La educación Imperial de alcoba.
Era imposible no entender el significado implícito. Regen respiró
profundamente, tanto que su caja torácica se hinchó por completo.
Sasha lo malinterpretó como un suspiro. Avergonzada, pensando que quizás
había sido demasiado directa, soltó apresuradamente el dobladillo de la ropa de
Regen y apretó las mantas, como si estuviera a punto de cubrirse con ellas
hasta la cabeza.
― Ah, ahora que lo pienso, ya lo hicimos. Esta tarde...
En ese instante, el cuerpo de Sasha fue atraído hacia los brazos de Regen.
Lo único que se reflejaba en los ojos de Sasha, abiertos de par en par hasta su
límite, era el rostro de él. Este hombre hermoso, con los ojos fuertemente
cerrados como si estuviera reprimiendo algo, agitó y lamió el interior de su
boca antes de apartarse. Cuando volvió a abrir los ojos, el enfoque de sus
pupilas doradas estaba nublado, arrastrado por el impulso.
Regen habló con una voz teñida ligeramente de auto desprecio:
― ¿Por qué me haces recordar eso?
“¿Por qué me conviertes en un desvergonzado que desea a una persona
enferma?” No pudo atreverse a pronunciar las palabras que seguían.
― Re, mmpf...
Regen cerró los ojos de Sasha y volvió a devorar sus labios. Mientras se
concentraba en absorber cada una de sus palabras y alientos, observaba con
atención su rostro, vigilando cuidadosamente cualquier señal.
Tenía la intención de soltarla si ella mostraba el más mínimo signo de
cansancio o si se sentía abrumada. Sin embargo, en cuanto dejó un pequeño
espacio entre sus labios, ella pronunció entre jadeos las palabras que él tanto
anhelaba escuchar:
― Es muy poco. Dame más.
Qué petición tan dulce y embriagadora.
Regen se dejó caer hacia atrás, acostándose mientras la sostenía en sus
brazos. Sobre su cuerpo, hundido en las sábanas de la cama, el peso de ella
presionándolo suavemente se sentía delicioso. Él envolvió la cabeza de Sasha,
atrayéndola hacia sí mientras se adentraba en ella a través de su boca.
Claramente la estaba poseyendo tanto como deseaba, pero no era suficiente.
El deseo de llenarla con su propio ser hasta lo más profundo, y a su vez, ser
llenado por ella, crecía cada vez más.
***
En la profundidad de la noche, cayó la última lluvia de primavera del año.
A diferencia de lo que sugería su nombre, la lluvia primaveral no fue nada
dócil; una tormenta acompañada de truenos y ráfagas de viento azotó todo el
palacio imperial. La lluvia torrencial empapó pesadamente la vegetación de los
jardines y arrastró la tierra. Los jardineros, envueltos en sus impermeables,
se movilizaron frenéticamente en medio de la noche. Debían cubrir los árboles
ornamentales con carpas para evitar que sus flores se cayeran y trasladar al
invernadero las macetas que habían quedado a la intemperie.
Un relámpago rasgó finamente el cielo nocturno. Uno de los jardineros que
trabajaba en pareja dio un brinco, sobresaltado.
― ¡Hic! Oye, ¿no acabas de escuchar algo parecido al rugido de una bestia?
― ¿Qué sonido?
Aaaaaaah.
Justo en ese momento, un sonido similar a un lamento fantasmal atravesó el
estrépito del viento y la lluvia.
― ¿Lo escuchaste ahora? ¡A esto me refería!
― Ah, eso debe ser el sonido que sale de la alcantarilla.
― ¿Y qué hay en la alcantarilla?
― ¿Ya lo olvidaste? El castigo de la última competencia.
― ¿Castigo...? ¡Ah, cierto! Casi se me pasa por alto.
El jardinero, como si nunca hubiera sentido miedo, dejó de prestar atención
y comenzó a cargar las macetas de nuevo. La lluvia seguía cayendo a cántaros
sobre el lugar por donde pasaban sus botas. El agua lodosa, que se acumulaba
densamente en sus huellas antes de desbordarse, se desplazaba hacia un rincón
del jardín siguiendo una zanja excavada a un costado. Allí se encontraba una
instalación de drenaje diseñada para procesar el agua que traían las diversas
zanjas. Era un enorme desagüe con barras de hierro oxidadas entrecruzadas en
forma de rejilla; parecía una jaula de hierro enterrada en el suelo.
Sorprendentemente, debajo de donde el agua lodosa se vertía sin descanso,
había una persona. Un hombre, encogido como una rata de alcantarilla y empapado
de lodo, sollozaba como una bestia.
Ya habían pasado quince días desde que se llevó a cabo la “Carrera de
Caballeros”, la segunda competencia. La entrega de recompensas y la aplicación
de castigos según la clasificación también habían concluido.
A Regen, Killian y Julius, quienes ocuparon los primeros puestos, se les
otorgaron medallas y uniformes de gala espléndidos, además de un incremento en
el presupuesto para el mantenimiento de la dignidad de sus respectivos
aposentos: la Sala del Pájaro Plateado, la Sala del Ciervo Dorado y la Sala del
Cártamo Rojo. Los caballeros que quedaron en los últimos puestos fueron Ciel y
Bellinger, excluyendo al fallecido Heinz. Sin embargo, Ciel fue exento del
castigo debido al resultado del último juego en el que participaron las
princesas durante la competencia anterior.
