Evitando su mirada ferviente, ladeé la cabeza.
— Confío en que mi padre elegirá bien por su cuenta, pero,
aun así, una familia que esté muy por debajo de nuestro estatus...
— Evgenia.
Mientras yo titubeaba, sintiéndome extrañamente cohibida,
el duque pronunció de repente mi nombre.
— No hay necesidad de que digas eso. Sin importar lo que
digan los demás, tú eres la joven dama de la Casa Basilian.
—... ¿Verdad?
Ante aquella obviedad, miré al duque. Él carraspeó antes
de continuar:
— El orgullo de la familia está en juego. Lo que quiero
decir es que jamás elegiría a alguien que no esté a la altura de tu nivel.
Dado que antes había aspirado a ser la princesa heredera,
parecía que mi intención de convertirme, como mínimo, en la esposa de un duque
se había transmitido con claridad.
— Sí, es verdad. Mientras el estatus sea el adecuado, la
fortuna no importa tanto. Después de todo, usted se encargará de darme una dote
y un ajuar más que generosos para que no pase ninguna dificultad, ¿cierto?
Sin embargo, para dejarlo todavía más claro y asentado —y
de paso, para sacarle un poco más de dinero si era posible—, añadí aquellas
palabras.
Para empezar, el solo hecho de haber poseído el cuerpo de
la joven dama Basilian, la más rica del imperio, en lugar de una dama noble
cualquiera o una sirvienta, demostraba que mi buena fortuna financiera seguía
rindiendo frutos en este mundo. Pero por si acaso, decidí asegurar el terreno.
Tras recibir el ataque de mi mirada centelleante, el
duque asintió con la cabeza:
— A-Así es.
Aunque ya sabía por la novela lo extraordinaria que era
la dote y los regalos de boda de Evgenia, me sentí satisfecha al obtener su
confirmación una vez más.
Aun así, mantuve una sonrisa lúgubre en el rostro de cara
al exterior. Y dado que ya había dicho lo que tenía preparado y escuchado la
respuesta que deseaba, me dispuse a darme la vuelta para salir del despacho. Sin
embargo, mis pies no se movieron. De manera extraña, sentí el impulso de decir
algo más.
En cuanto la mirada desconcertada del duque se posó en
mí, mi boca reaccionó por reflejo:
— Reconozco que me he comportado de forma caprichosa todo
este tiempo.
— Evgenia...
— También fui muy desagradable con la familia.
Al ver al duque observándome con una expresión difícil de
describir, el peso que me había estado abrumando todo el tiempo —y la
conciencia que me había forzado a ignorar— finalmente salieron a la luz.
— Eso ya no volverá a suceder.
Porque por más problemas que causara, la Evgenia a la que
ustedes tanto querían y por la que se preocupaban ya no existe. Aunque podía
pedir disculpas en su lugar, no tenía el valor suficiente para revelar esa
verdad. Cobarde como era, me giré abruptamente para salir huyendo del despacho.
En ese preciso instante...
— ¿Eh...?
La cabeza me dio vueltas por completo y mi cuerpo se
inclinó hacia un lado.
— ¿Evgenia?
— ¡E-Evgenia!
— ¡El médico real! ¡Llamen al médico de inmediato! ¡Evgenia...!
Tras el colapso de Evgenia.
***
Los sirvientes que descubrieron al duque abriendo de par
en par la puerta del despacho en busca del médico real experimentaron una
intensa sensación de déjà vu, a pesar de tratarse de una escena que
difícilmente se veía en la vida cotidiana. Y no era para menos, ya que hacía
menos de una semana se había producido una situación sumamente similar.
La única diferencia, en todo caso, era que esta vez Evgenia
había perdido el conocimiento de manera pacífica, y...
— ¡Señor, pero si la señorita está ardiendo en fiebre!
¡¿Cómo se le ocurre llamarla y hacer que se quede de pie en ese estado sin
siquiera saber cómo se sentía?!
— Cállate, Alexis. Suéltala y hazte a un lado.
— ¡¿Dónde está el médico?! ¡¿Dónde diablos está el médico
real?!
— Cálmese usted también, padre. El médico irá
directamente a la habitación de Evgenia.
La otra diferencia era que, alrededor del duque, quien
gritaba sumido en el pánico exactamente igual que la vez anterior, ahora se
vislumbraban rostros nuevos. Los protagonistas de esto eran Cionel, quien
cargaba a Evgenia en brazos mientras se dirigía a toda prisa hacia la
habitación, y Alexis, quien lo seguía de cerca.
