― ¿Prometen ambos amarse sinceramente y estar juntos por el resto de sus
vidas?
― Sí.
La respuesta fluyó de sus labios sin un
solo segundo de duda. Su rostro era gélido, una expresión que nadie asociaría
con la de un novio en el día más feliz de su vida. Sin embargo, en la comisura
de sus labios colgaba una sonrisa de satisfacción, una que solo él era capaz de
reconocer.
Por el contrario, Werazel simplemente
miraba al vacío con la mente en blanco. Debía responder a la pregunta del
oficiante, pero no podía. Sabía que en el momento en que pronunciara ese “sí”,
ya no habría marcha atrás.
“¿Realmente me voy
a casar?”.
De verdad, uno nunca puede predecir lo
que le depara el destino ni siquiera a un paso de distancia.
Jamás se habría imaginado, ni en sus
sueños más remotos, que terminaría casándose con él. Aunque, por supuesto, todo
esto había sido su propia elección...
― Werazel.
Ante aquella voz que rompió el
silencioso letargo, Werazel se estremeció sorprendida. Lentamente, levantó la
cabeza para encontrarse con el hombre que estaba frente a ella.
Ataviado con un impecable traje de gala
negro, el hombre brillaba con tal intensidad que parecía que el único
protagonista de la boda era el novio. Su rostro era tan gallardo que parecía
que un escultor hubiera dedicado toda su vida y alma para tallarlo a la
perfección.
Unos ojos que parecían tener diamantes
rojos incrustados dentro de una mirada afilada, y unos labios firmemente
cerrados bajo una nariz tan recta como una flecha bien tallada.
Él era, simplemente, la perfección
personificada.
Con una estatura mucho mayor que la de
cualquier hombre promedio y hombros anchos, nunca había descuidado su
entrenamiento, ni un solo día. Gracias a ello, el contorno de sus músculos, que
no podía ocultarse ni bajo la ropa, era tan firme y sexy que podía encender el
fuego en el corazón de cualquier mujer.
Además, el traje que vestía,
confeccionado con la tela de la más alta calidad, había nacido de las manos de
un famoso diseñador...
Era una prenda única, la única de su
clase en todo el imperio. El traje de gala estaba tan impecable que no permitía
ni la más mínima mota de polvo, y no presentaba ni una sola arruga
microscópica. En él se reflejaba fielmente la personalidad del Duque: un hombre
perfeccionista y meticuloso hasta la médula.
Aquel traje, que destilaba un
inconfundible aroma a riqueza, combinaba perfectamente con el vestido que ella
llevaba puesto. El vestido de novia, blanco puro y confeccionado a medida por
un diseñador, podía considerarse sin temor a dudas el más caro del mundo.
Hecho de seda, el vestido poseía un
brillo sutil y elegante; el escote, que dejaba al descubierto sus hombros
redondeados, estaba adornado con encaje de hilo de plata, perlas y rubíes,
dándole un aire majestuoso. El diseño de corte sirena, que se ceñía a su
cuerpo, estaba decorado con cientos de pequeños diamantes rosas que ofrecían un
resplandor natural.
Eran las vestiduras de un novio y una
novia dignos de la familia más rica del imperio.
La ceremonia se llevaba a cabo en el
templo, con una lista de invitados reducida únicamente a los parientes más
cercanos. Werazel miró en silencio a Chester, quien la llamaba. Una leve
sonrisa se dibujó en el rostro de él.
― ¿No vas a responder?
Él soltó aquellas palabras con un tono
sumamente cariñoso. Con una amabilidad y un afecto capaces de hacer que el
corazón de cualquier mujer diera un vuelco.
― La novia, Werazel Prosier, ¿jura amar sinceramente y estar siempre junto al
novio, Chester Halos?
El oficiante repitió la pregunta
dirigiéndose a la novia, que seguía sin responder. Junto con esa pregunta, una
voz tenue llegó desde los asientos de los invitados, que no estaban ni a la
mitad de su capacidad.
― Lizel.
Ella giró la cabeza hacia los asientos.
En la primera fila, un niño pequeño vestido de etiqueta la miraba fijamente.
A estas alturas, ya no había marcha
atrás. Con el dinero que había acordado recibir, podría vivir rindiéndose a la
gran vida por el resto de sus días.
Solo un año. Con un año sería
suficiente para vivir sin preocuparme por el dinero jamás.
― Haa... Sí.
― Procederemos ahora con el intercambio de los anillos que simbolizan su
amor.
Ante las palabras del oficiante, ambos
sacaron los anillos. Un anillo con un diamante rosa de 19 quilates fue
deslizado en el dedo anular izquierdo de Werazel. Encajaba a la perfección,
como si le hubieran puesto unos grilletes hechos a medida.
