— Hic... huc...
Con las mejillas blandas completamente infladas, Rapel
contenía el llanto mientras su pequeño pecho subía y bajaba.
Werazel había tirado a la basura los harapos que el niño
llevaba puestos y lo había cambiado por unos pantalones cómodos y una camiseta
que ella misma usaba cuando era pequeña. Al bañarlo, el niño había llorado con
tanta fuerza que pensó que se le romperían los tímpanos.
— Rapel, lo siento. Pero tenías que lavarte.
— ¡Agua no! ¡No quielo!
Completamente enfurruñado, Rapel giró el rostro
bruscamente e ignoró a Werazel. Al hacerlo, su suave cabello negro se meció con
ligereza.
Para evitar que el niño sintiera rechazo ante un extraño,
ella misma se había encargado de bañarlo sin llamar a los sirvientes; sin
embargo, como estaba tan mugriento, le tomó diez minutos enteros solo
enjuagarlo con agua. Y una vez que desenredó el cabello que se había apelmazado
en un solo nudo y lavó su cuerpo sucio, ya había pasado más de una hora.
El aspecto original de Rapel, revelado tras el baño, era
deslumbrante. A pesar de tener apenas cinco años, sus rasgos faciales ya eran
perfectos. Su cabello negro, que parecía una fina y suave seda suelta, y sus
intensos ojos rojos que contrastaban con su piel blanca como la leche, eran
sumamente encantadores. Su nariz, aunque redonda, era bastante respingona, lo
que, sumado a su tez clara, hacía que su apuesto rostro brillara aún más.
«Por algo es el protagonista masculino».
Werazel esperaba con ansias el futuro de Rapel. No hacía
falta ver el mañana para saber cuántas mujeres lo adorarían en secreto. Aunque,
al fin y al cabo, para el protagonista masculino la única mujer en el mundo
sería la heroína.
— Rapel, lo siento. No volveré a hacerlo.
Cuando Werazel juntó las manos en señal de disculpa, Rapel,
que aún mantenía las mejillas infladas, volvió a girar la cabeza
disimuladamente.
— Agua no quielo...
— Sí, sí. A Rapel no le gusta el agua. No volveré a
hacerlo, lo siento.
Animado de inmediato por la afectuosa voz de Werazel, Rapel
corrió hacia ella y se arrojó a sus brazos. Werazel levantó al niño, que se
había aferrado a sus piernas. Rapel, recién bañado, desprendía un suave y
tierno olor a bebé.
— Agua da mielo... —murmuró Rapel, frotando su rostro
contra el hombro de Werazel.
«¿Que le da miedo? ¿Será que le teme al
agua por ser muy pequeño?... ¿O acaso tendrá algún mal recuerdo relacionado con
ella?».
Ella le acarició la espalda con suavidad y le preguntó:
— Rapel, ¿puedo preguntarte por qué te da miedo el agua?
— Glub, glub, da mielo...
— ¿Glub, glub?
— Ahg, ahg, me ahogo, da mielo.
Rapel emitió sonidos recreando de forma vívida la
situación, como si estuviera sumergiéndose en el agua.
— Rapel, ¿te has caído alguna vez al agua?
— ¡Agua no! ¡Mielo! ¡Da mielo!
Rapel pataleó en los brazos de Werazel. Era una negativa
rotunda a que siguiera hablando del tema.
— Lo siento. No volveré a preguntar.
Al ver que su pequeño y frágil cuerpo temblaba, Werazel
no pudo interrogarlo más.
«Qué extraño. ¿Acaso hubo algún
incidente que le hiciera temer al agua?».
Por más que lo pensaba, no lograba recordarlo bien. Le
preocupaba que el niño tuviera que perderle el miedo al agua lo antes posible.
Werazel, que sin darse cuenta se había quedado sumida en
sus pensamientos sobre el pequeño, se mordió el labio inferior. No debía
mostrar más interés que este. De todos modos, en la casa del duque se
encargarían de cuidar a Rapel por su cuenta. Ella solo tenía que entregarle a Rapel
al duque, quien andaba buscando a su sobrino, recibir la recompensa y
marcharse. Ahí terminaría el vínculo entre ella y Rapel. Por lo tanto, no
traería nada bueno volverse demasiado cercana a él.
