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Primeros Capítulos

Tomando al Príncipe de un País Enemigo como mi Caballero - CAPÍTULO 6

 



― Míreme.

La autoridad de la estirpe imperial se manifiesta a través de la mirada y la voz. No importa si el objetivo está consciente o no; basta con que posea los órganos sensoriales para recibir el estímulo. Mi mirada se abrió paso, hurgando en lo más profundo de su psique.

Someter a alguien por la fuerza, sin su consentimiento, no es tarea fácil. En condiciones normales, habría sido imposible dominar a un héroe aclamado como “el tesoro de Lohengrin”.

Sin embargo, en este momento, tanto su cuerpo como su mente, e incluso su núcleo de mana, estaban hechos jirones.

―.....

A pesar de haber terminado de verter la poción, un hilo de líquido seguía resbalando por su ojo izquierdo. Esas lágrimas fisiológicas eran, probablemente, el único y débil rastro de resistencia que él podía ofrecer. Confirmé que un pequeño emblema apareció fugazmente en su pupila izquierda antes de desvanecerse.

Retiré los dedos con los que mantenía su párpado abierto y sequé sus lágrimas.

― Ya terminó. Debe haber sido difícil, pero resistió bien.

Y entonces, añadí:

― Lo siento.

Seguramente me odiará. Pero mientras el verdugo que intenta quitarle la vida sea él mismo, no pude encontrar una solución mejor que esta.

Dicté mi primera orden:

― Manténgase con vida, Regen.

 

***

Regenhard Lohengrin. El tercer príncipe del Reino de Lohengrin y el pilar fundamental del poder militar de las Naciones Aliadas del Este.

Su último campo de batalla fue el Gran Cañón nevado. A ambos lados, los muros de roca, escarpados y majestuosos, se alzaban como barreras infranqueables. A sus espaldas, se encontraba la fortaleza final, con sus puertas de hierro cerradas a cal y canto.

Él se enfrentó solo al ejército imperial, luchando en una posición sin retirada posible.

― En dos días llegarán los refuerzos, Príncipe Regen. Dos días... solo le pedimos que resista apenas dos días más.

Quien pronunció aquellas palabras era su amigo más confiable y el estratega más capaz que había protegido al reino hasta entonces. Regen comprendía perfectamente que se encontraban en un callejón sin salida, en una situación tan desesperada que ya no había táctica posible que inventar.

― Dada la situación actual, esta es la mejor opción.

― Si resisto dos días... ¿habrá oportunidad de victoria?

― Ya lo sabe. Yo solo tomo las mejores decisiones.

Los que aún podían luchar eran muy pocos. En una batalla entre caballeros de alto nivel, los soldados comunes no representaban una fuerza significativa. Regen tomó la decisión de salir al frente en solitario.

No le importaba. Como príncipe, siempre había cumplido con su deber hasta las últimas consecuencias. Había vivido considerando su misión proteger a los débiles e inocentes, a aquellos que amaba por su fragilidad y bondad.

Incluso le producía cierto alivio saber que, al luchar solo, no tendría que ver morir a nadie a su lado.

Durante dos larguísimos días, se mantuvo el combate entre un solo hombre y todo un ejército.

No importó cuántos estrategas brillantes tuviera el ejército imperial, ni cuántas tácticas o planes ingeniosos urdieran. El poder militar de Regen estaba en un nivel que trascendía los límites del combate convencional, volviendo cualquier táctica completamente inútil.

― ¡E-el... el carnicero de Lohengrin!

― ¡Muere! ¡Hiiik!

Aquel que en su reino era llamado “el Tesoro”, en las tierras enemigas era conocido como un demonio.

Como si solo le quedara el instinto, cercenó innumerables cuellos enemigos con su espada. Mientras los soldados imperiales caían inertes, como flores silvestres decapitadas por un viento gélido, la muerte blanca descendía del cielo para cubrir los cadáveres con un sudario de nieve.

Su cuerpo entero se retorcía bajo un frío capaz de congelar las venas y el calor abrasador que emanaba de su corazón sobrecalentado. Justo cuando su cuerpo, exhausto y maltratado, empezaba a dar señales de haber alcanzado su límite, divisó una bandera entre la ventisca.

Creyó que eran los refuerzos. Sin embargo, lo que entró en su campo de visión fue el emblema del águila azul, el símbolo del Imperio.

Pero lo que realmente sumió a Regen en la desesperación ocurrió a continuación. Hubo una anomalía en la fortaleza final, aquella que debía mantener una defensa inquebrantable.

La fortaleza abrió sus puertas, dejándose totalmente vulnerable.

― ¡No!

Había luchado hasta consumir su propia vida solo para proteger esa puerta. Todo aquel esfuerzo se derrumbó en un instante, convirtiéndose en algo vano y vacío.

Poco después, alguien que mantenía a la familia real como rehén salió al campo de batalla escoltado por soldados.

― Debería haber muerto antes de presenciar este espectáculo tan deplorable, Príncipe Regen.

Era él. Su amigo más cercano, el estratega del reino.

― ¿Qué... qué has hecho...?

― Ya lo sabe. Yo siempre tomo la mejor decisión.

― ¿Y dices que esto... es lo mejor?

