Mientras el Emperador Loco dormía la
siesta, la actitud laboral de Dominic era sumamente indolente. Se había
adueñado del centro del sofá como si fuera un invitado más. Con una pierna
cruzada sobre la otra, lanzaba una manzana hacia arriba y la atrapaba en el
aire, mostrando una postura que rayaba en lo desidioso.
― ¿No te vas a sentar?
― Lo haré.
― ¿Quieres una manzana? ...¡Uy! Vaya, no
pensé que ni siquiera serías capaz de atrapar eso. Lo lamento.
Laval se frotó el hombro, que se sentía
como si le fuera a quedar un moretón, mientras toleraba la humillación.
“¡Se supone que yo soy el visitante y
este infeliz es el que está de guardia! ¡A santo de qué viene esa actitud tan
engreída y ese modo de hablarme como si fuera un inferior!”.
En el mundo exterior, el apelativo
despectivo con el que solían rebajar a Laval era “el sabueso de Arondight”.
Quizá por esa razón Dominic, el tercer hijo de la familia del Duque Arondight,
lo había tratado siempre como a un subordinado, peor aún, como a un perro, como
si fuera lo más natural del mundo.
Incluso dejando de lado su actitud
arrogante, la sola existencia de Dominic le resultaba molesta a Laval. Un
estatus elevado, una apariencia atractiva y una fuerza militar incomparable;
era un hombre que lo había tenido todo desde la cuna y que jamás había conocido
la privación en su vida. Cada vez que Laval miraba a Dominic, caía en la
autocompasión. En comparación con él, consideraba que su propio éxito era una
hazaña legendaria lograda a base de superar toda clase de adversidades y
penurias en condiciones deplorables, lo que hacía que su vida le pareciera
sumamente conmovedora y sagrada.
Le habría bastado con admitir que
simplemente envidiaba a Dominic, pero Laval no poseía la grandeza de carácter
para hacerlo. Y como era de esperarse, la envidia y los celos reprimidos no
tardaron en transformarse en hostilidad.
“No eres más que un señorito, una flor de
invernadero que se ha beneficiado de sus padres. Ya verás cómo algún día te
enseñaré lo que es el sentimiento de la derrota”.
Justo en ese momento, un pensamiento de
lo más placentero cruzó por su mente.
“Sería muy divertido ver a la Princesa Pájaro
Plateado, a quien tanto deseas tener, suplicándome frente a tus propios ojos”.
La Princesa Rosassia de rodillas a sus
pies, rogándole encarecidamente que se casara con ella. Y él, mostrándose como
un caballero que, aunque consideraba a la princesa sumamente molesta y
fastidiosa, le tendía una mano de salvación llevado por una generosa
benevolencia. Mientras tanto, Dominic lo observaría todo temblando de pura
rabia. La sola imaginación de la escena le resultaba sumamente extasiante. (¡Pero que imaginación más tonta, tiene este
tipo!)
― Conde Gawain, por alguna razón la
expresión que tienes ahora mismo me resulta desagradable. Me están dando ganas
de matarte, así que controla esa cara.
Dominic emanó una sed de sangre
completamente real.
Laval refunfuñó para sus adentros,
pensando que aquel infeliz poseía una intuición tan aguda como la de una bestia
salvaje, al tiempo que enderezaba su postura en el asiento y corregía su
semblante.
Dominic abrió grande la boca y le dio un
ruidoso mordisco a la manzana. Mientras aquel acto tan trivial se proyectaba
con un aire de salvajismo que hería el complejo de inferioridad de Laval, la
conversación continuó entre ambos:
― Conde, ¿piensas quedarte aquí hasta que
su Majestad despierte?
― Sí. No me iré sin antes tener mi
audiencia.
― Da la impresión de que ha caído en un
sueño muy profundo, ¿sabes?
― Me está instando a abandonar el
palacio. ¿Acaso no quiere que me entreviste con su Majestad?
― Qué malentendido. Lo digo pensando
únicamente en ti.
