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Tomando al príncipe de un país enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 72

 

La educación Imperial de alcoba.

 

Era imposible no entender el significado implícito. Regen respiró profundamente, tanto que su caja torácica se hinchó por completo.

Sasha lo malinterpretó como un suspiro. Avergonzada, pensando que quizás había sido demasiado directa, soltó apresuradamente el dobladillo de la ropa de Regen y apretó las mantas, como si estuviera a punto de cubrirse con ellas hasta la cabeza.

― Ah, ahora que lo pienso, ya lo hicimos. Esta tarde...

En ese instante, el cuerpo de Sasha fue atraído hacia los brazos de Regen. Lo único que se reflejaba en los ojos de Sasha, abiertos de par en par hasta su límite, era el rostro de él. Este hombre hermoso, con los ojos fuertemente cerrados como si estuviera reprimiendo algo, agitó y lamió el interior de su boca antes de apartarse. Cuando volvió a abrir los ojos, el enfoque de sus pupilas doradas estaba nublado, arrastrado por el impulso.

Regen habló con una voz teñida ligeramente de auto desprecio:

― ¿Por qué me haces recordar eso?

“¿Por qué me conviertes en un desvergonzado que desea a una persona enferma?” No pudo atreverse a pronunciar las palabras que seguían.

― Re, mmpf...

Regen cerró los ojos de Sasha y volvió a devorar sus labios. Mientras se concentraba en absorber cada una de sus palabras y alientos, observaba con atención su rostro, vigilando cuidadosamente cualquier señal.

Tenía la intención de soltarla si ella mostraba el más mínimo signo de cansancio o si se sentía abrumada. Sin embargo, en cuanto dejó un pequeño espacio entre sus labios, ella pronunció entre jadeos las palabras que él tanto anhelaba escuchar:

― Es muy poco. Dame más.

Qué petición tan dulce y embriagadora.

Regen se dejó caer hacia atrás, acostándose mientras la sostenía en sus brazos. Sobre su cuerpo, hundido en las sábanas de la cama, el peso de ella presionándolo suavemente se sentía delicioso. Él envolvió la cabeza de Sasha, atrayéndola hacia sí mientras se adentraba en ella a través de su boca.

Claramente la estaba poseyendo tanto como deseaba, pero no era suficiente. El deseo de llenarla con su propio ser hasta lo más profundo, y a su vez, ser llenado por ella, crecía cada vez más.

 

***

En la profundidad de la noche, cayó la última lluvia de primavera del año. A diferencia de lo que sugería su nombre, la lluvia primaveral no fue nada dócil; una tormenta acompañada de truenos y ráfagas de viento azotó todo el palacio imperial. La lluvia torrencial empapó pesadamente la vegetación de los jardines y arrastró la tierra. Los jardineros, envueltos en sus impermeables, se movilizaron frenéticamente en medio de la noche. Debían cubrir los árboles ornamentales con carpas para evitar que sus flores se cayeran y trasladar al invernadero las macetas que habían quedado a la intemperie.

Un relámpago rasgó finamente el cielo nocturno. Uno de los jardineros que trabajaba en pareja dio un brinco, sobresaltado.

― ¡Hic! Oye, ¿no acabas de escuchar algo parecido al rugido de una bestia?

― ¿Qué sonido?

Aaaaaaah.

Justo en ese momento, un sonido similar a un lamento fantasmal atravesó el estrépito del viento y la lluvia.

― ¿Lo escuchaste ahora? ¡A esto me refería!

― Ah, eso debe ser el sonido que sale de la alcantarilla.

― ¿Y qué hay en la alcantarilla?

― ¿Ya lo olvidaste? El castigo de la última competencia.

― ¿Castigo...? ¡Ah, cierto! Casi se me pasa por alto.

El jardinero, como si nunca hubiera sentido miedo, dejó de prestar atención y comenzó a cargar las macetas de nuevo. La lluvia seguía cayendo a cántaros sobre el lugar por donde pasaban sus botas. El agua lodosa, que se acumulaba densamente en sus huellas antes de desbordarse, se desplazaba hacia un rincón del jardín siguiendo una zanja excavada a un costado. Allí se encontraba una instalación de drenaje diseñada para procesar el agua que traían las diversas zanjas. Era un enorme desagüe con barras de hierro oxidadas entrecruzadas en forma de rejilla; parecía una jaula de hierro enterrada en el suelo.

Sorprendentemente, debajo de donde el agua lodosa se vertía sin descanso, había una persona. Un hombre, encogido como una rata de alcantarilla y empapado de lodo, sollozaba como una bestia.

Ya habían pasado quince días desde que se llevó a cabo la “Carrera de Caballeros”, la segunda competencia. La entrega de recompensas y la aplicación de castigos según la clasificación también habían concluido.

A Regen, Killian y Julius, quienes ocuparon los primeros puestos, se les otorgaron medallas y uniformes de gala espléndidos, además de un incremento en el presupuesto para el mantenimiento de la dignidad de sus respectivos aposentos: la Sala del Pájaro Plateado, la Sala del Ciervo Dorado y la Sala del Cártamo Rojo. Los caballeros que quedaron en los últimos puestos fueron Ciel y Bellinger, excluyendo al fallecido Heinz. Sin embargo, Ciel fue exento del castigo debido al resultado del último juego en el que participaron las princesas durante la competencia anterior.

