“¿Él mismo ha decidido intervenir?”
Un sudor frío recorrió la espalda de Bellinger. Incluso para alguien tan
rebosante de confianza como él, Dominic era un oponente contra el cual no podía
garantizar la victoria. De haber sabido que este hombre custodiaba el último
jardín, jamás se habría apresurado a llegar en primer lugar.
“Maldita sea... debí llegar cuando los otros
caballeros ya se hubieran enfrentado a él para agotar sus fuerzas”.
Hizo un esfuerzo por ocultar su frustración e intentó ganar algo de tiempo:
― ¿El mismísimo capitán de la guardia imperial se rebaja a participar en
persona en un lugar como este? Me parece que le sentaría mejor quedarse atrás
con los brazos cruzados, dando órdenes a sus subordinados con aire solemne.
― Eso sería demasiado autoritario. Yo soy más del tipo que predica con el
ejemplo. ―respondió Dominic con una sonrisa gélida―. Es broma. En realidad, esto no estaba en los planes, pero ahora mismo
necesito algo para distraerme.
En otras palabras: estaba allí para desahogar su ira. Dominic ladeó
ligeramente la cabeza, haciendo el ademán de mirar por encima del hombro de
Bellinger hacia el camino que quedaba atrás.
― ¿Cuánto tardará en llegar ese bastardo llamado Regen?
Gracias a eso, Bellinger pudo deducir el motivo del mal humor de Dominic.
Se trataba de una venganza personal; le hervía la sangre de envidia porque
la Princesa Pájaro Plateado había besado públicamente a su caballero directo, y
ahora buscaba desquitarse.
― Ja... ¿Y por una razón tan personal usted está ahora...?
― Cualquiera que te oiga pensaría que tú eres alguien que sabe separar lo
público de lo privado, ¿no? ―lo interrumpió Dominic―. Tienes toda la cara de ser el tipo de hombre que, en cuanto obtiene un
poco de poder, lo usa para satisfacer sus rencores personales.
―.......
Bellinger guardó silencio. Se repetía a sí mismo que solo estaba tolerando
el insulto porque tenía a Dominic frente a él, no porque sus palabras fueran
ciertas.
Dominic hizo girar la empuñadura de su espada una vuelta completa, como si
estuviera jugando. Su actitud distaba mucho de la de un caballero que se prepara
seriamente para un combate.
― Es que esperar solo es muy aburrido. Me harías un favor si jugaras conmigo
un poco, sir Bellinger, mientras llega ese tipo.
― Yo no tengo especial interés en...
― Oh, cuento contigo.
― ¡...!
Bellinger no tuvo tiempo de replicar. Dominic lanzó su espada de inmediato,
barriendo el lugar donde él se encontraba apenas un segundo antes.
Bellinger alzó su arma y logró bloquear los ataques consecutivos, pero
mientras se concentraba en la defensa buscando una oportunidad para
contraatacar, se vio empujado hacia atrás de forma unilateral. Sin embargo, no
se rindió.
“El uso de maná está prohibido. ¡Dominic es un
caballero fuerte, pero su fama seguramente se debe a su dependencia del maná!
Al confiar solo en eso, debe haber descuidado las bases.
Solo con esgrima, yo podría...”
― Te equivocas.
Una fría frase cortó en seco el circuito de esperanza de Bellinger. Dominic
habló, con un brillo en los ojos tan afilado como el filo de su espada:
― ¿Sabes cuál era el pasatiempo de Su Majestad el Emperador cuando yo era
niño? Le encantaba ponerme grilletes que sellaban mi maná y arrojarme entre los
esclavos gladiadores para ver qué pasaba. Así que... ¡más vale que te pongas
tenso!
Como si todo lo anterior hubiera sido un simple calentamiento, los ataques
de Dominic se volvieron aún más afilados y feroces. Cada vez que el acero
rasgaba el viento, una nueva línea roja de sangre aparecía en el cuerpo de
Bellinger.
