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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 65

 


Tras gritar con nerviosismo, Gwendoline se burló de Sasha.

― ¿Crees que soy estúpida? No va a funcionar conmigo. Si quieres morir, muérete tú sola.

Sasha no se molestó en responder.

Las siguientes en el turno, Shushu y Nanaen, tampoco se atrevieron a desafiar la corriente general.

― Yo también paso.

― Paso.

― Vaya, parece que solo quedo yo, ―murmuró Sasha.

Sasha era ahora la única jugadora que permanecía activa en la ronda. Ante la mesa donde se acumulaban 140 fichas, el resto de las princesas deseaban al unísono, con un solo corazón y una sola mente:

“Que no sea el 5... por favor”. “Cualquier número menos el 5. Cualquier otro. Por lo que más quieran”. “Dios mío, haz que mi hermana Sasha se equivoque”. “Preferiría que esas 140 fichas se esfumaran en el aire antes que ver a Sasha llevándoselo todo”.

De todas ellas, la que parecía más desesperada era Gwendoline. Sus ojos, fijos en el vacío y sin siquiera parpadear, desprendían una energía siniestra y cargada de odio.

Debido a esa energía tan lúgubre, casi parecía que Gwendoline estuviera lanzando una maldición.

― Procederé a revelar la respuesta correcta.

El marqués Osbond, quien sin duda era la persona que más estaba disfrutando de la situación, tomó la palabra.

― La respuesta es el número 5. Mis felicitaciones. Todas las fichas son para Su Alteza la Princesa Pájaro Plateado.

― ¡Cielos! ¡No puedo creer que haya acertado!

― Tres victorias consecutivas es demasiado...

― ¿Cómo puede tener tanta suerte...?

Fue en ese preciso instante.

― ¡¡AAAAAHHHH!!

Un alarido desgarrador, nacido de la pérdida total de la razón, rasgó el aire del pabellón. Era Gwendoline.

― Gwe-Gwen, cálmate.

― Su Alteza Luna Nueva, guarde la compostura, por favor.

Las voces de quienes la rodeaban no llegaban a los oídos de Gwendoline. Tras levantarse de golpe, tirando la silla hacia atrás, barrió con furia todos los objetos que tenía delante, arrojándolos al suelo.

Le era imposible mantener la cordura. Sasha se había quedado con todas las fichas que originalmente deberían haber sido suyas y, además, acababa de perder cualquier medio para patrocinar y ayudar al malherido sir Heinz.

Si algo llegaba a salir mal con Heinz, no se trataría solo de perder un juego de fichas; quedaría fuera de una competencia donde se estaba apostando la vida misma.

Era una situación desesperada.

 

***

― ¡Rosassia! ―gritó Gwendoline.

La fulminó con una mirada que parecía contener toda la malicia del mundo, pero ella respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando ese preciso momento:

― Dime de una vez qué veneno le diste a sir Regen.

Cuanto más perdía la cabeza Gwendoline, mayor era la oportunidad para Sasha.

― ¡Cállate!

― Así que no piensas decírmelo.

― ¡Por supuesto que no! ¿Crees que te lo diría? No te lo diré hasta que mueras. Es más, ¡ni siquiera muerta te lo diría!

Aquello era, en la práctica, lo mismo que una confesión.

― He-hermana Gwen... ¿Realmente le diste veneno al caballero de Sasha?

― ¿Cómo pudiste hacer algo tan cobarde...?

― ¿Cobarde? ¡Yo solo le di el veneno a sir Regen primero porque pensé que ella se lo daría a sir Heinz! ―estalló Gwendoline, justificándose a gritos.

Nadie podía articular palabra.

― ¿De verdad crees que lo que acabas de decir tiene sentido?

Las palabras de Orlette representaban el sentir de todas las princesas presentes.

En medio de una mesa sumida en el choque y el desconcierto, la voz baja y firme de Sasha rompió el silencio.

― Deseo realizar un patrocinio.

Con la espalda recta y elegante tras las torres de fichas que había acumulado, Sasha lanzó el golpe de gracia contra Gwendoline:

― Enviaré pociones a los seis caballeros, excepto a sir Heinz.

― ¡...!

Mientras Gwendoline se quedaba sin aliento por la sorpresa, el marqués Osbond mostró una sonrisa de oreja a oreja.

― Vaya, Su Alteza la Princesa Pájaro Plateado. Veo que ha comprendido a la perfección las reglas del patrocinio.

Se puede patrocinar un objeto a un caballero directo por cada 50 fichas.

En ningún lugar de las reglas se especificaba que el patrocinio estuviera limitado únicamente al caballero propio. Mientras se tratara de un “caballero directo” que participara en la competencia, se podía enviar ayuda a cualquiera.

Se había revelado que el caballero número 5, el que estaba herido, era sir Heinz. Aunque él era quien más necesitaba la poción en ese momento, Sasha repartió las curaciones entre todos... excepto él.

Un privilegio otorgado a seis es, por definición, una penalización para el séptimo.

