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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 91

 

Un mal mayor que devora al mal.

 

 

 

Sentí que el calor se me subía al rostro, así que me abaniqué con la mano. Si todo resultaba ser una falsa impresión mía, sería sumamente vergonzoso, por lo que era mejor dejar de pensar en ello.

En ese momento, grandes hojas comenzaron a descender una a una frente a mí. El roble, que cubría el cielo por completo formando una especie de cúpula verde, estaba dejando caer sus hojas. Las hojas nuevas más suaves se acumularon en abundancia, trazando una ruta en línea recta desde la punta de mis pies hasta donde se encontraba el enorme tronco del roble. Era prácticamente como si hubieran colocado una alfombra verde sobre el suelo de tierra.

Por más que lo mirara, aquello parecía una atención de su parte para evitar que mis pies descalzos se lastimaran.

― Usar hojas nuevas para algo como esto es un poco...

Algo me dio un leve golpe en la cabeza. Una hoja de árbol, grande y gruesa, había caído justo sobre mi coronilla. Daba la impresión de ser su forma de expresar que no le agradaba mi racional observación.

― No es nada. Gracias.

En cuanto cambié mis palabras, las hojas del árbol se agitaron con la brisa, produciendo un crujido. Era un sonido que traía paz al corazón.

Es algo fascinante. Se supone que Regen no tiene conciencia mientras yo me encuentro en su mundo mental; sin embargo, el roble que materializa su núcleo de maná parece poseer su propia personalidad.

Caminé sobre la alfombra que el roble me había preparado y llegué frente al tronco. Incluso calculándolo a simple vista, parecía haber crecido más que antes. Comencé a rodearlo mientras contaba mis pasos.

― Definitivamente ha crecido.

Era algo bueno, pero aun así me dio vergüenza. Después de todo, esto era gracias a que yo me había dedicado a devorar los labios de Regen con tanto entusiasmo. Lo que había servido de nutriente para este roble no era otra cosa que mi propio deseo.

― A pesar de alimentarte con algo como eso, creces de una manera tan verde y espléndida, mi señor.

Acaricié con la mano el tronco del árbol, cuya corteza se agrietaba en sentido vertical. Aunque su textura era dura y áspera, deslicé la yema de mis dedos con suavidad, tal como si lo estuviera tocando a él.

― ¡Ah!

Me aparté de golpe, asustada. Esto se debió a que, justo en el lugar que había tocado, brotó con rapidez una rama de color verde claro. La rama, que creció a toda velocidad y cambió a un tono más oscuro, hizo brotar hojas en abundancia, para finalmente llenarse de capullos rugosos.

― ¿Flores...?

En el instante en que levanté la cabeza y miré hacia arriba, mi boca se abrió ligeramente por la sorpresa. Sorprendentemente, todo el árbol estaba repleto de flores masculinas de color verde claro colgando de él.

Por un momento, tuve que llevarme la mano al pecho mientras soltaba un débil quejido de dolor. Ese malestar explicaba la situación actual con mayor certeza que cualquier otra cosa. Era evidente que, debido al crecimiento explosivo del núcleo de maná de Regen, mi poder de control había sufrido una sobrecarga temporal.

― Ha...

De pronto, se me ocurrió algo que bien podría considerarse como la causa de este repentino crecimiento:

“Probablemente se deba a que hoy... me gustó demasiado...”.

Pensar que el crecimiento se aceleraba a medida que aumentaba la intensidad del contacto físico me hacía dudar entre si debía alegrarme o sentirme en un aprieto. Terminé hablando en un tono que sonaba a una ligera queja:

― A este paso, es muy probable que Sir Regen sea el único caballero que tenga en toda mi vida.

El roble respondió con el crujido de sus hojas.

Parpadeé con los ojos entrecerrados y la vista nublada. Debido a que estaba sumamente agotada, parecía que me había quedado dormida en la realidad por un buen rato, incluso después de haber salido del mundo mental.

Por cierto, quizá por haberme quedado dormida en el sofá, el lugar donde estaba recostada se sentía sumamente incómodo. Mientras me retorcía un poco en ese espacio tan estrecho, una voz baja resonó cerca de mi oído:

― ¿Durmió bien?

―....

Solo entonces me di cuenta. La razón por la que se sentía incómodo y estrecho no era el sofá, sino que alguien me estaba abrazando desde atrás, acostado junto a mí.

Bajé la mirada. Vi su firme antebrazo rodeando mi cintura, y vi también mi propia mano, que se aferraba con fuerza a ese brazo. Si tuviéramos que buscar al responsable, parecía que la culpa recaía un poco más sobre mí.

― ¿Estuviste así todo el tiempo?

― Sí. Dado que Sasha me tenía sujeto...

― Pudiste haberte soltado con cuidado... y haberte marchado.

― No quería despertarla.

Deshice el agarre de sus brazos, me incorporé y me apresuré a colocar el chal sobre mis hombros. No me atrevía a voltear a verle la cara.

Cada vez que regresaba del mundo mental siempre terminaba igual. Al abrir los ojos, inevitablemente me encontraba enredada con él en una postura que hacía parecer que la noche anterior hubiera ocurrido algo importante. Me daba vergüenza pensar que esto también pudiera ser una manifestación de mis propios deseos.

