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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 66

 

Gwendoline no se levantó de la mesa en todo el descanso; se quedó allí, con los hombros encogidos y la mirada perdida.

Cuando los diez minutos estaban por terminar, las hermanas comenzaron a regresar a sus lugares. Una a una, al entrar al pabellón, sus miradas se cruzaban con la de Gwendoline, pero todas evitaban el contacto visual en silencio y se apresuraban a sentarse en sus sillas.

“Parece que todas han decidido ignorarme”, pensó.

Intentó atraer algo de atención agachando la cabeza con una expresión lastimera, pero nadie le dirigió la palabra. Era demasiado. Honestamente, todas se estaban beneficiando de que ella hubiera tomado la iniciativa de actuar, ¿entonces por qué fingían ahora ser tan puras y correctas?

Mientras se mordía el interior de la mejilla por la frustración, las demás princesas entablaron una conversación. Fue Nanaen quien puso el tema sobre la mesa:

― Solo quedan dos preguntas.

― ¿Eh? ¿Por qué? ¿Por qué solo quedan dos? ―preguntó Shushu.

― Shushu, usa esa cabecita tuya para pensar. Solo quedan tres piezas de ajedrez cuya identidad debemos adivinar. Si elegimos una de tres, y luego una de dos... el juego se termina. ― ¡Oh...!

― Nana tiene razón.

Quien respondió fue Orlette, que acababa de regresar al pabellón. Apartó a los sirvientes y se sentó por su cuenta mientras continuaba con la explicación:

― Solo quedan dos oportunidades para obtener el derecho de patrocinio. Así que aquellas que aún no han ganado ni una sola vez deberían empezar a ponerse nerviosas. A la hermana Vivi no le importa porque sir Bellinger mantiene el primer puesto, pero yo, Shushu y Gwendoline tenemos que lograrlo en estas dos rondas como sea.

― ¡Dos veces...!

Shushu hizo el gesto de apretar ambos puños con determinación. Liliana añadió con un tono gélido:

― Bueno, al menos las probabilidades han aumentado drásticamente al estar al final. Ahora son problemas de una entre tres y de una entre dos.

― A Shushu le preocupa... ¿y si fallo en las dos preguntas?

― Pues qué va a pasar: que esta hermana tuya, Lette, le dará un excelente uso a tus fichas.

― ¡Oiga! Hermana Lette, ¿por qué habla igual que la hermana Nana? ¡Qué odiosa!

Gwendoline, que había estado escuchando la conversación en silencio, sintió cómo su mirada se enfriaba por completo.

“Después de todo, son todas unas hipócritas”.

Fingían intercambiar información, pero estaban omitiendo deliberadamente el hecho más importante de todos.

Y eso era, precisamente...

“Rosassia sabe perfectamente qué número de “caballo” le corresponde a cada caballero directo”.

Incluso dejando de lado a Regen, que se había quedado rezagado tras ser envenenado, Sasha había acertado tres veces consecutivas. Lo más evidente fue la última ronda, donde presionó a Gwendoline apostando una cantidad masiva de fichas adicionales. Estaba claro que solo pudo actuar con tanta audacia porque tenía la certeza absoluta de que Heinz era el número 5.

“Por lo tanto, solo tengo que seguir la apuesta de Rosassia”.

Para ocultar ese hecho tan obvio, sus hermanas intercambiaban comentarios superficiales y mencionaban desesperadamente las probabilidades.

En ese momento, Sasha regresó al pabellón y se sentó en silencio. Los diez minutos habían terminado exactamente.

― Ya veo que todas están en sus asientos. Entonces, daremos comienzo al cuarto juego.

La ruleta comenzó a girar. Las únicas princesas que podían ser señaladas ahora eran Orlette, Liliana y Shushu.

Según las reglas, las apuestas se realizan siguiendo el sentido de las agujas del reloj, empezando por la persona elegida por la bola de metal. Por ello, las princesas volvieron a comprobar mentalmente la distribución de los asientos en la mesa, rogando internamente:

“¡Por favor! ¡Que Sasha tenga que apostar antes que yo!”.

En medio de una atmósfera cargada de nerviosismo, finalmente el “dios del azar” tomó su decisión.

― Es el turno de Su Alteza la Princesa Zafiro. Les daré un minuto.

― ¡¡Gua!!

Shushu dejó escapar un grito de alegría por puro descuido, pero enseguida se cubrió la boca con las manos.

― Uf...

Esperaba que le llovieran reproches de todas partes, pero la única que le lanzó una mirada fulminante fue Orlette. Al observar la disposición de los asientos, fue fácil entender por qué.

Después de que Orlette hiciera su apuesta, la siguiente en el turno era Sasha. Esto significaba que, a excepción de Orlette, todas las demás apostarían después de Sasha.

El “dios del azar” había sido innecesariamente generoso con ellas. No solo Shushu, sino todas las presentes se dieron cuenta de este hecho y trataron de calmarse internamente:

“Ganar el juego es más importante que la cantidad de fichas que obtenga”. “Incluso si la hermana Orlette elige mal, nosotras estaremos a salvo”.

Mientras los cálculos volaban de una mente a otra, llegó el momento de apostar. Los números que quedaban en la línea de apuestas eran el 1, 4 y 6.

Orlette, con una expresión de resignación, empujó sus fichas hacia adelante:

El número 6.

Finalmente, era el turno de Sasha. Bajo la mirada penetrante de todas las presentes, ella esbozó una sonrisa y comenzó a mover sus fichas...