― A la princesa que acierte la respuesta, se le otorgará el derecho de
eximir a su caballero de cualquier castigo en esta competencia.
Rosacia fue la única princesa que adivinó quién sería el primer lugar de la
“Carrera de Caballeros”. Como se prometió, su caballero, Regen, obtuvo el “derecho
de exención de castigo”, el cual, sorprendentemente, tenía una forma física y
era transferible. Tras una breve reflexión, Regen decidió entregarle dicha
exención a Ciel.
Bellinger, quien se convirtió en el único blanco del castigo, recibió la
pena denominada “La Rata de Alcantarilla del Jardín” durante diez días. No era
un castigo que pusiera en riesgo su vida, pero sí resultaba extremadamente
humillante; por ello, la actitud de Bellinger tras cumplir su condena era completamente
distinta a la de antes. Su personalidad original, que solía ser tan sociable
que rayaba en lo astuto, desapareció por completo; se volvió tan taciturno que
apenas respondía con monosílabos incluso cuando su señora, Vivian, le hablaba.
Aunque Vivian lo cuidaba sintiendo una gran responsabilidad y culpa, su
recuperación no parecía fácil.
Tras la “Carrera de Caballeros”, no había planes para la próxima
competencia. Ahora que la primavera se despedía y el verano estaba a punto de
llegar, el palacio imperial disfrutaría de paz por un tiempo. Era una época
ideal para recuperar el aliento y dedicarse a la vida cotidiana.
Sin embargo, Regen tenía un pequeño problema.
En el rincón más profundo de la Sala del Pájaro Plateado: el dormitorio de
la princesa. En aquel espacio en penumbra, donde las cortinas bloqueaban la
luz, un sonido húmedo resonaba sin cesar. Dos siluetas se entrelazaban en la
cama, cuyas mantas se habían vuelto más finas con la proximidad del verano. La
princesa, sentada con el torso erguido, y el caballero, apoyado en el borde,
unían sus labios una y otra vez.
Una de las partes vestía solo un camisón que parecía más delgado que las
sábanas, mientras que la otra llevaba el uniforme de caballero perfectamente
abotonado.
Se suponía que el segundo debía ser más estoico, pero era el caballero
quien prolongaba el beso con mayor intensidad. Tras un largo y profundo
intercambio, quedaron huellas evidentes en el lugar donde sus lenguas se
entrelazaron. Los labios húmedos de ambos brillaban bajo la tenue luz.
― Sasha...
Al reaccionar al nombre que él pronunció como un suspiro, la princesa abrió
los ojos mientras sus pestañas temblaban levemente. Regen la miró como si
estuviera hechizado. Sus mejillas teñidas de un rojo intenso, su cabello rubio platino
alborotado y sus ojos algo nublados, como si estuviera ebria por las
sensaciones que él le provocaba. No había una sola parte de ella que no fuera
sensual, lo que hacía que el corazón de Regen diera un vuelco. Incapaz de
contenerse, volvió a devorar sus labios una vez más.
― Mmm...
El gemido agudo que escapó de ella lo incitó aún más. Regen unió sus labios
hasta el límite, desesperado por sentir un contacto todavía más cercano. Casualmente,
con la llegada del tiempo cálido, los camisones de la princesa se habían vuelto
más atrevidos. Últimamente, era raro que sus hombros estuvieran cubiertos.
Gracias a eso, su nuca blanca y sus clavículas perfectamente definidas quedaban
a la vista; todo aquello no eran más que objetos de tortura para la paciencia de
Regen.
― Regen...
La voz que lo llamaba parecía derretirle el cerebro. Él tenía que luchar
contra múltiples impulsos. Deseaba sujetar con firmeza aquellos hombros blancos
y redondeados con sus manos ardientes. Quería atraer hacia sí esa cintura
oculta tras una sola capa de tela vaporosa para presionar el cuerpo de ella
contra el suyo, sin dejar el más mínimo espacio. Sin embargo, como todo aquello
resultaba un acto insolente, se contuvo para que ni siquiera la punta de sus
dedos la tocara. Apretó los puños sobre las sábanas arrugadas.
Por otro lado, Sasha no era tan paciente como Regen. En lugar de él, que
evitaba cualquier contacto físico durante el beso, ella extendió los brazos
primero. Envolvió con fuerza la cabeza de Regen y la atrajo hacia sí, como
pidiéndole que se adentrara más profundamente.
Pero eso no fue todo. En el momento en que la mano de Sasha se deslizó y
acarició su espalda, la columna de Regen se estremeció. El tacto, que se sentía
con total claridad incluso a través de las capas de ropa, era provocador. Incluso
aquellas caricias, suaves al principio, comenzaron a volverse más intensas con
el paso del tiempo.
Tras acariciarle toda la espalda, su mano subió de nuevo para tantear la
piel desnuda de su nuca. Sus dedos se hundían peligrosamente bajo el cuello de
su uniforme y volvían a salir, una y otra vez. Concentrada en el beso, Sasha
parecía no ser consciente de lo que estaba haciendo. Era evidente: ella estaba
excitada por él. En el instante en que se dio cuenta de ese hecho, Regen sintió
un escalofrío que le atravesó todo el cuerpo.

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