― ¿Pensando en mí? ¿Usted en mí, Sir
Dominic?
― Sí. Ya que ambos compartimos la
condición de ser tratados como perros, ¿no es normal que sintamos simpatía
mutua por nuestra desgracia?
Desde la perspectiva de Laval, aquello no
se sintió más que como una burla de alto nivel.
Un rostro que sonreía con astucia y otro
que manifestaba una hostilidad evidente se contemplaron el uno al otro por un
largo rato. Lo que rompió aquella tensa confrontación entre los dos hombres fue
el sonido de una puerta al abrirse. Alguien acababa de salir del dormitorio.
Laval se alegró pensando que la espera
había terminado antes de lo previsto, pero un instante después sus ojos se
abrieron de par en par por la sorpresa.
― M-me retiro entonces. No es necesario
que me acompañen a la salida.
El dormitorio del emperador, que se
suponía debía ser el lugar más íntimo y reservado. De allí acababa de salir una
sospechosa mujer con la capucha de la capa profundamente calzada.
― Que tenga un buen viaje de regreso,
madame.
―....
Para colmo, tanto Dominic como el jefe de
sirvientes actuaban como si nada pasara. Eso significaba que la situación
actual era algo habitual y frecuente. El único que no podía dar crédito a lo
que acababan de ver sus propios ojos era Laval, quien no dejaba de parpadear estupefacto.
“¿Acaso la mujer de hace un momento no
era la Marquesa de Plaben...?”.
Era una dama de la alta sociedad famosa
por su belleza. Aunque tenía dos hijos que ya contaban con la edad de Laval,
lucía mucho más joven de lo que era y los destellos de sus años de esplendor
aún permanecían intactos. Gracias a ello, Laval había sido capaz de reconocer
su rostro de inmediato.
No había escuchado en ningún momento que
su esposo, el Marqués de Plaben, hubiera fallecido. ¿Y aun así ella entraba y
salía del aposento del emperador?
El jefe de sirvientes le extendió una
taza de té al conmocionado Laval. Aquel ofrecimiento de té, que llegaba con un
evidente retraso, conllevaba la clara intención de silenciarlo, advirtiéndole
que no utilizara su boca para hablar.
― Vaya, parece que el Conde Gawain
también lo ha visto. Es un nuevo pasatiempo que a su Majestad le ha dado por
cultivar en los últimos tiempos.
― ¿Un pasatiempo...?
― Parece ser que el regalo que un vasallo
le envió con un corazón lleno de lealtad ha resultado ser bastante del agrado
de su Majestad.
Era imposible que un vasallo en su sano
juicio hubiera ofrecido a su propia esposa por voluntad propia. El Emperador
Loco debió de haberlo exigido primero, ya fuera de manera implícita o directa.
Que el Emperador Loco, dueño de un harén
donde podía poseer a toda clase de bellezas, se tomara la molestia de tocar a
una mujer casada y para colmo, la mujer de un vasallo. El origen de aquella
retorcida y perversa inclinación sexual era más que evidente. A estas alturas,
ya no le bastaba con coleccionar mujeres hermosas y comunes como si fueran un
botín. El Emperador Loco solo era capaz de encontrar satisfacción si se le
añadía el terrible sentimiento de transgresión moral que implicaba tomar a la
mujer de un subordinado.
Dominic habló con su característico tono
astuto y burlón:
― ¿Te enteraste de lo de la familia del
Conde Parbello, que fue degradada hace poco? Eso les pasó por negarse a
demostrar su lealtad. Tenlo en consideración.
El jefe de sirvientes también aportó un
solícito consejo:
― Dado que adentro se encuentran más
madamas, parece que la siesta de su Majestad se prolongará un poco más... ¿Qué
desea hacer al respecto?
El Emperador Loco rara vez se conformaba
con una sola mujer a la vez.
― M-me retiraré por hoy.
