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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 86

 


― ¿Re... Regen?

― Sí, Sasha.

Mientras él respondía, sentí la vibración en la parte posterior de mi cuello. Con eso me quedó claro: efectivamente, sus labios me habían rozado. Aunque no era más que un contacto ligero, y a pesar de que ya habíamos hecho cosas mucho más intensas, mi corazón temblaba. Había una parte de mí que deseaba que sus labios descendieran aún más.

― Sasha.

―....

No pude emitir ni la más mínima respuesta. Sentía que, si abría la boca, en lugar de palabras, se me saldría el corazón.

― ¿Ha pensado alguna vez en querer adueñarse de algo solo para usted? Lo que llaman, por así decirlo, deseo de monopolio.

Nadie entendía eso mejor que yo. Después de todo, a pesar de que ya tenía en exclusiva a Regenhard Lohengrin, yo era la clase de persona que deseaba monopolizarlo todavía más.

― Es probable que ese sentimiento sea el más alejado que existe de conceptos como la lealtad o el respeto.

Eran unas palabras sumamente acertadas. Esas nobles virtudes de caballero eran algo a lo que yo, la hija de un tirano, no debería aspirar. Decidí asumir el riesgo de que se me saliera el corazón, ya que tenía que defenderme a mí misma.

― ¿Acaso eso... es tan malo? Si permites que la otra persona te monopolice de la misma manera, ¿no sería algo justo?

Casi dejo escapar un gemido en el preciso instante en que terminé de hablar. Sentí el contacto de sus labios succionando levemente la piel de mi cuello.

― Sasha tiene razón. He estado dándole vueltas a un dilema innecesario.

La mano de Regen tocó el adorno de mi cabello. Mi melena, que hasta entonces permanecía recogida sobre uno de mis hombros, se esparció ampliamente y cayó sobre mi espalda.

Me di la vuelta y lo miré hacia arriba. Cuando le pregunté con la mirada el motivo de lo que había hecho, Regen, tras vacilar por un breve instante, confesó su falta con un tono de disculpa:

― Es que... he dejado una marca.

―... Ah.

Por reflejo, me llevé la mano a la parte posterior del cuello. Estaba tan desconcertada que lo hice a pesar de saber que era imposible palpar algo.

― Aceptaré con gusto el castigo que decida imponerme.

― Está bien. Al fin y al cabo, esto también cuenta como un beso.

Acepté la situación fingiendo que lo perdonaba. No, de hecho, incluso lo alenté sutilmente; ojalá hubiera sido capaz de leer mis intenciones.

― Regresemos a los aposentos.

La brisa de principios de verano no ayudó mucho a enfriar el calor de mi rostro. Me apresuré a caminar un poco por delante, con el deseo de que Regen no se fijara tanto en mis facciones.

El resto de ese día transcurrió como cualquier otro. Tomé las clases necesarias para una princesa y recibí el informe de Hamel con las noticias de dentro y fuera del palacio imperial.

― El sentimiento público en la capital Imperial está decaído. Parece ser que los ciudadanos están siendo arrestados de manera indiscriminada bajo el pretexto de mantener la seguridad. ― El capitán de la guardia era Laval Gawain, ¿verdad? Parece que intenta ganarse el favor de su Majestad ante la proximidad del Festival de la Fundación.

― La familia del Conde Gawain ha alcanzado la prosperidad sacrificando a personas inocentes, así que no tendrán ningún reparo en seguir haciéndolo.

Estaba de acuerdo. Habían llegado a la posición que ocupaban hoy en día incriminando y vendiendo incluso a sus propios familiares y parientes bajo el falso cargo de traidores.

Puesto que es esa clase de persona. De hecho, una de las familias víctimas había sido la de Sione.

― Si se aísla por su cuenta, solo logrará que sea más fácil encargarse de él. Esperemos un poco. Pronto llegará el día en que termine cavando su propia tumba.

― Me mantendré atenta.

― ¿Y qué hay de la persona que le proporcionó el veneno a Gwendoline?

― Estamos rastreándola. Informaré en cuanto consiga una pista.

― Sigue esforzándote.

Justo cuando terminaba el informe, Sione entró a la oficina. Llevaba en la mano una carta de color rosa.

― ¿Qué es eso, Sione?

― Es una invitación a una fiesta de té enviada por su Alteza, la Princesa de Ámbar.

― ¿Shushu?

La relación entre nosotras, las hermanas, no es muy estrecha. Las únicas que solían compartir una agradable hora del té conmigo eran la hermana Orlete y Nanaen. Tanto era así, que la hermana Orlete había intentado mejorar la relación fraternal organizando cosas como fiestas de té entre princesas. Además, Shushu no es de las que tienen una vida social muy activa. Nunca había oído que tomara la iniciativa para organizar un evento como una fiesta de té.

Pensando que era un suceso muy inusual, recibí la invitación.

― ¿Y para cuándo dice que es la fecha?

― Es que...

Mientras Sione titubeaba, abrí la invitación y me quedé de piedra.

