¿Qué pasó en el dormitorio de la princesa?
Le asigné a
Regen una de las habitaciones contiguas a mis aposentos. Esperaba que una
habitación tranquila y con buena iluminación solar fuera de su agrado.
― Puede moverse
libremente dentro del Palacio de Plata.
Como el
exterior de mis aposentos era peligroso, puse restricciones a su radio de
acción. Nos veíamos principalmente durante las comidas y las sesiones de
tratamiento; a menos que hubiera un asunto especial, lo dejaba descansar en su
alojamiento sin llamarlo.
Regen había
pasado por demasiadas cosas en apenas un mes. Necesitaba tiempo para aceptar y
procesar el destino que se le había venido encima. Como era algo que debía
lograr completamente solo, lo único que yo podía hacer por él era
proporcionarle tiempo y espacio.
“No sale de su habitación... No estará llorando, ¿verdad?”
De repente,
sentí una opresión en el pecho y no podía dejar de pensar en lo que ocurría
detrás de su puerta. Su alojamiento estaba a solo un estudio de distancia de mi
oficina.
Entraba y salía de
la biblioteca con frecuencia, sacando y metiendo libros sin motivo. Pasaba el
tiempo hojeando las páginas y cerrándolas una y otra vez. A partir del quinto
día, él empezó a mostrarse poco a poco, ampliando su radio de actividad hasta
la biblioteca. Aunque me alegraba, no lo demostré y ni siquiera lo miré,
hiciera lo que hiciera. Tenía que fingir que estaba concentrada en mis asuntos
y que no tenía ningún interés en él para que pudiera usar la biblioteca con
comodidad.
Pasó una semana.
Aprovechando que era la hora del tratamiento matutino, preparé una gran
variedad de refrigerios en el salón de recepción y llamé a Regen. Mientras yo
disfrutaba primero del té, Hamel y Demia se encargaron del tratamiento de
Regen. Como era difícil conseguir pociones de grado superior, no quedaba más
remedio que tratar su ojo derecho lentamente con pociones normales. Dos veces
al día, por la mañana y por la tarde, le aplicaban la poción en el ojo.
― Siéntese, Sir Regen.
Al sentarse, Regen
inclinó la cabeza hacia atrás por costumbre. Su frente despejada y la línea
curvada de su nuez de Adán quedaron totalmente a la vista. Su cabello blanco y
corto, que caía desordenado, también atraía la mirada. Probablemente, él fuera
el paciente más sensual del mundo en ese momento. El tratamiento terminó
colocándole un parche en el ojo derecho. Le ofrecí a Regen el asiento frente a
la mesa y le dije:
― La herida del ojo derecho es más profunda de lo que
pensaba. El médico del palacio dijo que el tratamiento tardará un mes. Sé que
es incómodo, pero por favor resiste un poco más. ― Estoy bien
mientras tenga el ojo izquierdo.
Demia, que estaba
llenando mi taza, frunció el ceño y miró a Regen con los ojos entrecerrados.
― Valore ese ojo izquierdo. ¿Tiene idea de cuánto costó? El
valor de una gran mansión, ¡mmpf, mmpf!
― Así es, Demia. Los ojos de una persona valen una fortuna.
Le metí una tarta
de fresa en la boca a Demia para que dejara de hablar. Sin embargo, Regen no
era alguien que no se diera cuenta de las cosas.
― ¿El valor de una gran mansión...? No me diga que...
¿Acaso usó una poción de grado superior para un simple ojo?
― ¡Si ya lo sabe, debería postrarse ante su Alteza y
agradecérselo, mmpf!
Le di a probar a
Demia también una tarta de arándanos. Me limpié los dedos con la servilleta y
le respondí con naturalidad:
― No era por un simple ojo, era por una vida. Gracias a eso
pude usar mi Poder de dominio y ganar tiempo para conversar con Sir Regen.
Parecía haber
comprendido perfectamente mi intención: que, si no hubiera usado la poción, él
habría muerto. Se quedó sin palabras, como si no tuviera nada que decir.
Aprovechando el silencio, Demia, tras tragarse la tarta de un bocado, exclamó
de nuevo:
― ¡Asegúrate de pagar esta gracia y el coste de la poción
con tu propio cuerpo!
―....
― Uf, Demia. Te impongo un voto de silencio hasta la cena
de hoy. Reflexiona mientras callas.
― Buaaa, Alteza.
― Hasta la cena de mañana.
― Mmpf.
Demia asintió con
una expresión a punto de romper a llorar. Sin levantarle el castigo, le puse
una tarta de naranja en la mano y la hice salir del salón de recepción.
― Sir Regen, come también. ¿Acaso te desagrada lo dulce?
― No me desagrada.
― Me alegra oírlo.
Iba a refrescarme
la garganta, pero la taza estaba vacía. Como no había ninguna doncella cerca,
él tomó la tetera, se acercó y llenó mi taza.
Me quedé mirando
el interior de la taza de té durante un rato. Quizás este líquido del color de
las hojas de otoño tendría un sabor muy especial.
― Alteza.
La voz de Hamel,
que llegaba desde la distancia, me despertó de mis pensamientos. Parecía haber
estado en algún lugar, pues sostenía entre sus brazos una caja grande que no
había visto antes.
― He traído las vestiduras de Sir Regen del Departamento de
Asuntos Internos del Palacio.
El contenido de la
caja era el uniforme que visten los caballeros de la guardia real. Sin embargo,
no era del color azul ultramar que simboliza al imperio, sino de un negro
azabache que recordaba a una mortaja. Parecía que utilizaban los colores para
diferenciar fácilmente a los caballeros de la guardia del emperador de los
caballeros directos de las princesas.
Observé de reojo a
Regen. ¿Cómo se sentiría un príncipe al tener que vestir el uniforme de una nación
enemiga? Probablemente, no sería nada agradable.
―.....
Aunque mantenía
una expresión impasible, no podía ocultar su mirada. Diversas emociones
surgieron como impurezas en sus ojos dorados antes de hundirse en lo profundo.
La resignación se instaló donde antes habían pasado la ira, el asco y la
humillación, arrastrando consigo a duras penas la aceptación.
― Ordenaron que se lo pusiera inmediatamente después de
recibirlo.
― Entiendo.
Pensé de nuevo que
hice bien en fingir que no conocía su identidad como príncipe. Aunque la
tristeza se puede compartir, la humillación no.



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