— De hecho, como la joven dama ya presentaba síntomas de
resfriado, procedí a prescribirle un medicamento. No.… no hay necesidad de que
se preocupen en exceso.
Una vez que el médico real, quien había sido convocado de
urgencia a la habitación de la joven dama, ofreció su diagnóstico bajo una
evidente presión, el duque finalmente se dejó caer sobre una silla al liberar
la tensión. Sin embargo, acto seguido, estalló en furia y gritó:
— Pero, ¡¿Cómo es posible que una niña que lleva días sin
salir de su habitación tenga un resfriado?!
Al escuchar esto, Anne y Alexis, quienes estaban al tanto
de la breve salida de Evgenia, se encogieron de hombros simultáneamente. Cionel,
que observaba a su hermana menor con el rostro pálido y cubierta de sudor frío,
frunció el ceño.
— ¿No será que el accidente de la última vez le dejó
alguna secuela?
— ¿Qué? ¡En absoluto! Como ya le informé al señor duque,
solo se trató de una leve contusión en la frente. El hecho de que se desmayara
en ese momento se debió simplemente a que sufrió un tremendo coraje.
Anne frunció levemente los labios ante las palabras del
médico.
«¿Una leve contusión? ¡Si por culpa de
ese accidente a la señorita le ocurrió algo tan espantoso como perder parte de
sus recuerdos!».
Justo cuando Anne comenzaba a sospechar si el médico de
la familia ducal no sería un incompetente —aunque sabía que aquello era poco
probable—, el duque lo presionó, demostrando que no era la única con dudas:
— ¡Si es así, entonces explícame por qué el estado de
nuestra Evgenia es un desastre!
— Bu-Bueno, me temo que se debe a que la mente y el
cuerpo de la joven dama se encuentran sumamente debilitados en estos
momentos...
Justo en el instante en que el médico titubeaba con un
tono de voz carente de total confianza y el duque se disponía a reñirlo con el
ceño fruncido...
— ¡Ay, por eso mismo le digo! ¡¿Por qué carajos se van
todos de la casa cuando la niña está enferma?! Se desmaya, vuelve en sí, ¡y
resulta que no hay ni un solo familiar que vaya a verla! ¿Se imagina la enorme
decepción y el desamparo que debió sentir la niña? ¡Por eso no se cura ni con
medicinas y se pone cada vez peor! —le gritó Alexis al duque a viva voz.
— ¡¿Qué?! ¡¿Quién sintió qué?!
¿Decepción? ¿Desamparo? Al escuchar palabras que no
encajaban en lo más mínimo con la personalidad de Evgenia, el duque puso una
expresión de absoluto desconcierto. Del mismo modo, justo cuando Cionel estaba
a punto de intervenir ante semejante absurdo, un leve sonido llegó a sus oídos:
un "Ah".
Cionel, quien no dejó pasar ese sutil murmullo, clavó la
mirada en la sirvienta. Al convertirse de inmediato en el centro de atención no
solo del joven duque, sino también del duque y de Alexis, Anne habló con
cautela:
— La verdad es que, cuando la señorita despertó, llegó a
preguntar por qué el señor duque no había venido a verla. Y cuando le respondí
que usted se encontraba ausente, se quedó mirando hacia la puerta con los ojos
al borde de las lágrimas.
Al escuchar aquello, el duque y Cionel contuvieron el
aliento con desconcierto y, como si lo hubieran acordado de antemano, bajaron
la mirada para contemplar el rostro de Evgenia.
— ¡¿Lo ven?! ¡Sabía que era por eso!
La voz triunfante de Alexis resonó con fuerza en los
oídos de ambos hombres. Un prolongado silencio se instaló entre el duque
Basilian y Cionel tras regresar al despacho. Quien rompió el hielo fue el
duque:
— Pensar que ella... que Evgenia me estuvo buscando y que
se sintió desamparada. De verdad me cuesta creerlo. Ya consideraba una fortuna
el hecho de que no armara un escándalo diciendo que se quería morir como la
última vez, pero esto...
Hablaba con total sinceridad. Al duque todavía se le daba
un vuelco el corazón al recordar el momento en que Evgenia, tras enterarse de
la existencia de la propuesta de matrimonio que la familia imperial le había
enviado a Melissa, enfureció a tal grado que se estampó la cabeza contra la
pared y se desplomó con la frente ensangrentada.
