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Primeros Capítulos

Tomando al Príncipe de un País Enemigo como Caballero - CAPÍTULO 5

 


Las residencias de las princesas que han recibido su investidura formal se encuentran en el Palacio anexo del Este.

La puerta de mi estancia lucía grabados exquisitos y un hermoso relieve de un pájaro plateado; por ello, siguiendo ese diseño, mi habitación fue bautizada como “La Habitación del Pájaro de Plata”. Siendo la tercera estancia más lujosa de todo el palacio anexo, era también el barómetro que reflejaba mi estatus real como princesa.

― A la cama.

Los caballeros de la guardia real que lo traían a cuestas cumplieron mi última orden y se retiraron. En cuanto terminé de asegurar las puertas de mis aposentos, mis damas de compañía soltaron el aire que contenían y empezaron a hablar una tras otra.

― ¡Cielos, por todos los dioses! Es la primera vez que Su Alteza mete a un hombre en su dormitorio, ―exclamó una.

― Simplemente ha sucedido lo que tenía que suceder, señorita Demia. No armemos un escándalo, ―replicó la otra.

La joven de cabello castaño corto que hablaba con tanto entusiasmo era Demia. La mujer de cabello verde oscuro, con un corte varonil y la expresión serena de una oficial de mando, era Hamel.

Al escuchar el parloteo de mis leales y queridas damas, la tensión que se había acumulado al enfrentar al Emperador Loco finalmente se disipó. Era el tipo de alivio que solo siente alguien que ha llegado a una zona segura.

― Pero... ¡si parece que está a punto de morir! ―señaló Demia―. Dudo mucho que en ese estado pueda servir adecuadamente a Su Alteza. Es poco confiable.

― Ciertamente, no parece estar a la altura, ―añadió Hamel con pragmatismo―. Pero bueno, si es el gusto de Su Alteza...

Me gustaría dejar que siguieran parloteando, pero no creo que sea el momento.

― Hamel, ¿y el médico real?

― Llegará en cualquier momento.

― Demia, enciende incienso con efectos analgésicos.

― Lo hice incluso antes de que usted llegara, Alteza.

Seguramente tomaron medidas desde el instante en que abandoné la sala de audiencias del palacio principal. A través de la red de información que tengo desplegada en el palacio imperial, habrían escuchado la noticia de que traía conmigo a un prisionero de guerra gravemente herido.

Me senté en el taburete que Hamel me acercó y lo miré desde arriba. Su rostro, del cual solo se veía la mitad bajo los vendajes, estaba terriblemente contraído por el dolor.

Ojalá pudiera soltar al menos un gemido como es debido, pero de sus labios entreabiertos apenas surgía un hilo de respiración. No sería extraño que en cualquier momento soltara ese último aliento de vida que sostenía a duras penas.

― Alteza, el médico real ha llegado.

Un hombre de mediana edad, con el cabello empezando a encanecer, frunció el ceño en cuanto vio al paciente y, de inmediato, corrió las cortinas de la cama. Su excusa fue que “no podía permitir que una escena tan cruda ensuciara los ojos de la Princesa”.

El agua limpia de los cuencos se tiñó de rojo una y otra vez. El suelo alrededor de la cama se llenó de vendajes sucios y frascos de medicina vacíos.

― ¿Cómo está? ―pregunté finalmente.

― Es desolador.

El médico real descorrió las cortinas. Al verlo de nuevo, él no era más que un cadáver viviente que había pasado de estar sucio a estar limpio.

― Sería más rápido enumerar las partes de su cuerpo que aún están intactas. He tratado sus lesiones internas con medicina y le he recolocado los huesos. En cuanto a sus ojos, si hubiéramos tardado un poco más, el daño habría sido irreversible. Con un tratamiento constante, podrá recuperarse. El problema es...

― El núcleo de mana, ¿verdad?

― Así es, Su Alteza.