Era una represalia flagrante. Sin embargo, ninguna princesa se atrevió a interceder por Gwendoline. ¿Para qué ponerse del lado de una necia y arriesgarse a molestar a Sasha, cuando con solo mantenerse neutrales recibirían una poción gratis para sus propios caballeros?

― Q-qué despreciable...

Balbuceó Gwendoline, con los hombros sacudiéndose violentamente. Sasha la presionó una vez más:

― Aún no es tarde. Dime qué veneno es.

― No... ya es tarde.

Gwendoline forzó una sonrisa, elevando las comisuras de sus labios temblorosos. No era un simple alarde o terquedad.

― Pronto sabrás qué veneno es.

― ¿A qué te refiere?

― Ha pasado una hora... así que pronto podrás descubrirlo haciéndole una autopsia.

― Mide tus palabras, Gwendoline, ―le advirtió Sasha, horrorizada.

Justo en ese momento, volvió la hora de la actualización. Los sirvientes con bandas al hombro se acercaron al tablero para mover las piezas de posición.

Gwendoline estaba convencida de que la pieza número 3 seguiría inmóvil en el mismo sitio que antes. Era un veneno demasiado valioso para ser desperdiciado en un simple prisionero de guerra; le habían asegurado que era famoso por su eficacia infalible. Habiendo pasado más de una hora, los resultados ya deberían ser definitivos.

“No importa si sir Heinz está herido. No me importa si su vida pende de un hilo. ¡Todo lo que importa es que ese tal Regen muera primero!”.

Sin embargo, la situación revelada en el tablero destrozó las expectativas de Gwendoline. El Caballero Negro número 3, aunque lento, se había movido de manera constante hasta alcanzar el Puente del Pacto.

― ¿Co-cómo...? ¿Por qué sigue vivo?

―...

― ¡De-debería estar muerto ya...!

 

Sus gritos desesperados ya no pasaban por ningún tipo de filtro. Las princesas la observaron con expresiones de absoluto horror. Finalmente, Sasha dejó salir la furia que se había estado acumulando en su interior.

― Te advertí que midieras tus palabras.

Su mano golpeó las fichas apiladas frente a ella, derribándolas. Por alguna razón, el estrépito de las fichas al caer captó la atención de todos con más fuerza que los alaridos llenos de malicia de Gwendoline.

― Marqués Osbond.

― Dígame, Su Alteza Pájaro Plateado.

― Concédanos un breve descanso. Necesito tomar aire.

― Tomaremos un receso de diez minutos.

El bufón, siempre en busca de entretenimiento, se mostró cooperativo con Sasha. Aunque su actitud de servidor servil resultara repugnante, ella sabía que debía utilizar cualquier recurso a su alcance.

Sasha se levantó de su asiento sin importarle las miradas de desaprobación de sus hermanas. Sin embargo, al salir del pabellón, no olvidó dar un ligero toque en la silla de una de ellas al pasar.

 

***

Mientras tanto, Regen seguía avanzando, aunque estaba siendo consumido por los espasmos del veneno.

Su paso, habitualmente firme y disciplinado, se había vuelto errático, como el de un viajero exhausto. Incluso sus ojos, aunque fijos hacia el frente, habían perdido el enfoque. Para cualquiera que lo viera, era evidente que no estaba plenamente consciente; en ese estado, era más bien su instinto el que arrastraba el pesado fardo de su cuerpo hacia adelante.

“Debo... volver con Sasha...”

A simple vista, podría haber parecido una presa vulnerable y desprotegida. Sin embargo, la realidad era diametralmente opuesta.

Al menor crujido, Regen blandió su espada de inmediato. Aunque no imbuyó el arma con su poder mágico, el golpe fue tan brutal que hendió profundamente el suelo, lanzando una ráfaga de tierra que cubrió violentamente los matorrales.

Los soldados emboscados, bañados en tierra y aterrorizados, se agacharon para cubrirse. Comprendieron al instante que Regen no era alguien a quien pudieran enfrentar.

Regen retomó su marcha. Como si aquel golpe de advertencia hubiera activado un interruptor, de su cuerpo emanaba ahora una energía más imponente que nunca.

En realidad, lo que mostraba ahora era su verdadera esencia. Al no tener la energía suficiente para camuflar o contener su poder de forma consciente como solía hacer, su aura se filtraba sin filtro alguno hacia el exterior.

Los soldados en la emboscada desistieron del ataque y se retiraron. Fue una decisión sabia; el instinto humano siempre prioriza la supervivencia por encima de la caballerosidad.

Después de todo, Regenhard Lohengrin era un caballero al que no le faltaba nada para ser llamado un Dios de la Guerra, y no tenía razones para dejar con vida a ningún enemigo que se atreviera a abalanzarse sobre él.

Pronto, Regen llegó al muelle de piedra del canal, un lugar bautizado como el “Puente del Pacto”.

La punta de su espada, que colgaba pesadamente, raspaba el suelo de piedra produciendo un chirrido desagradable, hasta que, de repente, sus pasos se detuvieron en seco.

El rastro de aturdimiento comenzó a desvanecerse de sus ojos dorados.

Frente a él se extendía una situación capaz de devolverle, al menos por un instante, el enfoque y la consciencia plena.

―... Sir Heinz.








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