Tres días después, en el ducado de Ludion.
— ¡Esto es absolutamente inaudito!
En el castillo del duque, un lugar donde casi nunca se
alzaba la voz gracias al temperamento afable de su señor, se desató un alboroto
fuera de tiempo.
El hombre, que leía las letras plasmadas sobre un papel
de alta calidad —algo poco común de ver en la Casa Ducal de Ludion—, dejó el documento
a un lado y ladeó levemente la cabeza.
— ¿A qué se debe tanta agitación?
Incluso en medio de una situación de emergencia como
esta, el hombre era la personificación misma de un aristócrata elegante y
perfecto.
— ¿Acaso lo pregunta porque de verdad no lo sabe, señor Duque?
—exclamó indignado Delano, su asistente, quien en condiciones normales no
habría escatimado en elogios hacia él. — ¡¿Cómo que un matrimonio con la joven
dama Basilian?! Dejando de lado el hecho de que no es norteña, la pésima reputación
de esa señorita es tan baja que los rumores han llegado hasta este recóndito
extremo del Imperio. ¿Y eso es todo? ¡No hay un solo ciudadano en el Imperio
que no sepa que ella ha entregado su corazón al Príncipe Heredero!
A diferencia del exaltado Delano, la expresión de
Euclides no cambió, manteniendo una ligera curvatura en las comisuras de sus
labios.
— Entonces, ¿lo que me sugiere es que rechace esta
propuesta de matrimonio?
— ¿Eh? Bueno, por supuesto...
— Mayordomo, ¿Cuánto dinero le debemos pagar al conde
Beers este mes y cuánto tiempo nos queda de plazo?
—... El monto asciende a 750 monedas de oro. Y nos quedan
diez días, señor de la casa, —informó el mayordomo, incapaz de ocultar su
pesar.
El norte, gobernado por la Casa Ducal de Ludion, contaba
con un número extremadamente reducido de caravanas comerciales debido a su
terreno accidentado y a las inclemencias del tiempo. Como consecuencia natural,
los víveres y los artículos de primera necesidad se distribuían a precios mucho
más elevados en comparación con otras regiones.
En particular, la mayor parte de las compras de
suministros se realizaba a través de la Casa del Conde Beers, que operaba la
única red de comercio en el norte; sin embargo, hacía unos diez años, el conde
había inflado los precios hasta rozar la usura. Como era de esperarse, las
quejas de los habitantes del feudo no se hicieron esperar, lo que obligó a la
Casa Ducal de Ludion a intervenir directamente para mediar en el asunto.
Al final, la casa ducal optó por absorber una parte de
los costos de adquisición y distribución de los productos. Debido a esto, la
carga financiera sobre el ducado por los pagos mensuales a la casa del conde
aumentaba de forma alarmante con cada día que pasaba.
La situación tal vez habría mejorado si hubieran
establecido y operado su propia caravana comercial, pero el ducado de Ludion no
poseía ningún producto local digno de ser comercializado y, por encima de todo,
existía una orden estricta del primer patriarca de la familia que debían
acatar.
¿Y acaso eso era todo? Aunque los costos de distribución
pagados al conde Beers representaban una gran parte de los gastos actuales, el
problema más grave era la deuda que se había acumulado a niveles
estratosféricos a lo largo de los años. En un intento desesperado por reactivar
el norte, el ducado se había involucrado en diversos proyectos como minas y
bienes raíces, pero todos habían fracasado rotundamente, dejándolos sepultados
bajo una montaña de deudas.
Por fortuna, las familias que habían invertido o prestado
dinero eran vasallos de la casa o se ubicaban en la misma región del norte, por
lo que mantenían una relación cercana y solo les cobraban una tasa mínima de
interés; sin embargo, nadie sabía cómo podrían cambiar las cosas en el futuro.
Delano, en su calidad de asistente, conocía esta realidad
mejor que nadie.
«¡Pero, aun así, ¿Cómo es posible que
el señor Duque se case con semejante mujer malvada...?!».
