— Sufre de agotamiento físico y
desnutrición.
Tras terminar de examinar a Rapel, el
médico habló mientras fulminaba a Werazel con la mirada. Su expresión era una
clara recriminación, como preguntándole qué había estado haciendo para que el
niño terminara en ese estado. ¿Desnutrición en estos tiempos? Y más tratándose
de un niño que vivía en la casa de un barón. El médico chasqueó la lengua para
sus adentros, murmurando que el mundo estaba perdido.
— ¿Va a ponerse bien?
Werazel preguntó sin apartar la vista
de Rapel, que yacía en la cama. El niño, con sus párpados delgados cerrados y
respirando con dificultad, se veía claramente enfermo. Sus labios estaban
azulados y temblaban levemente, mientras el sudor frío brotaba en su frente y
resbalaba por su pálida piel.
— Le recetaré medicina, pero lo más
importante es que se alimente bien y descanse lo suficiente.
Werazel recibió el pequeño frasco que
el médico le tendía. El líquido diluido en su interior era de un color rojo
brillante, similar al jarabe de fresa.
— Asegúrese de que tenga sus tres
comidas al día y dele una cucharada después de cada comida.
Werazel asintió en lugar de responder.
El médico comenzó a guardar sus instrumentos en el maletín. Desde que llegó a
la visita, la mujer no le había quitado el ojo de encima al niño ni un segundo,
mostrándose ansiosa y profundamente preocupada.
Sin embargo, el diagnóstico era
desnutrición. ¿Cuánto tiempo lo habría matado de hambre y abandonado para
llegar a esto? Definitivamente, no se puede juzgar a las personas por las
apariencias. Qué mujer más hipócrita. El médico, convencido de haber aprendido
una lección más sobre la naturaleza humana, abandonó la habitación.
Si Werazel se hubiera fijado siquiera
una vez en la expresión del médico, habría comprendido de inmediato lo que él
estaba pensando y lo habría corregido. Pero, con toda su atención centrada en Raphelion,
no se percató de nada. Por ello, no tuvo más remedio que enterarse tarde de los
extraños rumores que comenzaron a circular.
— Werazel. ¿Quién es ese niño?
Tras la partida del médico, la baronesa
entró en la habitación de Werazel y preguntó vacilante.
— Es un niño que perdió a sus padres y
estaba desmayado... No pude ignorarlo.
Según el plan original de Werazel,
debería haber ido directamente a la casa del duque en cuanto encontrara a Raphelion,
pero decidió traerlo a casa porque la recuperación del niño era lo primero. La
baronesa Rosalie se había horrorizado al ver a su hija aparecer con el vestido
desgarrado hasta por encima de la rodilla y el cabello desaliñado. Y lo que era
más, ¡llevaba a un niño en brazos! Temía que, sin ella saberlo, su hija tuviera
un hijo oculto.
Rosalie solo pudo dar un suspiro de
alivio al escuchar la respuesta de Werazel. Se alegraba de que no fuera lo que
tanto temía.
— Ya veo. ¿Se encuentra bien el pequeño?
— Sí. Dicen que se recuperará pronto si
come y descansa bien.
Werazel hablaba mientras apartaba un
mechón de cabello negro que, empapado de sudor, se había quedado pegado a la
mejilla de Rapel.
— Ma... má....
En ese momento, un pequeño quejido
escapó de los labios del niño. Aunque su voz estaba muy ronca, se notaba
vagamente que buscaba a su madre. Sin embargo, por mucho que llamara a sus
padres, ellos ya habían fallecido en un accidente. Werazel soltó un leve
suspiro ante aquella amarga realidad. Por mucho que intentara no compadecerse,
no podía evitar sentir lástima.
El niño se parecía a su yo del pasado.
Del mismo modo que ella en aquel entonces necesitaba desesperadamente una mano
llena de interés y afecto, Rapel también la necesitaba ahora.
— He preparado sopa, dásela si el niño
se despierta.
