Sus gemidos se transformaron en un grito
sordo que resonó con miseria en el aire del pabellón. Se encogió sobre sí
misma, cubriéndose el rostro con las manos mientras sollozaba
desconsoladamente.
El marqués Osbond procedió a cerrar el
asunto:
― Dado que ha sido eliminada de la
competencia, Su Alteza la Princesa Luna Nueva ya no puede participar en el
juego. Es una lástima.
El marqués llamó a las damas de compañía
para que la levantaran por la fuerza y la escoltaran fuera del pabellón.
Aquello no parecía una salida, sino prácticamente un arresto.
― Con esto, ya tenemos decidido quién
ocupa el último lugar de esta competencia. Me imagino que el resto de las
princesas se sentirán aliviadas, así que las felicito.
Ante tan humillante burla, todas las demás,
incluida yo, mantuvimos una expresión gélida e impasible.
― Bien, procedamos con el último juego.
Los únicos que quedaban por revelar eran
el Caballero 1 y el Caballero 4. Uno es sir Bellinger y el otro es sir Ciel.
Bajé la mirada. En realidad, al evaluar
las capacidades de ambos caballeros, la respuesta era obvia.
“El número 1, que se mantiene en los
puestos altos, es sir Bellinger; el número 4, que ha caído de los puestos
medios a los últimos, es sir Ciel. Todas habrán deducido al menos esto”.
Tal como predije, incluso Shushu, que no
suele esforzarse mucho en pensar, debió darse cuenta, pues sus ojos verdes
estaban anegados en lágrimas. Exceptuando al fallecido sir Heinz, sir Ciel
ocupaba el último lugar.
Lancé una mirada fugaz al marqués Osbond.
“Ese hombre astuto no continuaría con un
juego tan predecible y aburrido sin más”. Tal como esperaba, el último acertijo
traía consigo una variación.
― Volveremos a la esencia misma de las
carreras de caballos. Esta vez, deben adivinar qué “caballo” ganará esta
competencia.
― Si ese es el problema, ¿la respuesta no
saldría recién cuando termine la carrera? ¿Qué sentido tiene este juego para
nosotras ahora?
― Excelente observación, Su Alteza la
Princesa Zafiro.
Respondió el marqués Osbond con una
sonrisa.
La recompensa que el marqués tenía
preparada era, de hecho, sin precedentes:
― A la princesa que acierte, le otorgaré
el derecho de eximir a su caballero de cualquier castigo en esta competencia.
― ¡...!
Las miradas de mis hermanas cambiaron al
instante.
Los tres últimos del ranking deben
recibir un castigo. Aunque ya se ha decidido quién ocupa el último lugar, el
fallecido Heinz, todavía quedan dos caballeros más que sufrirán las
consecuencias.
Mis hermanas se inclinaron sobre el
tablero, sumidas en una profunda reflexión.
Actualmente, el orden en el que están
posicionados los Caballeros Negros es: 2, 7, 1, 6, 3 y 4.
Es decir, en orden de posición:
Bellinger (Número 2)
Killian (Número 7)
Julius (Número 1)
Noah (Número 6)
Regen (Número 3)
Ciel (Número 4)
Había llegado el momento de la nueva
actualización del tablero. Bajo la tensa mirada de las princesas, los
sirvientes movieron las posiciones de los Caballeros Negros.
― El segundo y el tercer lugar siguen
alternándose todo el tiempo.
― ¿Eh? Sir Regen ha superado a sir Noah.
Ya ha subido hasta el cuarto puesto.
― Shushu, deberías fijarte en los caballeros
de adelante, no en los de atrás. ¿No eres tú la que más necesita ese indulto?
― ¡Pe-pero si el primer lugar siempre ha
sido de sir Bellinger! ¡Seguro que será igual en la meta!
Ciertamente, sir Bellinger había
mantenido el primer puesto de forma constante, salvo al puritito principio.
Ante el grito de Shushu, las demás hermanas no parecieron tener ninguna
objeción.
― Es verdad, además le lleva bastante
ventaja al segundo lugar...
― El trayecto casi termina. La meta está
cerca.
Liliana se adelantó a comentar:
― A este paso, sir Bellinger será el
ganador indiscutible. Hermana Vivi, te felicito por adelantado.
Ya veremos. Yo observé de reojo al
marqués Osbond. Pude ver la sonrisa de serpiente astuta que curvaba sus labios
con languidez.
La competencia aún no había terminado.
***
De entre los setos del jardín
laberíntico, emergió un hombre de uniforme negro con zancadas largas y firmes.
Era un caballero de apariencia
distinguida, con el cabello azabache rozándole apenas la nuca y unos ojos color
oliva que destilaban una sonrisa cargada de confianza. Se trataba de sir Bellinger,
el caballero directo de Vivian, quien lideraba la competencia con una ventaja
abrumadora.
En cuanto salió al claro, percibió
presencias que se abalanzaban sobre él desde ambos flancos.
Sin dudarlo, Bellinger alzó su espada y
repelió a los soldados que lo emboscaban con un tajo amplio y potente. Antes de
que pudieran recuperar la postura, lanzó un ataque consecutivo que los
neutralizó por completo.
― ¿Cómo se atreven? ―masculló.