— Señorita. He traído la sopa.
— Adelante.
Al escuchar la voz de la sirvienta al otro lado de la
puerta, Werazel sentó en la cama a Rapel, a quien había estado abrazando. Poco
después, la sirvienta abrió la puerta y entró cargando una pequeña mesa. Era
una mesa infantil que Werazel solía usar cuando era niña. Sus cariñosos padres
habían guardado con esmero los objetos que su hija utilizaba, diciendo que eran
hermosos recuerdos.
La sirvienta, que había sacado la mesa del almacén a
petición de Werazel, colocó un tazón de sopa caliente sobre la pequeña mesa
auxiliar.
— La temperatura es la adecuada, así que puede dársela de
comer de inmediato.
— Sí. Gracias.
— De nada. Si necesita algo más, por favor llámeme.
Werazel le puso en la mano a Rapel la cuchara que estaba
sobre la mesa.
— Puedes comer tú solo, ¿verdad?
Para recuperar los nutrientes que le faltaban y poder
darle la medicina que el médico le había recetado, tenía que hacer que Rapel
comiera algo, lo que fuera. La sopa tenía zanahorias y brócoli finamente
picados. Como estaba bien cocida, tenía una textura blanda, por lo que no
habría ningún problema con la digestión.
—...
Rapel tragó saliva al ver la sopa que tenía delante, pero
al notar que flotaba algo de color naranja, dejó la cuchara en silencio.
— ¿No te gustan las zanahorias?
— Síp...
Rapel arrugó el rostro y, con su manita, empujó
suavemente el plato que tenía enfrente, como si no quisiera ver la zanahoria ni
en pintura.
Sin embargo, el estómago plano de Rapel emitió un sonoro
crujido.
Habiendo pasado hambre y casi sin comer durante todo este
tiempo, era evidente que estaba famélico, pero aun así se daba el lujo de ser
quisquilloso con la comida... Werazel aplaudió internamente ante semejante
fuerza de voluntad tan sorprendente.
— Pero tienes que tomarte la sopa para ponerte sano y
fuerte, ¿sabes?
Rapel desvió la mirada disimuladamente y observó a
Werazel de reojo. Estaba midiendo sus reacciones, temeroso de que ella pudiera
enfadarse con él.
Sin embargo, Werazel seguía manteniendo una suave
sonrisa. Al ver que su rostro lucía sumamente afectuoso, Rapel se tranquilizó.
— ¡Solo si Rapel come bien su sopa y se pone fuerte podrá
salir a jugar!
Ella no se enfadó con Rapel ni lo regañó. Tampoco lo
presionó para que se comiera la zanahoria. Sabía que obligarlo a comer algo que
detestaba solo provocaría su rechazo, se convertiría en un mal recuerdo y haría
que fuera aún más quisquilloso en el futuro. Werazel procedía con pies de
plomo, cuidando cada una de sus palabras y acciones para no dejarle ningún
trauma a Rapel.
— Entonces, ¿qué tal si comemos solo tres cucharadas?
— ¿Tlesh...?
— Sí, solo tres. Nuestro Rapel puede hacerlo, ¿verdad?
Rapel apretó ambos puños con fuerza y movió su pequeña boca:
— ¡Rapel puede hacelo!
Era una respuesta nacida del deseo de no decepcionar a
Werazel. Ver esa expresión de solemne determinación en un rostro tan infantil
por algo tan simple le resultó tan tierno que Werazel no pudo evitar
acariciarle la mejilla.
— ¡A ver, abre grande!
— Aaa...
Ella tomó una porción pequeña en la primera cucharada y
se la introdujo en la boca. Rapel cerró los ojos con fuerza, masticó unas
cuantas veces y tragó saliva.
— ¿Qué tal? Ya solo quedan dos, ¿puedes lograrlo, Rapel?