Sasha levantó sus fichas con calma.

Apostaré al número 4.

Lo que siguió por parte de las demás princesas fue digno de una farsa teatral.

― Mmm, a mí también me atrae el 4.

― Bueno, probaré con el 4.

― Yo también...

― ¡El 4! ¡Shushu también pensó en el 4 desde el principio! No es que esté copiando a la hermana Sasha ni nada parecido...

El resultado: una persona en el 6 y cinco personas en el 4.

Mientras Orlette, la única que remaba contra corriente, soltaba un suspiro de resignación más que evidente, comenzó la segunda ronda de apuestas.

 

Subo. 40 fichas.

Sasha añadió casi todas las fichas que le quedaban, dejando apenas lo suficiente para participar en el último juego. Era un movimiento extremadamente agresivo, pero para sorpresa de todas, sus hermanas lo celebraron internamente.

“Exacto, así se hace. Hay que eliminar a la competencia”. “Vamos, las que tengan miedo, ríndanse de una vez”.

Comenzando por Sasha, las apuestas prosiguieron de nuevo en el sentido de las agujas del reloj.

― Acepto, ―dijo una.

― Yo solo tengo 13 fichas, así que... ¡a por todo!

― Aquí están mis 40.

― No es justo que la hermana Lili participe poniendo tan poco cuando todas las demás estamos apostando 40, ―se quejó otra.

― De todos modos, ella tiene el bono, ¿no?

― Aun así...

― Si tanto te molesta, ¿por qué no te retiras tú, Shushu?

―... ¡Shushu también añade 40!

― 40 por aquí.

Finalmente, llegó el turno de Orlette, la última en la rotación. Todos esperaban que de su boca saliera un “Retirada”.

40.

― ¿Eh?

― ¿Pe-pero qué...?

― ¿Hermana Orlette...?

La inesperada participación de Orlette rompió todos los esquemas, esparciendo una corriente de desconcierto por la mesa.

“¿Qué pasa? ¿Por qué ha entrado?”. “¿De dónde saca esa confianza? Esto me da mala espina...”. “Ahora que lo pienso, desde hace un rato hay algo que no encaja...”.

Pero no hubo tiempo para reflexiones profundas.

― Todas las rondas han terminado. Procederé a revelar la respuesta correcta.

El marqués Osbond mostraba un rostro más deleitado que nunca.

― El resultado es sumamente interesante. La respuesta es el número 6. Por lo tanto, todas las fichas son para la única persona que acertó: la Princesa Pájaro Plateado.

― ¿Qué... qué has dicho?

― ¡¿Cómo que el 6?! ―gritó Liliana, exasperada.

Gwendoline golpeó la mesa con la palma de la mano. El resto de las princesas, aunque de forma menos violenta, estaban sumidas en el caos absoluto.

― ¿Cómo puede ser el 6 la respuesta?

― ¿Pero por qué dicen que Sasha ha ganado?

― ¡Si la hermana Sasha apostó al número 4 con nosotras! ¡Es imposible que gane ella sola!

El marqués Osbond no se molestó en responder; se limitó a calcular con parsimonia la cantidad de fichas del premio.

― 323 fichas obtenidas, más un bono de 200... En este juego ha conseguido un total de 523 fichas. Mis felicitaciones, Su Alteza la Princesa Pájaro Plateado.

Al momento siguiente, las princesas se quedaron con la boca abierta. Las fichas no fueron desplazadas hacia el lugar de Sasha, sino hacia el de Orlette.

Fue entonces cuando las princesas comprendieron la realidad.

― ¡Sasha y la hermana Lette se intercambiaron los asientos...!

― ¡Cielos!

Las fichas no pueden ser transferidas. Por lo tanto, aunque fuera la mano de Orlette la que realizó la apuesta, mientras esas fichas fueran las de Sasha y estuvieran en el lugar de Sasha, el resultado le pertenecería a ella.

Utilizando ese vacío legal, Sasha y Orlette habían intercambiado sus puestos para confundir por completo a las demás.

― Ah... ¿así que era esto?

Suspiró Liliana, sintiendo una punzada de dolor por el engaño.

Había sido un error garrafal. Por mucho que la distancia entre las mesas fuera amplia, no haberse dado cuenta de que se habían sentado en lugares distintos era un fallo imperdonable de su parte.

Estaban tan absortas en seguir las apuestas de Sasha y en jugar al gato y al ratón entre ellas que pasaron por alto lo más importante. Sin embargo, había alguien que se negaba a aceptar cualquier responsabilidad por la situación actual.

― ¡Qué cobarde! ¡Engañar a los demás de esa manera! ―chilló Gwendoline.

― Bébete tu complejo de víctima si quieres. Me da demasiada pereza intentar detener tu inmadurez, ―respondió Sasha.

― ¡...!

En la actitud de Sasha hacia los reproches de Gwendoline se filtraba un hartazgo y una molestia evidentes. Durante un buen rato, Gwendoline fue incapaz de controlar sus temblores, consumida por la humillación.

Sasha y Orlette volvieron a intercambiar sus asientos para ocupar sus lugares originales.

― Sasha, cumple tu promesa, ―dijo Orlette.

― Marqués Osbond. Deseo patrocinar una poción y una espada para el caballero número 6, sir Noah.

― Como desee, Su Alteza la Princesa Pájaro Plateado.

 


 




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