Durante todo el tiempo que estuvo fuera de la capital, se
mantuvo recibiendo noticias de su hija; sin embargo, al escuchar que Evgenia
pasaba los días sin causar mayores disturbios, su corazón se sentía más bien
pesado, como si se tratara de la tensa calma antes de la tormenta.
Y en cuanto regresó a la mansión, al ver que ella le
enviaba a una sirvienta, pensó para sus adentros que finalmente había llegado
el momento inevitable. Se imaginó que, tal como lo había hecho hasta ahora,
desataría una rabieta monumental. Por esa razón, aun sabiendo que a Evgenia le
desagradaría, convocó a Cionel al despacho. Sencillamente, no se sentía con las
fuerzas necesarias para presenciar una vez más cómo su hija se lastimaba frente
a sus propios ojos.
Sin embargo...
— Pensar que me llamó "padre"...
Cionel no se burló del duque, quien lucía tan conmovido
como un padre que escucha a su bebé balbucear su primera palabra. Después de
todo, él también había experimentado una emoción bastante similar.
Desde que era una niña, Evgenia había demostrado un
rechazo absoluto hacia su propia familia. A excepción de su madre, se mantuvo
distanciada de su padre, de él y de su hermano menor, Alexis, tratándolos prácticamente
como si fueran sus peores enemigos.
«Incluso cuando nuestra madre falleció,
se contuvo firmemente hasta que se encerró a solas en su habitación para romper
a llorar...».
Aunque por fuera lucía tan sereno como de costumbre, la
verdad era que Cionel se había quedado bastante desconcertado ante las lágrimas
de su hermana menor, y en este momento se encontraba asimilando un cúmulo de
emociones complejas y ambiguas.
— Claramente me aseguraron que no tenía ningún problema
de salud, pero... —murmuró el duque Basilian con un deje de sospecha, ya que la
Evgenia que acababa de ver con sus propios ojos difería demasiado de la
habitual.
— Debe ser una muestra de lo traumático que resultó para Evgenia
el hecho de que el Príncipe Heredero le propusiera matrimonio a Melissa,
—respondió Cionel.
Ante las palabras de su hijo, el duque de inmediato
rechinó los dientes de la rabia contra el príncipe heredero, quien había
pisoteado el orgullo de su hija. ¡Con lo sumamente orgullosa que era su Evgenia!
¿Cuánto tiempo y esfuerzo había invertido Evgenia hasta
ahora persiguiendo al príncipe heredero? Por supuesto, él reconocía que la
obsesión de Evgenia por el príncipe había sido desmedida, pero ¿acaso no era
ella la estimada y valiosísima joven dama de una familia que figuraba entre los
miembros fundadores del imperio? ¡Y que, a pesar de todo, él se hubiera
atrevido a enviarle una propuesta de matrimonio a Melissa, su prima de sangre,
saltándose por completo a Evgenia!
— Aunque es lamentable que Evgenia haya salido lastimada,
a fin de cuentas, esto ha resultado ser para bien.
El duque asintió con la cabeza en señal de acuerdo. Le
preocupaba que convencer a Evgenia fuera una tarea titánica, por lo que el
hecho de que ella misma diera un paso al frente manifestando su deseo de
casarse era una situación inmejorable.
— Debemos proceder con los preparativos de la boda de Evgenia
de inmediato.
— ¿De inmediato... dices?
Sin embargo, a pesar de que ya había tomado la firme
decisión de casar a Evgenia e incluso se había puesto manos a la obra para
lograrlo, vaciló al momento de poner en marcha las negociaciones matrimoniales
propiamente dichas.
— Padre, Evgenia es tan caprichosa como testaruda. En
este momento se encuentra cegada por el sentimiento de traición, pero no
sabemos cuándo pueda cambiar de parecer repentinamente.
— Eso es verdad, pero...
— Además, tampoco es como si no tuviéramos a un candidato
ideal disponible, ¿o me equivoco?
Solo entonces el duque evocó la imagen de aquel apuesto
joven, de gran estatura, silueta esbelta y apariencia afable. No había un solo
error en las palabras de su hijo mayor.
— Tienes razón, debo darme prisa.
Antes de que Evgenia cambiara de parecer.
Debía concretar cuanto antes el matrimonio con un hombre
que estuviera a la altura de la Casa Basilian; uno que, a pesar de la pésima
reputación y los terribles rumores que rodeaban a Evgenia, jamás fuera capaz de
rechazarla.
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