Como el sabor no era tan malo como esperaba, Rapel
asintió con la cabeza. Si se comía las tres cucharadas, Werazel se alegraría
mucho y lo elogiaría. Con el ferviente deseo de ver esa reacción cuanto antes, Rapel
volvió a abrir la boca.
Se veía igual que un pajarito abriendo el pico para que
su madre lo alimentara.
Werazel aprovechó el momento perfecto, llenó la cuchara
generosamente con sopa y se la dio a Rapel. El niño se sorprendió por la
cantidad, que era mucho mayor que la primera vez, pero una vez que terminara con
esto, ya solo le quedaría una cucharada más. No podía rendirse a estas alturas.
Su pequeña boca no paraba de masticar.
Le causó mucha gracia ver lo adorable que lucía comiendo
la sopa con ambas mejillas completamente infladas. Si tuviera un hermano menor,
¿se sentiría así? Sintió un calor suave y tierno en el pecho, como si acabara
de beber una taza de chocolate dulce recién hecho.
— Muy bien, la última.
Para cuando terminaron con la última cucharada, el plato
de sopa ya se había vaciado a más de la mitad. Había logrado que se tomara la
sopa con éxito, tal como lo había planeado.
— Qué buen niño eres. De verdad.
Tras llenarlo de elogios, Werazel decidió que lo mejor
era aprovechar el impulso y hacerle tomar la medicina de inmediato, superando
así el último obstáculo.
— Rapel, también puedes tomar esto, ¿verdad?
Vertió un poco del medicamento recetado por el médico en
la cuchara y se lo acercó a Rapel. El niño contemplaba el líquido de tono
rosáceo con ojos llenos de curiosidad, pero, por puro instinto, mantuvo la boca
firmemente cerrada.
— ¿Mmm? Esto es muy dulce y delicioso.
A Rapel le llamó la atención, pero no abrió sus sellados
labios. Sin elección, ella tuvo que recurrir a su último recurso: el método que
su madre solía usar con ella cuando era pequeña y se negaba a comer.
— ¡Ahí viene el avión! ¡Fiuuuu!
Werazel movió de forma deslumbrante la mano con la que
sostenía la cuchara. Flotando en el aire, la cuchara dibujaba curvas mientras
volaba con total elegancia.
— ¿Qué es un avión?
«Ah, claro. En este mundo no existen
los aviones». Tras
percatarse de su error un instante tarde, Werazel añadió una rápida explicación
para justificarse:
— Es... algo parecido a la magia que te permite volar por
el cielo.
— ¿El cielo? ¿Se puede volar por el cielo?
— Sí. Si Rapel come de todo y no es quisquilloso, algún
día también podrá volar por el cielo.
Ante esas palabras, los ojos de Rapel brillaron
intensamente mientras movía la cabeza de un lado a otro, siguiendo el rastro de
la mano de Werazel. Verlo así le recordó tanto a un gato moviendo la cabeza de
forma frenética para atrapar una caña de juguete que Werazel soltó una risita
para sus adentros.
— ¡El avión va a aterrizar! ¡Rapel, abre grande!
La cuchara, que se había estado moviendo de un lado a
otro de una forma casi hipnotizante, se detuvo justo frente a la boca de Rapel.
— ¡Aaa!
Mientras contemplaba la cuchara, Rapel abrió la boca sin
darse cuenta. Werazel no dejó pasar la oportunidad e introdujo la medicina en
su boca de inmediato.
— ¡Bien hecho, Rapel!
Con una sonrisa de absoluta satisfacción, Werazel comenzó
a llenarlo de todos los elogios que el niño tanto anhelaba.
— Je, je, je.
Aunque se había tomado la medicina casi sin darse cuenta,
en el rostro de Rapel se dibujó una sonrisa tan fresca y radiante como el
verano. En ese instante, Rapel deseó con todo su corazón que este momento
durara para siempre. Porque la sonrisa de Werazel dirigida hacia él, sus
caricias y sus elogios... todo, absolutamente todo le encantaba.
Casi sin notarlo, el vago recuerdo de sus padres que aún
residía en lo más profundo de su memoria perdida terminó por desvanecerse por
completo.
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Yanci: Rapel es tan lindo 🥰

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