― Admito que tenemos una diferencia de opiniones. Simplemente he decidido elegir “mi” mejor opción en lugar de la suya, mi Príncipe. Y en este momento, la mejor elección es...

La hoja de una espada atravesó el pecho derecho de Regen.

― Es traición al reino.

Una semana después de aquello, el tercer príncipe de Lohengrin fue declarado oficialmente muerto.

 

***

En cuanto Regen abrió los ojos, su primer pensamiento fue:

“¿Acaso todavía me queda un ojo con el que ver?”

Uno de sus ojos estaba en perfecto estado. Como si nunca hubiera sido herido, recuperó su visión original, tan aguda como la de un halcón.

Movió la pupila para examinar su entorno. Un techo adornado con pinturas exquisitas, cortinas y sábanas que presumían de colores lujosos, patrones hermosos y elegantes decorando las paredes, e incluso jarrones con flores embelleciendo cada rincón. Era un espacio que le resultaba completamente ajeno.

Por primera vez en mucho tiempo, pudo pensar con claridad. Debido a las secuelas del combate y los efectos de la tortura, hasta ahora siempre había estado sumido en la fiebre, con su conciencia parpadeando y cortándose de forma intermitente. Sin embargo, en este momento, su mente no solo estaba despejada, sino cristalina.

Los fragmentos de sus recuerdos, que antes parecían un mosaico roto, empezaron a encajar uno a uno en su lugar.

El Gran Cañón nevado. Dos días de combate. La traición de su amigo. Prisionero. Tortura. La ceremonia de ejecución.

Al llegar a este punto de sus recuerdos, una duda lo asaltó: “¿Por qué sigo vivo?”.

Aniquilar el linaje real es el acto que consuma cualquier conquista. Si el Imperio tuviera un mínimo de sensatez, no habría razón alguna para dejar con vida a un miembro de la realeza; y, sin embargo, su cabeza seguía sobre sus hombros, funcionando perfectamente.

Intentó recordar cómo había sucedido, pero un dolor de cabeza punzante, como si le horadaran el cerebro con fragmentos de hielo, se lo impidió. Lo atribuyó a las secuelas de la tortura.

A excepción de ese fragmento de memoria que parecía haber sido arrancado de cuajo, el resto de los recuerdos empezaron a brotar poco a poco.

Recordó cómo lo arrastraron ante el Emperador Loco, con los tobillos encadenados a otros prisioneros como si fueran ganado. Escuchó palabras como “botín” y “recompensa”, y distinguió voces femeninas entre el murmullo.

De entre todas ellas, la que más grabada se le había quedado era...

“Tú eres mío”.

Aquella propuesta le hizo estremecerse, sintiendo como si algo se le clavara profundamente en el alma.

― ¿Has despertado?

―.......

Atraído por una voz idéntica a la de su recuerdo, giró la cabeza. Tras el ondular de las cortinas, se traslucía la silueta de una mujer.

Con un movimiento grácil y pausado, ella descorrió el dosel para revelarse ante él.

Era una mujer que le recordaba a las hermosas playas de arena blanca que había visto en su infancia. Su abundante cabello rubio platino, que caía en cascada, tenía el mismo tono que la arena fina que brilla intensamente bajo la luz del sol.

Los ojos azul pálido que lo observaban eran tan fríos y transparentes como el agua helada. Combinaban a la perfección con su expresión impasible, que denotaba una calma casi indiferente.

Una playa de arena blanca en pleno invierno.

Esa fue su primera impresión.

Tan pronto como terminó esa breve apreciación estética, su pensamiento racional volvió a ponerse en marcha.

Aquella mujer era una belleza absoluta, como si hubiera cobrado vida directamente de una pintura.

La princesa no parecía darle importancia; se limitaba a sorber su té con parsimonia. Ni siquiera lo vigilaba o lo observaba con atención particular.

― Es la primera vez que visito el dormitorio de una Princesa Imperial ―comentó él.

― También es la primera vez que yo traigo a un hombre a mis aposentos ―replicó ella, como si no fuera nada del otro mundo. Era imposible adivinar qué pasaba por su mente.

Bajo la tácita aprobación de la princesa, Regen pudo avanzar hasta el balcón. Desde allí, los jardines majestuosos y las fuentes se desplegaban ante su vista. Hacia la derecha, se erguía un edificio opulento que supuso era el palacio principal.

Mientras se aferraba a la barandilla de mármol, una ráfaga de viento helado sopló, despeinando sus cabellos blancos. Aquel viento invernal, que parecía viajar desde el Gran Cañón del noreste donde él había derramado tanta sangre, traía consigo un aroma extrañamente metálico, casi como el de la sangre.

Permaneció un rato contemplando el paisaje. Para un observador externo, su silueta parecía la de alguien que asimilaba con asombro el hecho de estar en el corazón del Imperio.

― Es un segundo piso... ―murmuró.

― Sí, apenas un segundo piso ―respondió ella de inmediato.

Regen no pudo evitar girarse para mirarla tras esa réplica instantánea.

La princesa, que seguía disfrutando del aroma de su té con la misma indiferencia de antes, ni siquiera le sostuvo la mirada mientras completaba su frase:

― Si saltas, no lograrás morir.

―…..

Había sido descubierto. Ella había detectado su deseo de morir.


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