Un
mal mayor que devora al mal.
Sentí que el calor se me subía al rostro,
así que me abaniqué con la mano. Si todo resultaba ser una falsa impresión mía,
sería sumamente vergonzoso, por lo que era mejor dejar de pensar en ello.
En ese momento, grandes hojas comenzaron
a descender una a una frente a mí. El roble, que cubría el cielo por completo
formando una especie de cúpula verde, estaba dejando caer sus hojas. Las hojas
nuevas más suaves se acumularon en abundancia, trazando una ruta en línea recta
desde la punta de mis pies hasta donde se encontraba el enorme tronco del
roble. Era prácticamente como si hubieran colocado una alfombra verde sobre el
suelo de tierra.
Por más que lo mirara, aquello parecía
una atención de su parte para evitar que mis pies descalzos se lastimaran.
― Usar hojas nuevas para algo como esto
es un poco...
Algo me dio un leve golpe en la cabeza.
Una hoja de árbol, grande y gruesa, había caído justo sobre mi coronilla. Daba
la impresión de ser su forma de expresar que no le agradaba mi racional
observación.
― No es nada. Gracias.
En cuanto cambié mis palabras, las hojas
del árbol se agitaron con la brisa, produciendo un crujido. Era un sonido que
traía paz al corazón.
Es algo fascinante. Se supone que Regen
no tiene conciencia mientras yo me encuentro en su mundo mental; sin embargo,
el roble que materializa su núcleo de maná parece poseer su propia
personalidad.
Caminé sobre la alfombra que el roble me
había preparado y llegué frente al tronco. Incluso calculándolo a simple vista,
parecía haber crecido más que antes. Comencé a rodearlo mientras contaba mis
pasos.
― Definitivamente ha crecido.
Era algo bueno, pero aun así me dio
vergüenza. Después de todo, esto era gracias a que yo me había dedicado a
devorar los labios de Regen con tanto entusiasmo. Lo que había servido de
nutriente para este roble no era otra cosa que mi propio deseo.
― A pesar de alimentarte con algo como
eso, creces de una manera tan verde y espléndida, mi señor.
Acaricié con la mano el tronco del árbol,
cuya corteza se agrietaba en sentido vertical. Aunque su textura era dura y
áspera, deslicé la yema de mis dedos con suavidad, tal como si lo estuviera
tocando a él.
― ¡Ah!
Me aparté de golpe, asustada. Esto se
debió a que, justo en el lugar que había tocado, brotó con rapidez una rama de
color verde claro. La rama, que creció a toda velocidad y cambió a un tono más
oscuro, hizo brotar hojas en abundancia, para finalmente llenarse de capullos
rugosos.
― ¿Flores...?
En el instante en que levanté la cabeza y
miré hacia arriba, mi boca se abrió ligeramente por la sorpresa.
Sorprendentemente, todo el árbol estaba repleto de flores masculinas de color
verde claro colgando de él.
Por un momento, tuve que llevarme la mano
al pecho mientras soltaba un débil quejido de dolor. Ese malestar explicaba la
situación actual con mayor certeza que cualquier otra cosa. Era evidente que,
debido al crecimiento explosivo del núcleo de maná de Regen, mi poder de
control había sufrido una sobrecarga temporal.
― Ha...
De pronto, se me ocurrió algo que bien
podría considerarse como la causa de este repentino crecimiento:
“Probablemente se deba a que hoy... me
gustó demasiado...”.
Pensar que el crecimiento se aceleraba a
medida que aumentaba la intensidad del contacto físico me hacía dudar entre si
debía alegrarme o sentirme en un aprieto. Terminé hablando en un tono que
sonaba a una ligera queja:
― A este paso, es muy probable que Sir
Regen sea el único caballero que tenga en toda mi vida.
El roble respondió con el crujido de sus
hojas.
Parpadeé con los ojos entrecerrados y la
vista nublada. Debido a que estaba sumamente agotada, parecía que me había
quedado dormida en la realidad por un buen rato, incluso después de haber
salido del mundo mental.
Por cierto, quizá por haberme quedado
dormida en el sofá, el lugar donde estaba recostada se sentía sumamente
incómodo. Mientras me retorcía un poco en ese espacio tan estrecho, una voz
baja resonó cerca de mi oído:
― ¿Durmió bien?
―....
Solo entonces me di cuenta. La razón por
la que se sentía incómodo y estrecho no era el sofá, sino que alguien me estaba
abrazando desde atrás, acostado junto a mí.
Bajé la mirada. Vi su firme antebrazo
rodeando mi cintura, y vi también mi propia mano, que se aferraba con fuerza a
ese brazo. Si tuviéramos que buscar al responsable, parecía que la culpa recaía
un poco más sobre mí.
― ¿Estuviste así todo el tiempo?
― Sí. Dado que Sasha me tenía sujeto...
― Pudiste haberte soltado con cuidado...
y haberte marchado.
― No quería despertarla.
Deshice el agarre de sus brazos, me
incorporé y me apresuré a colocar el chal sobre mis hombros. No me atrevía a
voltear a verle la cara.
Cada vez que regresaba del mundo mental
siempre terminaba igual. Al abrir los ojos, inevitablemente me encontraba
enredada con él en una postura que hacía parecer que la noche anterior hubiera
ocurrido algo importante. Me daba vergüenza pensar que esto también pudiera ser
una manifestación de mis propios deseos.