— Sí, gracias.
Rosalie le dio unas palmaditas en el
hombro a Werazel, diciéndole que todo saldría bien, y salió de la habitación.
Werazel cuidó de Rapel con esmero, cambiándole el paño húmedo que tenía sobre
la frente por uno nuevo. Afortunadamente, el médico parecía ser hábil, pues la
temperatura de Rapel, que antes ardía como el fuego, estaba volviendo poco a
poco a la normalidad.
— Pronto te reunirás con tu familia.
Werazel arropó al niño con cuidado
hasta el cuello, temiendo que tuviera frío. Aunque no eran sus padres, después
de todo, él tenía a su tío. El Duque Chester, retratado en la novela como
alguien que perdía la cabeza por su sobrino, seguramente cuidaría con esmero de
Raphelion.
— Por eso, tienes que recuperarte
pronto para ir a ver a tu tío.
Werazel puso su mano sobre el pequeño
pecho del niño y le dio suaves palmaditas para que no tuviera pesadillas. Sin
darse cuenta, su prioridad se había convertido en el bienestar del niño; pensó
que no sería tarde para considerar la recompensa una vez que Rapel estuviera
completamente sano.
¿Cuánto tiempo habría pasado? Cuando el
sol, que estaba en lo alto del cielo, comenzaba a ponerse lentamente:
— Uuuhm...
Raphelion levantó sus párpados con
dificultad. Tras parpadear varias veces, su visión borrosa se fue aclarando
gradualmente. Sus ojos, llenos de confusión, se fijaron en aquel espacio
desconocido que veía por primera vez. Rapel movió sus pupilas con cautela para
observar a su alrededor.
— ¿Estás bien?
Al escuchar una voz cargada de
preocupación justo a su lado, Rapel giró la cabeza. Allí estaba sentada la
mujer que había visto antes. Rapel sintió que un llanto repentino subía por su
garganta.
— Qué alivio, parece que la fiebre ha
bajado mucho.
Werazel puso su mano en la frente de Raphelion
para comprobar su temperatura. Estaba mucho más baja que cuando lo tocó por
primera vez y, a diferencia de antes, su respiración era regular, lo que
indicaba que se había recuperado bastante.
— Mamá...
Raphelion movió sus pequeños y torpes
dedos para aferrarse al cuello de la ropa de Werazel. Anhelaba sentir una vez
más aquel cálido abrazo; ese regazo que se sentía como un edredón de algodón
suave y acogedor.
— Rapel. No soy tu madre.
Werazel habló con firmeza. Tal como un
patito recién nacido graba en su memoria al primer ser vivo que ve como su
madre, Rapel, habiendo perdido sus recuerdos, parecía estar haciendo lo mismo.
Pero lo que no era, no era. Ella jamás podría ser la madre de Rapel.
— ¡Buaaaa! ¡Mamá...!
Al ser rechazado por Werazel, un llanto
lleno de amargura brotó de los ojos de Rapel. Lágrimas transparentes como
gruesas gotas de rocío rodaron por sus mejillas y cayeron sobre la sábana. Al
ver ese llanto, el corazón de Werazel dolió con punzadas de arrepentimiento y
culpa, pensando que debió haberlo dejado pasar con un simple "sí, sí",
pero lo que no era, no era.
Armándose de valor, le habló a Rapel
con una expresión severa:
— Basta ya, Rapel.
— ¡Gwaaaaah!
Sin embargo, era imposible que un niño
dejara de llorar con solo un par de palabras de consuelo.
Werazel se inclinó para quedar a la
altura de los ojos de Rapel. Luego, con expresión firme, esperó hasta que Rapel
dejó de llorar. Aunque Rapel estiraba sus bracitos pidiendo que lo cargara,
ella negó con la cabeza e ignoró sus súplicas. Como siempre había sido
especialmente débil ante los niños, deseaba abrazarlo para consolarlo, pero
reprimió con fuerza el impulso de sus manos.
— Hic... hip.
