― Míreme.
La
autoridad de la estirpe imperial se manifiesta a través de la mirada y la voz.
No importa si el objetivo está consciente o no; basta con que posea los órganos
sensoriales para recibir el estímulo. Mi mirada se abrió paso, hurgando en lo
más profundo de su psique.
Someter
a alguien por la fuerza, sin su consentimiento, no es tarea fácil. En
condiciones normales, habría sido imposible dominar a un héroe aclamado como “el
tesoro de Lohengrin”.
Sin
embargo, en este momento, tanto su cuerpo como su mente, e incluso su núcleo de
mana, estaban hechos jirones.
―.....
A
pesar de haber terminado de verter la poción, un hilo de líquido seguía
resbalando por su ojo izquierdo. Esas lágrimas fisiológicas eran,
probablemente, el único y débil rastro de resistencia que él podía ofrecer.
Confirmé que un pequeño emblema apareció fugazmente en su pupila izquierda
antes de desvanecerse.
Retiré
los dedos con los que mantenía su párpado abierto y sequé sus lágrimas.
― Ya
terminó. Debe haber sido difícil, pero resistió bien.
Y
entonces, añadí:
― Lo
siento.
Seguramente
me odiará. Pero mientras el verdugo que intenta quitarle la vida sea él mismo,
no pude encontrar una solución mejor que esta.
Dicté
mi primera orden:
― Manténgase
con vida, Regen.
***
Regenhard
Lohengrin. El tercer príncipe del Reino de Lohengrin y el pilar fundamental del
poder militar de las Naciones Aliadas del Este.
Su
último campo de batalla fue el Gran Cañón nevado. A ambos lados, los muros de
roca, escarpados y majestuosos, se alzaban como barreras infranqueables. A sus
espaldas, se encontraba la fortaleza final, con sus puertas de hierro cerradas
a cal y canto.
Él
se enfrentó solo al ejército imperial, luchando en una posición sin retirada
posible.
― En
dos días llegarán los refuerzos, Príncipe Regen. Dos días... solo le pedimos
que resista apenas dos días más.
Quien
pronunció aquellas palabras era su amigo más confiable y el estratega más capaz
que había protegido al reino hasta entonces. Regen comprendía perfectamente que
se encontraban en un callejón sin salida, en una situación tan desesperada que
ya no había táctica posible que inventar.
― Dada
la situación actual, esta es la mejor opción.
― Si
resisto dos días... ¿habrá oportunidad de victoria?
― Ya
lo sabe. Yo solo tomo las mejores decisiones.
Los
que aún podían luchar eran muy pocos. En una batalla entre caballeros de alto
nivel, los soldados comunes no representaban una fuerza significativa. Regen
tomó la decisión de salir al frente en solitario.
No
le importaba. Como príncipe, siempre había cumplido con su deber hasta las
últimas consecuencias. Había vivido considerando su misión proteger a los
débiles e inocentes, a aquellos que amaba por su fragilidad y bondad.
Incluso
le producía cierto alivio saber que, al luchar solo, no tendría que ver morir a
nadie a su lado.
Durante
dos larguísimos días, se mantuvo el combate entre un solo hombre y todo un
ejército.
No
importó cuántos estrategas brillantes tuviera el ejército imperial, ni cuántas
tácticas o planes ingeniosos urdieran. El poder militar de Regen estaba en un
nivel que trascendía los límites del combate convencional, volviendo cualquier
táctica completamente inútil.
― ¡E-el...
el carnicero de Lohengrin!
― ¡Muere!
¡Hiiik!
Aquel
que en su reino era llamado “el Tesoro”, en las tierras enemigas era conocido
como un demonio.
Como
si solo le quedara el instinto, cercenó innumerables cuellos enemigos con su
espada. Mientras los soldados imperiales caían inertes, como flores silvestres
decapitadas por un viento gélido, la muerte blanca descendía del cielo para
cubrir los cadáveres con un sudario de nieve.
Su
cuerpo entero se retorcía bajo un frío capaz de congelar las venas y el calor
abrasador que emanaba de su corazón sobrecalentado. Justo cuando su cuerpo,
exhausto y maltratado, empezaba a dar señales de haber alcanzado su límite,
divisó una bandera entre la ventisca.
Creyó
que eran los refuerzos. Sin embargo, lo que entró en su campo de visión fue el
emblema del águila azul, el símbolo del Imperio.
Pero
lo que realmente sumió a Regen en la desesperación ocurrió a continuación. Hubo
una anomalía en la fortaleza final, aquella que debía mantener una defensa
inquebrantable.
La
fortaleza abrió sus puertas, dejándose totalmente vulnerable.
―
¡No!
Había
luchado hasta consumir su propia vida solo para proteger esa puerta. Todo aquel
esfuerzo se derrumbó en un instante, convirtiéndose en algo vano y vacío.
Poco
después, alguien que mantenía a la familia real como rehén salió al campo de
batalla escoltado por soldados.
― Debería
haber muerto antes de presenciar este espectáculo tan deplorable, Príncipe
Regen.
Era
él. Su amigo más cercano, el estratega del reino.
― ¿Qué...
qué has hecho...?
― Ya
lo sabe. Yo siempre tomo la mejor decisión.
― ¿Y
dices que esto... es lo mejor?
― Admito
que tenemos una diferencia de opiniones. Simplemente he decidido elegir “mi”
mejor opción en lugar de la suya, mi Príncipe. Y en este momento, la mejor
elección es...