Laval abandonó el palacio sintiendo como
si hubiera recibido un fuerte golpe en la nuca. Cada vez que el carruaje daba
un bandazo, tenía la impresión de que el cerebro se le sacudía suelto dentro
del cráneo.
Deseaba descansar en cuanto llegara a su
residencia de la capital, pero una vez terminados los asuntos exteriores, los
quehaceres domésticos lo aguardaban. Precisamente ese día, su mansión se
encontraba ruidosa y abarrotada de comerciantes de artículos de lujo. Era
evidente quién los había mandado a llamar.
― ¡Oh, mi querido hijo! ¿Ya
estás de regreso?
Una voz nasal y melosa le dio la bienvenida.
La mujer de facciones menudas y delicadas era Berthe Gawain, la madre de Laval
y la gran dama de la familia del Conde Gawain.
― ¿Ha vuelto a llamar a tantos comerciantes?
Berthe reaccionó de inmediato con
susceptibilidad:
― ¡Los llamé porque los necesito! Soy la
gran dama del Conde Gawain, ¿acaso estaría bien que usara joyas viejas y
desgastadas? Si hiciera eso y la familia de mi hijo terminara siendo el hazmerreír
de los demás, ¿entonces qué?
― Sí, sí... ¿Y dónde está Nadia?
― Está metida en su habitación. Vaya
genio que se carga, quién sabe qué es lo que no le habrá parecido bien esta
vez.
Era predecible. Daba toda la impresión de
que su madre y su hermana menor habían tenido un roce a causa de la asistencia
al banquete del Festival de la Fundación. Como era de esperarse, la gran dama
miró de reojo a su hijo, midiendo su reacción.
― Hi-ji-to. Para este banquete del
Festival de la Fundación, me vas a llevar a conocer el Palacio Imperial,
¿verdad...?
Si permitía que su insensata madre
saliera a la alta sociedad, solo conseguiría que los demás le encontraran
defectos; por esa razón, hasta el momento se las había arreglado para postergar
y posponer su entrada al palacio bajo toda clase de pretextos.
Cuando le impidió asistir al banquete de
la “Carrera de Caballos de los Caballeros”, ella puso la casa de cabeza y armó
un gran alboroto escribiéndoles cartas a todas las damas nobles que conocía
para decirles que se encontraba bajo confinamiento. Si volvía a prohibirle ir a
este banquete del Festival de la Fundación, era un hecho que causaría un
problema todavía mayor.
― Le daré permiso para el banquete del
Festival de la Fundación.
Laval no tuvo más remedio que mostrarse
generoso. Sin embargo, su madre ambicionaba algo más que eso.
― ¿Entonces mi querido hijo también va a
ser el escolta de mamá?
― ¿Eh? ¿Yo por qué?
― Pues porque mamá no tiene pareja.
― Tiene a mi padre.
Ante aquella réplica tan sensata, Berthe
se mostró susceptible una vez más:
― ¡Cómo me pides que vaya con tu padre!
¿Cómo eres capaz de decirme algo tan cruel?
―... ¿Eso es algo cruel?
― ¡Claro que es cruel! ¡Es la primera vez
que mamá entrará al palacio! No quiero ir del brazo de tu padre, que se la pasa
quejándose de dolores y está calvo. Déjame ir con mi apuesto hijo.
― Yo también ya estoy en edad de casarme,
y que un hijo de mi edad vaya tomado de la mano de su madre no es algo...
― ¿Qué tiene de malo la mano de mamá? ¡Un
hijo es para siempre el novio de su madre!
La sofistería no terminó ahí:
― ¡Esto también es por el bien de mi
hijo! Dicen que en la alta sociedad hay más de una señorita que te tiene en la
mira, ¿no? Las jovencitas de hoy en día son sumamente astutas, y es evidente
que mi inocente hijo no sabrá distinguir las artimañas de esas zorras.
― Madre...
― Sí, sí. Mi hijo solo debe confiar en
mamá. Incluso le echaré un vistazo a la Princesa Pájaro Plateado para ver si es
adecuada como tu pareja.
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