El llanto que resonaba en la habitación
fue disminuyendo poco a poco. Rapel, tragándose los sollozos restantes, miró a
Werazel con ojos vidriosos y llenos de lágrimas.
— Ven aquí, Rapel.
Solo entonces Werazel extendió ambos
brazos y lo tomó en brazos.
— Buaaa... —Rapel, como si hubiera
estado esperando ese momento, hundió el rostro en el hombro de Werazel y rompió
a llorar de nuevo.
— Está bien, Rapel. No llores.
Werazel palmeó suavemente la espalda de
Rapel, quien rodeaba su cuello con los brazos. Su hombro se fue empapando con
las lágrimas del niño.
— Hic... ¿Yo... soy Rapel?
Rapel abrazó a Werazel con todas sus
fuerzas, temiendo perder de nuevo ese abrazo cálido que acababa de recuperar.
Era, tal como recordaba, un abrazo acogedor, suave como un edredón de algodón.
— Sí. Tu nombre es Raphelion Halos.
Werazel caminó por la habitación
mientras mecía suavemente a Rapel en sus brazos.
— ¿Done están mi mamá y mi papá?
Ante la pregunta inesperada que dio en
el clavo, Werazel guardó silencio por un momento. Reflexionó una y otra vez
sobre cuál sería la mejor manera de explicárselo al niño.
— Pronto podrás conocer a tu familia.
Son personas muy, muy buenas.
Al final, optó por darle una respuesta
ambigua. Consideró que era mejor que la noticia del fallecimiento de sus padres
la recibiera de su familia, el Duque, en lugar de escucharla de ella. Como una
extraña, lo único que podía hacer por él era devolverlo al seno de su familia.
— ¿Familia?
— Sí, familia. Están esperando
ansiosamente a que llegues.
Seguramente lo estarían esperando con
desesperación. Después de todo, el Duque había intentado encontrar a su sobrino
por todos los medios posibles. Por lo tanto, debía entregárselo al Duque lo
antes posible.
— ¿Tú no eres mi familia?
Rapel levantó la cabeza y miró fijamente a Werazel. En sus ojos rojos, que
ya habían dejado de llorar, se dibujaba una expresión de duda.
— Sí. Solo soy Werazel.
— ¿Wer... azel?
— Sí. Werazel.
A Rapel pareció gustarle el nombre, pues movió sus pequeños labios
murmurándolo para sí mismo. Unos hoyuelos aparecieron en sus mejillas limpias
mientras sonreía con timidez. Al ver eso, ella también sonrió. No estaba mal
que esa voz joven y clara pronunciara su nombre; de hecho, le resultaba
adorable.
Al acariciar la cabeza de Rapel, orgullosa de lo bien que entendía todo,
sintió una textura áspera bajo su mano. Ahora que lo pensaba, el niño seguía
estando muy sucio. Como lo atendieron de inmediato al llegar a casa, no habían
tenido tiempo de bañarlo. Su cabello estaba apelmazado y lleno de polvo, y su
rostro tenía manchas de algo parecido a ceniza negra por todas partes.
— Rapel. Vamos a hacer algo divertido.
Como parecía haber recuperado algo de energía, era necesario bañarlo.
Aunque aún no estaba del todo recuperado, dejarlo en ese estado de suciedad
solo empeoraría su enfermedad. Ante el tono solemne de su voz, los ojos de Rapel
brillaron.
— ¿Algo divertido?
— Sí. Algo muy divertido. Vamos rápido.
— ¡Algo divertido! ¡Algo divertido!
Rapel, emocionado, agitaba sus piernas en los brazos de Werazel. En ese
momento, aún no sabía que volvería a derramar lágrimas de tristeza. Unos
minutos después, al darse cuenta tarde de que lo "divertido" era en
realidad el baño, el llanto de Rapel retumbó con fuerza en el cuarto de aseo.
— ¡Buaaaa, no quiero!

Comentarios
Publicar un comentario
Escribe un comentario.