― El árbol había crecido muchísimo.
Cambié de tema para propiciar un ambiente
más sobrio.
― Ah, ¿sí?
― Su circunferencia aumentó en dos pasos
enteros. Además, lo vi crecer con mis propios ojos.
― Parece ser que los besos en la espalda
tienen un gran efecto.
(serás cabrán XD)
Mi intención de entablar una conversación
sobria fracasó por completo. Me causaba confusión si aquello en verdad
calificaba como un beso, pero dado que Regen insistía en que lo era, decidí
dejarlo así.
Regen argumentó:
― Si a Sasha no le importa, me gustaría
volverme aún más fuerte.
― No hay ninguna razón para que me
importe.
Qué alivio. Al fin y al cabo, solo tenía
que dar la respuesta que quería dar mientras mantenía mi dignidad como
princesa. Mi única preocupación era si mi voz había sonado demasiado
entusiasmada.
― Por lo pronto, ponte algo de ropa.
― Sí.
Para cuando él terminó de vestirse con la
camisa que se había quitado antes de dormir, alguien llamó a la puerta del
dormitorio.
― Alteza, soy Hamel. Si está despierta,
¿puedo entrar?
― Adelante.
Si tenía un asunto que tratar a esta
hora, debía de ser un informe importante. Como era de esperarse, Hamel no
defraudó mis expectativas.
― He descubierto quién está detrás del
suministro de veneno para la Princesa de la Luna Nueva.
―... ¿En serio?
Mi propia voz al preguntar sonó gélida
incluso para mí. Al mirarlo de reojo, vi que Regen también tenía los ojos
sumidos en una fría fijeza.
Me causaba gran expectación el nombre que
Hamel estaba a punto de pronunciar. ¿Quién sería? ¿Quién sería el que
terminaría recibiendo toda mi furia?
― Es el Conde Laval Gawain.
Esbocé una amplia sonrisa. Después de
todo, el cadáver que llevaba ese nombre no tardaría en bajar flotando por la
corriente.
***
Había un joven de cabello negro que
cruzaba el pasillo del palacio principal con la barbilla en alto, adoptando un
aire de superioridad. Aquel que vestía una camisa deliberadamente ajustada para
hacer resaltar su caja torácica, y que ostentaba su riqueza y estatus con un
chaleco densamente adornado con joyas, era nada menos que el Conde Laval
Gawain.
Sus pasos, encaminados a una audiencia
con el Emperador Loco, Axelion, rebosaban una confianza excepcional. Esto se
debía a que se dirigía a rendir informe tras haber cumplido a la perfección con
un decreto imperial.
Ante la proximidad del Festival de la
Fundación, se había encargado de arrestar no solo a los criminales, sino a
cualquiera que diera el más mínimo indicio de sospecha. En la actualidad, no
era una exageración afirmar que la tasa de criminalidad en la capital imperial
tendía a cero.
No solo eso; también había recolectado en
abundancia las últimas tendencias de la capital capaces de satisfacer la
curiosidad del Emperador Loco. De entre las óperas, la literatura y las
pinturas creadas por los plebeyos, Laval había seleccionado personalmente
aquellas que estuvieran a la altura de las exigencias del soberano.
El Emperador Loco era un conocido
coleccionista de arte con un sentido estético sobresaliente. Si tan solo una de
las obras traídas por Laval lograba captar el interés del monarca, sin duda
recibiría una gran recompensa y su posición dentro del palacio imperial se
elevaría notablemente.
“No puedo pasarme la vida siendo llamado
un aristócrata de pueblo que ascendió de la noche a la mañana o, el sabueso de
Arondight. Debo descubrir una obra que sea del agrado del Emperador Loco para
que mi criterio aristocrático sea reconocido en la alta sociedad”.
Ardiendo en ambición por ascender, el
hombre llamó a la puerta para solicitar la audiencia.
― Conde Gawain. Su Majestad el Emperador
se encuentra tomando una siesta en su dormitorio.
― Esperaré.
― Si se empeña en hacerlo, por aquí.
El jefe de sirvientes, de cabello gris,
lo guio hacia la sala de recibir. Aquella actitud tan burocrática puso a Laval
de muy mal humor. Aunque el jefe de sirvientes solía fingir cierta amabilidad
con otros nobles, cuando se trataba de Laval, parecía despojarse de su máscara
y se mostraba completamente desinteresado.
“Este infeliz también me está
menospreciando. Al fin y al cabo, no es más que un sirviente que pone los
tenedores en la mesa del emperador”.
De cualquier forma, no había una sola
persona entre el círculo más cercano del Emperador Loco que fuera del agrado de
Laval. El jefe de sirvientes, un viejo de trastienda que solo atendía al soberano,
pero se las daba de tener el poder absoluto; el Marqués Osbond, quien se creía
un artista mientras planificaba ejecuciones perversas; y el Duque Arondight,
quien lo utilizaba como a un perro para cometer toda clase de bajezas mientras
mantenía una fachada de hipocresía...
Y lo que menos le agradaba de todo se
encontraba en este preciso instante frente a sus ojos.
― Vaya, Conde Laval Gawain.
― Sir Dominic.
Dominic Muzecal, quien lucía una sonrisa
desagradable en los labios cada vez que lo veía. El día de hoy, una vez más,
logró revolverle el estómago a Laval.

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