya estoy en edad de casarme, y que un hijo de mi edad vaya tomado de la mano de su madre no es algo...

― ¿Qué tiene de malo la mano de mamá? ¡Un hijo es para siempre el novio de su madre!

La sofistería no terminó ahí:

― ¡Esto también es por el bien de mi hijo! Dicen que en la alta sociedad hay más de una señorita que te tiene en la mira, ¿no? Las jovencitas de hoy en día son sumamente astutas, y es evidente que mi inocente hijo no sabrá distinguir las artimañas de esas zorras.

― Madre...

― Sí, sí. Mi hijo solo debe confiar en mamá. Incluso le echaré un vistazo a la Princesa Pájaro Plateado para ver si es adecuada como tu pareja.


 






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