― Tendré que enseñarle primero cómo se escribe una invitación.

Solté un suspiro y me levanté de mi asiento. La hora escrita en la invitación decía “ahora mismo”.

― ¿Va a ir?

― De todos modos, no tengo planes para esta tarde.

Me cambié de vestido para mostrar cortesía como invitada. Me puse un vestido de color lavanda con una abertura lateral y encima me coloqué un bolero de encaje blanco puro. Al salir del vestidor, Regen, quien parecía haberse enterado de la noticia de antemano, me tendió la mano.

― La escoltaré a la Habitación de Ámbar.

Como se encontraba en el mismo palacio, la llegada fue rápida. Me desplacé hacia el salón de recibir, guiada por las sirvientas de la Habitación de Ámbar. Shushu, que estaba revisando el centro de mesa sobre la mesa, se levantó de un salto y me recibió con alegría.

― Bienvenida, hermana Sasha.

― Hola.

Hoy también Shushu lucía una apariencia llena de encanto. Le sentaba muy bien un vestido naranja adornado con pomposas mangas de farol y un gran lazo, y sus coletas bajas y onduladas se veían adorables.

“Me pregunto si yo también podría lucir unas coletas así”.

Pensando en esa tontería, me senté frente a Shushu. En la mesa, que estaba repleta de postres, quedaban dos sillas vacías a pesar de estar sentadas nosotras dos. Sin embargo, no había necesidad de esperar a más invitados.

― ¡Sir Regen, siéntese también! ¡Tú también, Ciel!

― ¿Acaso soy la única invitada?

― ¡Sí!

Como ya he dicho, Shushu y yo no somos de las que tienen un trato privado. Debía haber una razón clara por la cual me había citado solo a mí. Dos princesas y dos caballeros directos. Las tazas de té, cuatro en total, comenzaron a llenarse.

Le di un sorbo lento al té. El té negro, que probablemente había sido mezclado según los gustos de Shushu, tenía un aroma a crema dulce y suave, muy parecido al del té con leche.

En cuanto consideré que se había cumplido con el mínimo protocolo aceptable, pregunté sin rodeos:

― ¿Cuál es el motivo de tu invitación?

― ¿Eh? ¿El motivo?

― No creo que me hayas citado sin una razón.

Shushu parpadeó de forma adorable con sus ojos verdes, reemplazando con ese gesto la pregunta de a qué me refería. Me sentí desconcertada al ver que mi suposición lógica parecía estar equivocada.

En ese momento, Ciel, el caballero directo de Shushu que estaba sentado a mi izquierda, intervino:

― Lamento interrumpir su conversación, su Alteza, la Princesa del Palacio Pájaro Plateado. Su Alteza, la Princesa de Ámbar, ha organizado este encuentro porque deseaba expresarle su agradecimiento.

― ¿Su agradecimiento?

Shushu, con el rostro iluminado por la emoción, me recordó un hecho que yo misma ya había olvidado:

― Tú me cediste la indulgencia, ¿verdad?

― Ah.

― Tenía muchísimas ganas de agradecértelo, pero no se había presentado la oportunidad... Sin embargo, hace poco escuché que había sido tu cumpleaños, y pensé que no debía posponerlo más.

Shushu me entregó una lujosa caja de terciopelo, diciendo que era un regalo de cumpleaños que había preparado para mí:

― Lo elegí pensando en que te quedaría muy bien. Si te lo pone más adelante, asegúrate de mostrármelo.

― Gracias.

Por lo que decía, parecía tratarse de un accesorio. Me esforcé para que mis palabras de agradecimiento sonaran sinceras. Mientras daba otro sorbo a mi té, reflexioné que no era correcto que yo me adjudicara la gratitud de Shushu.

― Es mejor que le agradezcas a Sir Regen en lugar de a mí por lo de la indulgencia. Estrictamente hablando, Sir Regen era quien poseía los derechos de la indulgencia y quien se la cedió a Sir Ciel.

― ¡Sí! ¡Así lo haré!

Como si hubiera estado esperando únicamente esas palabras, Shushu arrastró su silla para acercarse a Regen e inclinó el torso hacia él extendiéndose por completo.

― ¡Sir Regen! ¡De verdad! ¡Muchísimas, muchísimas, muchísimas gracias!

¿No resultaba un poco abrumadora la cercanía con la que le aproximaba el rostro? Al parecer, yo era la única a la que le importaba. A Regen no pareció molestarle y respondió con una sonrisa relajada:

― Son palabras exageradas. Con que le haya expresado su gratitud a su Alteza, la Princesa del Palacio Pájaro Plateado, es más que suficiente.

― No es solo por haberle entregado la indulgencia. Me enteré de que, en pleno concurso, ¿Sir Regen también usó una poción con Ciel? En ese momento, nuestro Ciel sufrió una herida grave en la cabeza y casi ocurre una desgracia, pero gracias a usted se salvó. De verdad, muchas gracias.

Esto era algo de lo que yo no tenía la menor idea.







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