Solo entonces, Bellinger
comprendió con dolorosa claridad que Dominic no era un oponente a su altura.
Aquel hombre era aclamado como el caballero más fuerte en la historia del
imperio. Tras la muerte del caballero de Lohengrin, el hecho de que Dominic se
hubiera apoderado del título del guerrero más poderoso viviente no era una
simple exageración.
Si su oponente no emanara tal sed de sangre, el duelo en sí mismo habría
sido un honor; pero en este momento, la vida de Bellinger estaba siendo empujada
directamente hacia el abismo.
“Mi única opción es aguantar. Resistir hasta que
lleguen los otros caballeros y se unan a la pelea...”
― Puedo ver exactamente lo que estás pensando. ―Dijo Dominic con desdén.
En medio de una maniobra de evasión desesperada, el frasco de la poción
cayó del uniforme de Bellinger. Dominic lo pisó sin piedad, rompiéndolo en mil
pedazos mientras se acercaba.
― Sir Bellinger, estabas planeando esperar a que llegaran los otros
caballeros para luchar juntos y luego escabullirte tú solo, ¿verdad?
Bellinger se tensó. Dominic continuó con una sonrisa maliciosa:
― ¿Qué te parece esto? Si logras aguantar bien así, dejaré pasar a todos los
caballeros que vengan detrás de ti... excepto a ese bastardo de Regen.
― ¡...!
― Tú te quedas aquí bloqueándome mientras ves cómo los demás pasan
tranquilamente frente a tus narices. Un “sacrificio honorable”, ¿no te parece
poético?
― ¡No puede haber una regla tan absurda! ―gritó Bellinger, horrorizado.
Era el peor escenario imaginable. Si tenían que morir, prefería que
murieran todos juntos; la idea de ser el único sacrificado le resultaba
insoportable.
― Entonces muere. ―soltó Dominic con frialdad―. Si lo haces, al menos te prometo que pondré tu cadáver en la fila por
delante de todos los demás.
A estas alturas, a Bellinger solo le quedaba una última y desesperada
esperanza: que Regen apareciera
pronto y tomara su lugar como “juguete” de Dominic.
Sin embargo, al recordar el estado de Regen al inicio de la carrera, las
perspectivas eran sombrías. Alguien, queriendo frenar al ganador de la
competencia anterior, le había suministrado veneno. En aquel momento, Bellinger
se sintió agradecido de que alguien hubiera ejecutado el plan que él solo había
imaginado, pero ahora esa misma jugada se volvía en su contra.
“¡A juzgar por su estado, debe de estar en el
último lugar!”
Lo más probable era que Regen tardara una eternidad en llegar o que,
incluso, ya hubiera exhalado su último suspiro en algún rincón del laberinto.
― ¿Aún tienes energía para distraerte con otros pensamientos?
― ¡Cof... aggh!
Bellinger convulsionó, paralizado por el dolor de una estocada que le
atravesó el hombro.
Sin detenerse, Dominic lo empujó con fuerza bruta hacia un árbol. La hoja
de la espada, que aún atravesaba su brazo, se hundió profundamente en el
tronco, dejando a Bellinger literalmente clavado a la madera.
Sin retirar el arma, Dominic giró levemente la empuñadura para ajustar el
ángulo, observando el sufrimiento de Bellinger con una expresión de pura
diversión.
Estaban a una distancia tan corta que podía ver claramente el brillo de una
locura latente en sus ojos. Bellinger sintió el frío aliento de la muerte.
― Sir Dominic, el duelo ha terminado. Por favor, guarde su espada.
Una tercera voz intervino en la escena. Tanto Bellinger como Dominic giraron
la cabeza al mismo tiempo.
― ¡¿Si-sir Regen?!
La figura del apuesto hombre, con su cabello gris ceniza ondeando al
viento, parecía irreal.
Bellinger, a pesar de sentir un alivio inmenso por seguir vivo, no pudo
ocultar su conmoción.
“¿Cómo es que ya está aquí? ¿Ha superado a todos
los demás caballeros y ha llegado de segundo?”.