A diferencia de los huesos y la carne, el núcleo de mana no es algo que pertenezca al ámbito de la medicina o las pociones.

― El núcleo de mana, que en cualquier caballero debería estar situado en el lado derecho del pecho, está hecho añicos. Para alguien con sus capacidades, es como si no tuviera corazón. Su vida como caballero ha llegado a su fin.

Respondí con total indiferencia:

― Solo hay que restaurarlo.

― ¿Perdón? Solo existe una persona capaz de reparar un núcleo de mana: Su Majestad el Emperador, quien es como un dios para este gran imperio. Es imposible que un prisionero tan insolente reciba una gracia divina que solo se les concede a los caballeros con grandes méritos de guerra.

Esa es, precisamente, una de las razones por las que tantos usuarios de mana juran lealtad al Emperador Loco. Tienen algo que ganar.

― Si lo piensa bien, es un poder de dominio sin precedentes en la historia. ¡Larga vida a Su Majestad el Emperador!

Aquel halago repentino y rastrero me resultó molesto.

― Médico real, mide bien tus palabras, ―le solté.

― ¿Perdón?

― No es que solo Su Majestad el Emperador sea capaz de hacerlo. Es que solo alguien con un nivel de dominio equivalente al de Su Majestad puede lograrlo.

― Bueno... eso... ¿es cierto, supongo...? ―balbuceó él.

Ignoré la mirada insolente del médico, que parecía gritar: “¿Y acaso se cree que usted es esa persona?”

Más importante que su falta de respeto era el hecho de que el vendaje recién colocado ya se estaba tiñendo de rojo otra vez. El médico soltó una tos seca, avergonzado, mientras intentaba leer mi expresión.

― Lamento informarle con toda humildad que no he podido tratar las quemaduras ni las laceraciones.

― ¿Por qué?

― Es que... ya se ha agotado toda la reserva de pociones asignada a Su Alteza para este mes y...

― Buen trabajo. Puedes retirarte.

― ¡Ah, sí! ¡Con su permiso, me retiro, Alteza!

Tras despachar al médico, me giré hacia mis damas de compañía para darles instrucciones.

― Debo hacer que se recupere pronto. Llenen la bañera con todas las pociones que tengo en mi estancia.

Demia se quedó lívida, casi al borde del colapso.

― ¡Pero si las ha estado coleccionando durante diez años! ¡Cada una de esas botellas vale lo mismo que una casa en las afueras!

― Veo que estás muy al tanto de los precios del mercado, Demia. Llénala.

― Sí, Alteza...

Trajeron una bañera con ruedas y la colocaron al lado de la cama. Vaciaron uno tras otro los frascos de las pociones traídos tras saquear cinco armarios enteros.

Se estaba creando el agua de baño más cara del mundo.

― Alteza, no piensa usar la de grado supremo, ¿verdad? Es que esta vale lo mismo que una mansión entera y es un poco...

Demia abrazaba con fuerza contra su pecho un frasco que brillaba con una intensidad inusual. Era una poción única, mi seguro de vida, prácticamente mi “vida extra”.

En ese momento, un leve gemido escapó de la cama. Él estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por incorporar el torso.

― ¡Ah! ¡Alteza, el cadáver se está levantando!

― Parece que, aunque el médico real sea un adulador, su talento es real, ―comentó Hamel con calma.

Ignoré los comentarios de Demia y Hamel y me acerqué a él. Intenté presionar suavemente sus hombros para que volviera a recostarse, pero, de repente, él me sujetó la muñeca con fuerza.

― ¡Qué insolencia con Su Alteza! ―exclamaron mis damas, pero las detuve con un gesto mientras mantenía la mirada fija en él.

Bajo los vendajes que cubrían sus ojos, sus labios, de una curva elegante, parecían tener algo urgente que decir. Con una desesperación que se filtraba a través de la fuerza con la que estrujaba mi muñeca, me suplicó:

― No... me cure.

― ¿Qué?