Acto seguido, Werazel colocó en el dedo
de Chester un anillo de diseño simple adornado con un pequeño diamante. En ese
momento, Chester mostró una expresión de satisfacción que solo él comprendía.
― Por la presente, ante la Diosa Armikan, declaro que ambos han unido sus
vidas y se han convertido en esposo y esposa.
El oficiante, con el corazón lleno de
devoción, inclinó la cabeza ante la estatua de la diosa. Werazel, siguiendo el
ejemplo de Chester, juntó las manos e inclinó la cabeza ante la Diosa Armikan,
la deidad del Imperio y su guardiana.
Sin embargo, el rostro de Werazel
estaba ensombrecido por toda clase de preocupaciones. Parecía que solo ahora
empezaba a asimilar la realidad de que verdaderamente se había casado con el
Duque Chester.
― Haa...
Werazel se desplomó sobre la amplia
cama de la habitación donde ahora se encontraba sola. Había sido un día
agotador. Se había levantado desde la madrugada para arreglarse y, finalmente,
la caótica ceremonia nupcial había terminado.
Pero eso no era el final. Solo para
quitarse todos los accesorios que llevaba encima, necesitó otra hora más. Tenía
decenas de horquillas en el cabello, y solo después de soportar el dolor de
sentir que le arrancaban el pelo, pudo finalmente sentirse libre.
La quietud que llegó tras la partida de
los sirvientes, que antes pululaban por doquier, le trajo paz mental. Sus oídos
habían sufrido bastante con el bullicio incesante de todo el día.
Toc, toc.
En ese momento, se escuchó el sonido de
alguien llamando a la puerta.
― Adelante.
Respondió ella sin
pensarlo demasiado. Estaba convencida de que sería Tia, quien había dicho que
traería un té caliente.
― ¿Estás lista?
Sin embargo, la voz
que escuchó era profunda y varonil. No había forma de que la voz de Tia sonara
así... Werazel, sobresaltada, se incorporó de un salto en la cama.
― ¿P-por qué está
usted aquí...?
Sus ojos se abrieron
de par en par. Una figura inesperada estaba de pie frente a ella. Al ver a
Chester vestido con ropa tan informal y cómoda, el rostro de Werazel se
encendió en llamas en un instante.
― Pero ¡¿qué es esa
facha?!
Apartó la vista
apresuradamente, pero sus mejillas ardían al recordar la imagen de sus músculos
firmes asomándose entre la fina bata.
― Es el atuendo ideal
para tomar a la novia entre mis brazos.
La voz burlona y pícara de Chester sobresaltó a Werazel.
― ¿Qué ha dicho?
“Tomar a la novia. Eso
significa que...”
― Porque hoy es
nuestra noche de bodas.
“¿Este hombre acaba de
decir “noche de bodas”? ¡Esto no estaba en el contrato! Y más importante aún,
¿por qué demonios ha empezado a hablarme con tanta informalidad de repente?”
Werazel sacudió la
cabeza, tratando de verificar si sus oídos le habían fallado.
― Ya que nos casamos,
es natural que pasemos la noche de bodas. Yo ya estoy listo, ¿acaso tú
necesitas un poco más de tiempo?
Sin embargo, la voz
que siguió caló en sus oídos con una claridad aún mayor. Con la boca abierta
por el impacto, como si le hubieran dado un golpe en la cabeza, Werazel
balbuceó:
― N-no... pero ¿qué es
esto ahora...?
Chester comenzó a
caminar lentamente hacia una Werazel que tartamudeaba por el shock.
Un paso, otro
paso.
La tenue luz de la luna, que iluminaba suavemente la habitación
sumergida en la penumbra, hacía brillar sus músculos entreviéndose. La forma de
su musculatura, visible a través de la abertura de su bata, era tan sexy que
cualquiera habría tragado saliva. Esas grietas firmes y bien esculpidas, como
si el mismísimo Creador las hubiera tallado con precisión, hacían que se le
hiciera agua la bo...
“¡Ah, no, esto no está bien!” Reaccionando tardíamente, Werazel gritó:
― ¡N-no se acerque!
Al ver que Chester se
aproximaba, Werazel retrocedió torpemente. Sin embargo, no tenía a dónde
escapar; la cabecera de la cama chocó de inmediato contra su espalda.
― Bueno, no es como si
se necesitara mucha preparación para la noche de bodas.
Antes de que pudiera
reaccionar, Chester, que ya estaba frente a la cama, se posicionó sobre el
cuerpo de una Werazel completamente encogida por los nervios.
― ¡Hah!
Werazel contuvo el aliento, sorprendida por la cercanía
repentina de su rostro.
― No pienses en dormir
esta noche.
Una voz cargada de un
aura extrañamente seductora resonó por toda la habitación.
Sus ojos rojos, que brillaban con un
matiz intenso, se clavaron en ella mientras su aliento ardiente se dirigía
hacia los labios de Werazel.



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