Que fuera tan extravagante como para no usar un vestido
dos veces era algo comprensible dado lo ridículamente rica que era su familia,
¡pero los rumores dictaban que poseía un carácter afilado y neurótico, y que
desataba rabietas a la menor provocación! Incluso se decía que frecuentaba el
submundo para participar en subastas clandestinas. ¡Sí, esas subastas del mercado
negro donde se traficaba con mercancías ilegales y esclavos!
— Me opongo rotundamente a este matrimonio. ¡¿Cómo ha
sido capaz el Duque Basilian de hacernos esto?!
— ¿Acaso no me habías dicho antes que parecía ser una
buena persona, muy diferente de lo que dictaban los rumores? —preguntó Euclides
con un tono divertido, dirigiéndose a un Delano que temblaba presa de la
indignación y el sentimiento de traición.
Delano bufó, incapaz de disimular su impotencia.
Apenas hacía unos días que había tenido la oportunidad de
ver de cerca por primera vez al duque Basilian, aquel hombre a quien describían
como un político experimentado capaz de ver varias jugadas por adelantado y
como un comerciante implacable que no se tocaba el corazón por nadie.
A diferencia de su gélida apariencia y de los temibles
rumores que lo rodeaban, el duque Basilian había resultado ser un hombre
sumamente jovial. Después de todo, había sacado a colación la sorprendente y
grata propuesta de abrir una sucursal del gremio comercial Basilian en el
mismísimo ducado de Ludion para entablar excelentes lazos comerciales a futuro.
— ¡Es que yo de verdad pensé que había venido con la pura
y desinteresada intención de expandir sus áreas de negocios!
— ¿Acaso no te dije que eso era imposible? —replicó Euclides.
— Abrir una sucursal en nuestras tierras no es algo que le aporte ningún
beneficio real a la Casa Basilian.
— ¡Pero a mí me pareció de lo más lógico! ¡Es más, llegué
a pensar que se habían tardado!
Al ver la expresión compungida de su asistente, Euclides
finalmente dejó escapar una pequeña risa. Sin embargo, tampoco podía decir que
la lógica de su asistente fuera del todo descabellada. El hecho de que el
gremio comercial Basilian, cuya influencia se extendía más allá del imperio
hasta abarcar todo el continente, no tuviera ni una sola sucursal en el ducado
de Ludion —formando parte del mismo imperio— era, en efecto, algo extraño. En
los círculos sociales incluso corría el descabellado rumor de que el primer
duque Basilian y el primer duque Ludion, ambos miembros fundadores del imperio,
habían sido enemigos a muerte.
Euclides, borrando la sonrisa de su rostro, se quitó las
gafas que llevaba puestas y habló con total serenidad:
— De cualquier forma, no queda más que estar agradecidos.
El Duque Basilian tuvo una buena impresión de mí y por eso me ha presentado
esta propuesta.
A Delano le daban ganas de replicar cómo podía estar
agradecido por tener que cargar con semejante hija problemática, pero su propia
conciencia le impidió dar voz a ese pensamiento. Esto se debía a que la Casa
Basilian había prometido que, de concretarse el matrimonio, no solo abrirían la
sucursal del gremio comercial tal como se había mencionado en la visita
anterior, sino que también transferirían una fortuna colosal bajo el concepto de
dote nupcial.
El hecho de no tener que depender exclusivamente del
gremio comercial del conde Beers en el futuro ya era un motivo alentador, pero
la fortuna prometida... era una suma demasiado grande como para rechazarla.
«Por esa razón el señor Duque está
dispuesto a aceptar esta propuesta de matrimonio, rompiendo incluso la regla no
escrita de que la Duquesa de Ludion debe ser una mujer del norte».
A decir verdad, si la contraparte no hubiera sido la
joven dama Basilian, el propio Delano habría sido el primero en celebrar la
noticia con los brazos abiertos e incluso se habría postrado de rodillas en
señal de profundo agradecimiento.
— Pero...
— Además, ¿no te parece una fortuna?
— ¿Eh? ¿De qué habla exactamente?
Mientras el afligido Delano parpadeaba confundido, una
sonrisa traviesa se dibujó en el rostro de Euclides:
— He escuchado que la joven dama Basilian profesa un amor
unilateral por el Príncipe Heredero, pero jamás he oído que tuvieran una
relación de amantes. Por lo tanto, aunque nos casemos, no habrá motivos para
ganarnos la enemistad de Su Alteza.