Lo más impactante era que Regen no mostraba ni rastro de heridas o fatiga.
Estaba en condiciones óptimas.
― Ah, ¿ya llegaste?
Los ojos rojos de Dominic, fijos ahora en Regen, se llenaron de una sed de
sangre mucho más intensa que la que había mostrado al intentar acabar con
Bellinger.
Dominic arrancó de un tirón su espada del hombro de Bellinger y, de un
golpe seco con el pomo de la espada lo golpeó en la cabeza, dejándolo
inconsciente. Al fin y al cabo, nadie quiere testigos en una pelea por
despecho.
Las miradas de los dos caballeros se entrelazaron con ferocidad.
― Supongo que debería agradecerte que hayas llegado antes de lo esperado.
― Imaginaba que alguien me estaría esperando, pero no sabía que sería usted,
sir Dominic.
Ante la calmada respuesta de Regen, Dominic elevó la comisura de sus labios
en una sonrisa aún más retorcida.
― La competencia parecía tan divertida que quise participar de esta manera.
― Tiene sentido, considerando que el sueño de sir Dominic era ser un
caballero directo. Aunque sea un sueño frustrado. ―replicó Regen con frialdad.
― Hablas mejor de lo que parece. Originalmente solo pensaba arrancarte los
ojos, ¡pero ahora veo que también tendré que arrancarte la lengua!
― ¿No es eso lo que ha estado pensando desde antes de que empezara la
competencia? No es nada nuevo.
La mención indirecta al beso que Regen recibió de Sasha justo antes de
empezar la carrera fue el detonante. Al final, fue Dominic quien terminó siendo
provocado primero.
Las hojas de las espadas chocaron con un estruendo ensordecedor que pareció
sacudir los cimientos del lugar. Mientras las ramas del jardín temblaban como
si tuvieran miedo, los dos caballeros se mantuvieron en un tenso forcejeo,
espada contra espada.
― Tienes suerte, sir Regen. Estamos luchando sin usar maná.
― ¿Se refiere a la suerte de usted, sir Dominic?
Dominic soltó una breve carcajada burlona. A diferencia de Regen, que no
era más que un caballero ex-prisionero de guerra de origen incierto, el linaje
y la trayectoria de Dominic eran incuestionables.
Aun así, tenía que admitir que la actitud de Regen quien no se acobardaba
ni un milímetro al enfrentarse al caballero más fuerte del imperio era, cuanto
menos, admirable para un guerrero.
Sin embargo, pensar que con esa actitud tan admirable Regen protegería a
Sasha arriesgando su vida hasta el final, solo le daban ganas de matarlo sin
falta. Después de todo, ese papel debería haber sido suyo originalmente.
― Vaya, qué problema. Me pregunto cómo reaccionará Rosassia cuando vea tu
cadáver hecho jirones. Será un gran impacto para ella.
― Es una preocupación innecesaria. ―replicó Regen.
― Ah, ¿sí? Tienes razón, como la lengua está dentro de la boca, no se notará
que te la arranqué.
Tanto Regen como Dominic eran hombres que habían pasado más días de su vida
empuñando una espada que sin ella. Intercambiaron estocadas y patadas, midiendo
artes marciales pulidas hasta el límite en la frontera entre la vida y la
muerte.
Aunque en sus cuerpos no aparecía ni un rasguño superficial, el jardín
estaba siendo brutalmente despedazado. Los pétalos de las zinnias, cercenados
por el acero, rodaban por el suelo como si fueran cabezas cortadas en un campo
de batalla.
Mientras tanto, Dominic estaba profundamente sorprendido en su interior. En
cuanto a esgrima pura, jamás había experimentado lo que era ser superado en
fuerza.
Sin embargo, este hombre llamado Regen, con quien ahora cruzaba acero,
estaba haciendo gala de una habilidad que rozaba la igualdad absoluta contra
él.
“¿De dónde salió un oponente así?”

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