― Déjeme... morir... así... ―murmuró entrecortadamente.

―.....

La presión que atenazaba mi muñeca desapareció de golpe. Parecía que, tras soltar lo que quería decir, se había desmayado de nuevo a su antojo. Su mano, que resbaló hasta caer sobre las sábanas, se quedó grabada en mi vista por un momento.

Mientras lo observaba en silencio, Hamel y Demia se acercaron a mí.

― Alteza, conozco bien a los tipos como él, ―sentenció Hamel―. Intentará suicidarse.

― Tiene razón, ―añadió Demia―. Es obvio que, aunque lo salvemos, nos pagará con ingratitud. Así que, Alteza... ¿puedo volver a guardar las pociones en sus frascos?

― Demia.

― ¿Eh?

Miré con fingido afecto el rostro esperanzado de Demia, solo para arrebatarle de un tirón la poción de grado supremo que abrazaba contra su pecho.

― ¡Ah! ¡Alteza! ―exclamó ella.

Esbocé una sonrisa, aunque mi humor se había vuelto gélido.

― No puedo dejar que muera, ―sentencié―. Métanlo en la bañera.

Para poder sacar fuerzas y seguir luchando desesperadamente por mi vida en este mundo infernal, necesito que, al menos él, permanezca vivo a mi lado.

¡Plof!

Se escuchó el sonido del agua al recibir el cuerpo firme del hombre, a quien acomodaron sentado y erguido dentro de la bañera. El agua de las pociones comenzó a teñirse de un rojo intenso hasta que, finalmente, el color dejó de extenderse. Era la señal de que las heridas se estaban cerrando y la hemorragia se había detenido.

Como la parte superior de su pecho no quedaba sumergida, no recibía el efecto curativo directo. Así que tomé un pequeño balde de madera, similar a un cazo, y empecé a verter la poción sobre su nuca y sus hombros para empaparlos.

Aunque la expresión de su rostro ya no reflejaba tanto tormento, seguía sin dar señales de recuperar el conocimiento. A pesar de la frialdad del agua que calaba su cuerpo y de la incomodidad de no tener donde apoyar la cabeza, su conciencia permanecía sumergida en algún lugar lejos de la realidad.

― Salgan todas ―ordené.

― Alteza, aún no ha terminado el tratamiento de su rostro.

― Yo me encargaré, salgan todas.

Mis damas de compañía se retiraron respetuosamente y cerraron la puerta del dormitorio. Me quedé a solas con él.

―.....

No recordaba que mi habitación fuera tan silenciosa.

Casi sin pensarlo, toqué la superficie del agua de la bañera, provocando un ligero chapoteo para romper el silencio.

Caminé lentamente hasta situarme detrás de él. Deslicé las yemas de mis dedos por sus hombros, masajeándolos hacia arriba, hasta que mis dos manos rodearon su cuello indefenso.

Tras sentir el pulso en su garganta durante unos instantes, incliné su cabeza hacia atrás con firmeza, a pesar de que seguía inconsciente. Lo hice para que, desde mi posición de pie detrás de él, pudiera ver bien su rostro.

Acaricié sus mejillas con lentitud y, acto seguido, le quité la venda que cubría sus ojos.

“No quería hacerlo por la fuerza...” murmuré para mis adentros.

Esa frase resultaba hipócrita incluso para mí, considerando lo coercitiva que fue mi siguiente acción.

Elegí el párpado izquierdo de entre los que estaban fuertemente cerrados y lo abrí por la fuerza con mis dedos. Entonces, vertí la poción de grado supremo directamente sobre su pupila carente de enfoque.

― ¡Ugh...! ―un gemido ahogado escapó de sus labios.

La poción no solo empapó sus ojos, sino que también fluyó sobre su nariz y su boca. Él se retorció, luchando por aire como si se estuviera asfixiando.

Sin embargo, lo que realmente le estaba causando aquel tormento era algo muy distinto.




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