― El árbol había crecido muchísimo.

Cambié de tema para propiciar un ambiente más sobrio.

― Ah, ¿sí?

― Su circunferencia aumentó en dos pasos enteros. Además, lo vi crecer con mis propios ojos.

― Parece ser que los besos en la espalda tienen un gran efecto.

(serás cabrán XD)

Mi intención de entablar una conversación sobria fracasó por completo. Me causaba confusión si aquello en verdad calificaba como un beso, pero dado que Regen insistía en que lo era, decidí dejarlo así.

Regen argumentó:

― Si a Sasha no le importa, me gustaría volverme aún más fuerte.

― No hay ninguna razón para que me importe.

Qué alivio. Al fin y al cabo, solo tenía que dar la respuesta que quería dar mientras mantenía mi dignidad como princesa. Mi única preocupación era si mi voz había sonado demasiado entusiasmada.

― Por lo pronto, ponte algo de ropa.

― Sí.

Para cuando él terminó de vestirse con la camisa que se había quitado antes de dormir, alguien llamó a la puerta del dormitorio.

― Alteza, soy Hamel. Si está despierta, ¿puedo entrar?

― Adelante.

Si tenía un asunto que tratar a esta hora, debía de ser un informe importante. Como era de esperarse, Hamel no defraudó mis expectativas.

― He descubierto quién está detrás del suministro de veneno para la Princesa de la Luna Nueva.

―... ¿En serio?

Mi propia voz al preguntar sonó gélida incluso para mí. Al mirarlo de reojo, vi que Regen también tenía los ojos sumidos en una fría fijeza.

Me causaba gran expectación el nombre que Hamel estaba a punto de pronunciar. ¿Quién sería? ¿Quién sería el que terminaría recibiendo toda mi furia?

― Es el Conde Laval Gawain.

Esbocé una amplia sonrisa. Después de todo, el cadáver que llevaba ese nombre no tardaría en bajar flotando por la corriente.

***

Había un joven de cabello negro que cruzaba el pasillo del palacio principal con la barbilla en alto, adoptando un aire de superioridad. Aquel que vestía una camisa deliberadamente ajustada para hacer resaltar su caja torácica, y que ostentaba su riqueza y estatus con un chaleco densamente adornado con joyas, era nada menos que el Conde Laval Gawain.

Sus pasos, encaminados a una audiencia con el Emperador Loco, Axelion, rebosaban una confianza excepcional. Esto se debía a que se dirigía a rendir informe tras haber cumplido a la perfección con un decreto imperial.

Ante la proximidad del Festival de la Fundación, se había encargado de arrestar no solo a los criminales, sino a cualquiera que diera el más mínimo indicio de sospecha. En la actualidad, no era una exageración afirmar que la tasa de criminalidad en la capital imperial tendía a cero.

No solo eso; también había recolectado en abundancia las últimas tendencias de la capital capaces de satisfacer la curiosidad del Emperador Loco. De entre las óperas, la literatura y las pinturas creadas por los plebeyos, Laval había seleccionado personalmente aquellas que estuvieran a la altura de las exigencias del soberano.

El Emperador Loco era un conocido coleccionista de arte con un sentido estético sobresaliente. Si tan solo una de las obras traídas por Laval lograba captar el interés del monarca, sin duda recibiría una gran recompensa y su posición dentro del palacio imperial se elevaría notablemente.

“No puedo pasarme la vida siendo llamado un aristócrata de pueblo que ascendió de la noche a la mañana o, el sabueso de Arondight. Debo descubrir una obra que sea del agrado del Emperador Loco para que mi criterio aristocrático sea reconocido en la alta sociedad”.

Ardiendo en ambición por ascender, el hombre llamó a la puerta para solicitar la audiencia.

― Conde Gawain. Su Majestad el Emperador se encuentra tomando una siesta en su dormitorio.

― Esperaré.

― Si se empeña en hacerlo, por aquí.

El jefe de sirvientes, de cabello gris, lo guio hacia la sala de recibir. Aquella actitud tan burocrática puso a Laval de muy mal humor. Aunque el jefe de sirvientes solía fingir cierta amabilidad con otros nobles, cuando se trataba de Laval, parecía despojarse de su máscara y se mostraba completamente desinteresado.

“Este infeliz también me está menospreciando. Al fin y al cabo, no es más que un sirviente que pone los tenedores en la mesa del emperador”.

De cualquier forma, no había una sola persona entre el círculo más cercano del Emperador Loco que fuera del agrado de Laval. El jefe de sirvientes, un viejo de trastienda que solo atendía al soberano, pero se las daba de tener el poder absoluto; el Marqués Osbond, quien se creía un artista mientras planificaba ejecuciones perversas; y el Duque Arondight, quien lo utilizaba como a un perro para cometer toda clase de bajezas mientras mantenía una fachada de hipocresía...

Y lo que menos le agradaba de todo se encontraba en este preciso instante frente a sus ojos.

― Vaya, Conde Laval Gawain.

― Sir Dominic.

Dominic Muzecal, quien lucía una sonrisa desagradable en los labios cada vez que lo veía. El día de hoy, una vez más, logró revolverle el estómago a Laval.







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