― A la princesa que acierte la respuesta, se le otorgará el derecho de eximir a su caballero de cualquier castigo en esta competencia.

Rosacia fue la única princesa que adivinó quién sería el primer lugar de la “Carrera de Caballeros”. Como se prometió, su caballero, Regen, obtuvo el “derecho de exención de castigo”, el cual, sorprendentemente, tenía una forma física y era transferible. Tras una breve reflexión, Regen decidió entregarle dicha exención a Ciel.

Bellinger, quien se convirtió en el único blanco del castigo, recibió la pena denominada “La Rata de Alcantarilla del Jardín” durante diez días. No era un castigo que pusiera en riesgo su vida, pero sí resultaba extremadamente humillante; por ello, la actitud de Bellinger tras cumplir su condena era completamente distinta a la de antes. Su personalidad original, que solía ser tan sociable que rayaba en lo astuto, desapareció por completo; se volvió tan taciturno que apenas respondía con monosílabos incluso cuando su señora, Vivian, le hablaba. Aunque Vivian lo cuidaba sintiendo una gran responsabilidad y culpa, su recuperación no parecía fácil.

Tras la “Carrera de Caballeros”, no había planes para la próxima competencia. Ahora que la primavera se despedía y el verano estaba a punto de llegar, el palacio imperial disfrutaría de paz por un tiempo. Era una época ideal para recuperar el aliento y dedicarse a la vida cotidiana.

Sin embargo, Regen tenía un pequeño problema.

En el rincón más profundo de la Sala del Pájaro Plateado: el dormitorio de la princesa. En aquel espacio en penumbra, donde las cortinas bloqueaban la luz, un sonido húmedo resonaba sin cesar. Dos siluetas se entrelazaban en la cama, cuyas mantas se habían vuelto más finas con la proximidad del verano. La princesa, sentada con el torso erguido, y el caballero, apoyado en el borde, unían sus labios una y otra vez.

Una de las partes vestía solo un camisón que parecía más delgado que las sábanas, mientras que la otra llevaba el uniforme de caballero perfectamente abotonado.

Se suponía que el segundo debía ser más estoico, pero era el caballero quien prolongaba el beso con mayor intensidad. Tras un largo y profundo intercambio, quedaron huellas evidentes en el lugar donde sus lenguas se entrelazaron. Los labios húmedos de ambos brillaban bajo la tenue luz.

― Sasha...

Al reaccionar al nombre que él pronunció como un suspiro, la princesa abrió los ojos mientras sus pestañas temblaban levemente. Regen la miró como si estuviera hechizado. Sus mejillas teñidas de un rojo intenso, su cabello rubio platino alborotado y sus ojos algo nublados, como si estuviera ebria por las sensaciones que él le provocaba. No había una sola parte de ella que no fuera sensual, lo que hacía que el corazón de Regen diera un vuelco. Incapaz de contenerse, volvió a devorar sus labios una vez más.

― Mmm...

El gemido agudo que escapó de ella lo incitó aún más. Regen unió sus labios hasta el límite, desesperado por sentir un contacto todavía más cercano. Casualmente, con la llegada del tiempo cálido, los camisones de la princesa se habían vuelto más atrevidos. Últimamente, era raro que sus hombros estuvieran cubiertos. Gracias a eso, su nuca blanca y sus clavículas perfectamente definidas quedaban a la vista; todo aquello no eran más que objetos de tortura para la paciencia de Regen.

― Regen...

La voz que lo llamaba parecía derretirle el cerebro. Él tenía que luchar contra múltiples impulsos. Deseaba sujetar con firmeza aquellos hombros blancos y redondeados con sus manos ardientes. Quería atraer hacia sí esa cintura oculta tras una sola capa de tela vaporosa para presionar el cuerpo de ella contra el suyo, sin dejar el más mínimo espacio. Sin embargo, como todo aquello resultaba un acto insolente, se contuvo para que ni siquiera la punta de sus dedos la tocara. Apretó los puños sobre las sábanas arrugadas.

Por otro lado, Sasha no era tan paciente como Regen. En lugar de él, que evitaba cualquier contacto físico durante el beso, ella extendió los brazos primero. Envolvió con fuerza la cabeza de Regen y la atrajo hacia sí, como pidiéndole que se adentrara más profundamente.

Pero eso no fue todo. En el momento en que la mano de Sasha se deslizó y acarició su espalda, la columna de Regen se estremeció. El tacto, que se sentía con total claridad incluso a través de las capas de ropa, era provocador. Incluso aquellas caricias, suaves al principio, comenzaron a volverse más intensas con el paso del tiempo.

Tras acariciarle toda la espalda, su mano subió de nuevo para tantear la piel desnuda de su nuca. Sus dedos se hundían peligrosamente bajo el cuello de su uniforme y volvían a salir, una y otra vez. Concentrada en el beso, Sasha parecía no ser consciente de lo que estaba haciendo. Era evidente: ella estaba excitada por él. En el instante en que se dio cuenta de ese hecho, Regen sintió un escalofrío que le atravesó todo el cuerpo.

 





 

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