— Pero, ¡¿cómo puede considerar eso una fortuna?!
¡Por supuesto que ganarse el desagrado de la familia
imperial era algo temible, pero...!
— ¿De qué sirve eso? ¡Si en el corazón de esa señorita no
habrá espacio para nadie más que para el Príncipe Heredero! (Totalmente equivocado, querido XD)
Existía la enorme posibilidad de que continuara de esa
forma incluso después de contraer matrimonio. De solo imaginar a la duquesa de
Ludion persiguiendo desvergonzadamente los talones del príncipe heredero, a
Delano se le ponía la piel de gallina, por lo que sacudió la cabeza con
violencia para apartar la idea.
— Eso también es un alivio. Después de todo...
Absorto en sus propios pensamientos, Delano no alcanzó a
escuchar el sutil murmullo que Euclides pronunció con un semblante teñido de
amargura.
Euclides, recuperando la compostura en un abrir y cerrar
de ojos, se dirigió al mayordomo:
— Por favor, prepare todo para que podamos partir hacia
la capital lo antes posible.
— Entendido, señor de la casa.
— ¡Señor Duque!
— ¿Le queda algo más por decir?
Aunque Delano seguía inconforme con este compromiso
nupcial y había exclamado con frustración, se quedó sin palabras ante la
pregunta de Euclides, quien en un abrir y cerrar de ojos se había colocado las
gafas de nuevo, listo para revisar los documentos.
Cuando su señor permanecía así de inexpresivo y sin una
pizca de amabilidad en el rostro, emanaba de él un aura imponente digna de la
realeza, o incluso superior. Transmitía la energía de un soberano absoluto a
quien jamás te atreverías a contradecir ni a oponer resistencia.
«Que la compañera de un hombre como él
tenga que ser precisamente ella...».
Ocultando su desolación, Delano abrió la boca con el
ferviente deseo que, al contrario de los rumores, la joven dama Basilian
resultara ser una buena persona. O que, si no lo era, su corazón cambiara al
conocer a su duque, un hombre más noble y cálido que cualquier otro:
— Le expreso mis más sinceras felicitaciones por su
matrimonio, señor Duque.
El mayordomo, que había estado evaluando el ambiente, se
apresuró a añadir:
— La señorita Marianne y el joven amo Dior también se
alegrarán mucho cuando se enteren de la noticia. Después de todo, significa que
tendrán una tía.
Para unos niños que habían perdido a sus padres a una
edad tan temprana que apenas guardaban recuerdos de ellos, la llegada del
primer miembro nuevo a la familia sería un motivo de enorme dicha.
Euclides, leyendo el profundo significado detrás de las
palabras del mayordomo, se dispuso a responder con una simple sonrisa al serle
imposible afirmar aquello con total honestidad, cuando en ese preciso instante,
una diminuta arruga de tensión se dibujó en la frente de Euclides. Antes de que
alguien pudiera percatarse de ello, él volvió a elevar las comisuras de sus
labios y habló:
— Gracias por sus felicitaciones. Dado que habrá mucho
trabajo por hacer, les pido a todos que se retiren por ahora.
Delano y el mayordomo, sin notar la más mínima anomalía,
se inclinaron respetuosamente y abandonaron la habitación.
Tan pronto como la puerta del despacho se cerró, Euclides
sacó apresuradamente un pañuelo y se cubrió la boca con fuerza. Con el rostro
repentinamente pálido, contempló con dolor la sangre que había quedado
impregnada en la tela.
«¿De qué sirve eso? ¡Si en el corazón
de esa señorita no habrá espacio para nadie más que para el Príncipe Heredero!».
Euclides esbozó una sonrisa amarga al recordar las
palabras que su asistente había pronunció hace un momento.
— Realmente espero que así sea. Lamento lo de mis
sobrinos, pero este matrimonio no durará mucho tiempo.
Depositando su sincera verdad en aquel murmullo que nadie
más alcanzaría a escuchar.

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