La
hoja de una espada atravesó el pecho derecho de Regen.
― Es
traición al reino.
Una
semana después de aquello, el tercer príncipe de Lohengrin fue declarado
oficialmente muerto.
***
En
cuanto Regen abrió los ojos, su primer pensamiento fue:
“¿Acaso
todavía me queda un ojo con el que ver?”
Uno
de sus ojos estaba en perfecto estado. Como si nunca hubiera sido herido,
recuperó su visión original, tan aguda como la de un halcón.
Movió
la pupila para examinar su entorno. Un techo adornado con pinturas exquisitas,
cortinas y sábanas que presumían de colores lujosos, patrones hermosos y
elegantes decorando las paredes, e incluso jarrones con flores embelleciendo
cada rincón. Era un espacio que le resultaba completamente ajeno.
Por
primera vez en mucho tiempo, pudo pensar con claridad. Debido a las secuelas
del combate y los efectos de la tortura, hasta ahora siempre había estado
sumido en la fiebre, con su conciencia parpadeando y cortándose de forma
intermitente. Sin embargo, en este momento, su mente no solo estaba despejada,
sino cristalina.
Los
fragmentos de sus recuerdos, que antes parecían un mosaico roto, empezaron a
encajar uno a uno en su lugar.
El
Gran Cañón nevado. Dos días de combate. La traición de su amigo. Prisionero.
Tortura. La ceremonia de ejecución.
Al
llegar a este punto de sus recuerdos, una duda lo asaltó: “¿Por qué sigo vivo?”.
Aniquilar
el linaje real es el acto que consuma cualquier conquista. Si el Imperio
tuviera un mínimo de sensatez, no habría razón alguna para dejar con vida a un
miembro de la realeza; y, sin embargo, su cabeza seguía sobre sus hombros,
funcionando perfectamente.
Intentó
recordar cómo había sucedido, pero un dolor de cabeza punzante, como si le
horadaran el cerebro con fragmentos de hielo, se lo impidió. Lo atribuyó a las
secuelas de la tortura.
A
excepción de ese fragmento de memoria que parecía haber sido arrancado de
cuajo, el resto de los recuerdos empezaron a brotar poco a poco.
Recordó
cómo lo arrastraron ante el Emperador Loco, con los tobillos encadenados a
otros prisioneros como si fueran ganado. Escuchó palabras como “botín” y “recompensa”,
y distinguió voces femeninas entre el murmullo.
De
entre todas ellas, la que más grabada se le había quedado era...
“Tú
eres mío”.
Aquella
propuesta le hizo estremecerse, sintiendo como si algo se le clavara
profundamente en el alma.
― ¿Has
despertado?
―.......
Atraído
por una voz idéntica a la de su recuerdo, giró la cabeza. Tras el ondular de
las cortinas, se traslucía la silueta de una mujer.
Con
un movimiento grácil y pausado, ella descorrió el dosel para revelarse ante él.
Era
una mujer que le recordaba a las hermosas playas de arena blanca que había
visto en su infancia. Su abundante cabello rubio platino, que caía en cascada,
tenía el mismo tono que la arena fina que brilla intensamente bajo la luz del
sol.
Los
ojos azul pálido que lo observaban eran tan fríos y transparentes como el agua
helada. Combinaban a la perfección con su expresión impasible, que denotaba una
calma casi indiferente.
Una
playa de arena blanca en pleno invierno.
Esa
fue su primera impresión.
Tan
pronto como terminó esa breve apreciación estética, su pensamiento racional
volvió a ponerse en marcha.
Aquella
mujer era una belleza absoluta, como si hubiera cobrado vida directamente de
una pintura.
La
princesa no parecía darle importancia; se limitaba a sorber su té con
parsimonia. Ni siquiera lo vigilaba o lo observaba con atención particular.
― Es
la primera vez que visito el dormitorio de una Princesa Imperial ―comentó él.
― También
es la primera vez que yo traigo a un hombre a mis aposentos ―replicó ella, como
si no fuera nada del otro mundo. Era imposible adivinar qué pasaba por su
mente.
Bajo
la tácita aprobación de la princesa, Regen pudo avanzar hasta el balcón. Desde
allí, los jardines majestuosos y las fuentes se desplegaban ante su vista.
Hacia la derecha, se erguía un edificio opulento que supuso era el palacio
principal.
Mientras
se aferraba a la barandilla de mármol, una ráfaga de viento helado sopló,
despeinando sus cabellos blancos. Aquel viento invernal, que parecía viajar
desde el Gran Cañón del noreste donde él había derramado tanta sangre, traía
consigo un aroma extrañamente metálico, casi como el de la sangre.
Permaneció
un rato contemplando el paisaje. Para un observador externo, su silueta parecía
la de alguien que asimilaba con asombro el hecho de estar en el corazón del
Imperio.
― Es
un segundo piso... ―murmuró.
― Sí,
apenas un segundo piso ―respondió ella de inmediato.
Regen
no pudo evitar girarse para mirarla tras esa réplica instantánea.
La
princesa, que seguía disfrutando del aroma de su té con la misma indiferencia
de antes, ni siquiera le sostuvo la mirada mientras completaba su frase:
― Si
saltas, no lograrás morir.
―…..
Había
sido descubierto. Ella había detectado su deseo de morir.
----------------------------------------------------------------------------------------------------
Yanci: si quieres recibir notificaciones de cuándo actualizo capítulos, sígueme en Discord, en el menú está el enlace.


Comentarios
Publicar un comentario
Escribe un comentario.