Observó a los hombres caídos como si
fueran simples insectos mientras se apartaba el cabello de la frente con la
mano. Hasta ahora, ni los caballeros que hacían de guardas ni los soldados que
pretendían ser asesinos habían sido rivales dignos para él; ninguno tenía la
fuerza necesaria para detenerlo.
Con un ritmo tan fluido, parecía
imposible que ocurriera algún contratiempo. Bellinger estaba convencido de que
la competencia terminaría con su posición intacta en el primer puesto.
Solo de pensarlo, la comisura de sus
labios se elevó en una curva natural. Sorprendentemente, estaba disfrutando de
la competencia con total sinceridad.
Bellinger era un caballero que casi no
había conocido la derrota en toda su vida. Debido a su fuerte espíritu
competitivo innato, se había adaptado a la perfección a esta contienda de
rivalidad y lucha.
Su mentalidad al enfrentar la competencia
no era tanto la de actuar como un representante en la lucha por la
supervivencia de las princesas, sino más bien la de hacer alarde de su propia superioridad.
“Es una pequeña lástima, supongo”. El
único punto que Bellinger lamentaba era que la persona que lo había elegido
fuera la Princesa Alas Azules, Vivian. Aunque ella ostentaba la posición de ser
la hija mayor, era demasiado blanda y no encajaba con la naturaleza de la
competición.
“La Princesa Alas Azules es una buena
señora... Pero ser “buena” no es suficiente”.
Incluso después de haber sido vinculado a
ella, Bellinger era un hombre con un deseo de victoria tan grande que se
permitía tener pensamientos desleales.
Además, era sumamente perspicaz.
“Esta espada tampoco debe ser un
patrocinio de la Princesa Alas Azules”.
El sirviente no había especificado de qué
princesa provenía, limitándose a decir que era un “patrocinio de Su Alteza”.
Bellinger no era tan ingenuo como para no notar ese ocultamiento deliberado.
Por eso, cuando recibió la poción al principio, sospechó que fuera veneno e
incluso llegó a capturar un pájaro para experimentar con él.
“¿Quién será? ¿Quién me habrá mostrado
tal favor?”.
Aunque su proceso de razonamiento era
agudo, Bellinger llegó a una conclusión disparatada y comenzó a filtrar
candidatas a su antojo. Su criterio no era qué princesa podría estar interesada
en él, sino qué princesa le gustaba a él.
La primera que le vino a la mente fue
Sasha. El desempeño de la Princesa Pájaro Plateado en la competencia anterior,
donde le dio un vuelco total al tablero, le había dejado una impresión
profunda.
Al recordarlo, la mirada de Bellinger se
desenfocó. En su mente, un pensamiento aún más desleal que el anterior empezaba
a echar raíces.
“Si tan solo la Princesa Pájaro Plateado
me hubiera elegido a mí...”
Era evidente que una princesa, capaz de
diseñar estrategias y un caballero como él generarían una sinergia imparable.
El primer puesto en cada competencia sería suyo por derecho.
Sin embargo, a sus ojos, la Princesa Pájaro
Plateado tenía un problema grave de criterio: había elegido a ese tal Regen,
quien, aparte de su rostro, no parecía tener nada mejor que él. Le enfurecía
pensar que ella hubiera elegido al caballero que debía ser su espada y escudo
alguien dispuesto a dar la vida como si estuviera escogiendo un simple adorno
para lucir en el pecho.
“No hay ni una que esté cuerda”.
Para Bellinger, el escenario ideal y “correcto”
sería aquel en el que todas las princesas se pelearan entre sí por el honor de
tenerlo como su caballero.
De repente, un dolor punzante le atravesó
el cerebro, haciéndole fruncir el ceño con fuerza.
Era el estigma, que no permite la
traición, enviándole una advertencia en forma de dolor. Soltando un bufido de
irritación, Bellinger trató de concentrarse de nuevo en la competencia.
― No puedo simplemente pasar de largo.
Giró la dirección de los carteles con los
nombres de los jardines y destrozó las cuerdas de terciopelo que marcaban los
límites izquierdo y derecho de la pista. Su intención era confundir a los
caballeros directos que venían detrás para que perdieran el rumbo. Ese era el “secreto”
por el cual había logrado ampliar tanto la distancia con el segundo y tercer
puesto.
No sentía el más mínimo remordimiento; al
contrario, se admiraba a sí mismo por ser alguien que poseía no solo fuerza
bruta, sino también astucia estratégica.
“Ya solo queda el último jardín”.
Se adentró en el jardín donde las zinnias
de mil colores estaban en plena floración. En el momento en que tensó los
músculos de sus piernas para cruzarlo a toda velocidad, un ataque sorpresa cayó
sobre él.
― ¡...!
Su instinto lo salvó. Esquivó la hoja de
la espada por un pelo y se dio la vuelta para identificar a su oponente. Un
caballero de uniforme azul le dirigió un saludo con una sonrisa en el rostro.
― Vaya, sir Bellinger. Veo que has
llegado de primero, como era de esperarse de un tipo tan ruin como tú.
― ¿Sir Dominic?
A pesar de poseer un cabello rubio tan
radiante como el sol, era un caballero en quien la oscuridad se sentía más
densa que la luz.
Cualquiera que hubiera pulido mínimamente
su instinto de combate no podría evitar ponerse en guardia al verlo por primera
vez: se trataba de Dominic Muzecal, la espada en quien el Emperador Loco
depositaba su mayor confianza.

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