«¿Qué es lo que acabo de escuchar?».
Se sintió exactamente como si me estuviera dando una
excusa.
Dudando de mis propios oídos, me limité a parpadear con
la mirada perdida. En ese momento, Alexis de pronto desvió la vista de reojo
hacia la puerta, se inclinó un poco y susurró:
— No le dije a mi padre que anduviste vagando por ahí a
tu antojo, ¿sabes? Así que tú tampoco te pongas terca y mantente callada.
Cuando lo miré con el rostro lleno de sorpresa, Alexis
dio un respingo y me rehuyó la mirada. La punta de sus orejas estaba teñida de
un rojo intenso. Aunque yo había deseado que no me delatara, no esperaba que
fuera de esta manera.
A diferencia de los pensamientos tan cínicos que guardaba
en mi interior, me quedé contemplando fijamente a Alexis sin tener idea de qué
tipo de expresión reflejaba mi propio rostro. Como si sintiera el peso de mi
mirada, él también volvió a verme.
— Tú, ¿por qué otra vez tienes esa...?
Justo en el instante en que Alexis intentaba decir algo,
la puerta cerrada hizo un clic y comenzó a abrirse lentamente.
— ¿Qué lugar se creen que es este para estar
holgazaneando y charlando de esa manera?
Una voz gélida cayó sobre nuestras cabezas, haciendo que
el corazón se me diera un vuelco.
— ¡Hermano! No es lo que crees, solo...
— Silencio.
El único hombre al que Alexis llamaba hermano. Cionel, el
hijo mayor del Duque Basilian y joven duque, respondió con frialdad.
Levanté la cabeza despacio y me quedé contemplando el
rostro de Cionel. Dueño del mismo cabello negro y de los mismos ojos de un azul
gélido que Evgenia, poseía una apariencia sumamente hermosa. Sin embargo, en el
instante en que lo enfrenté, la sangre de todo mi cuerpo se enfrió por completo
y el aire se me atoró en la garganta.
Apreté los puños a toda prisa.
Esta rabia de origen desconocido era algo que yo ya había
experimentado antes. Precisamente cuando vi las pupilas rojas de Richard.
Aunque había deseado con fervor estar equivocada, al
parecer mi hipótesis era correcta. Yo, que había poseído el cuerpo de Evgenia,
no conservaba sus recuerdos, pero era capaz de sentir sus emociones con total
nitidez. Había comenzado a sospecharlo desde que me encontré con Richard ayer,
y asumí que todo se aclararía en cuanto viera al Duque Basilian.
Y ahora, al tener frente a mis ojos a Cionel —de quien la
novela describía que poseía un aspecto sumamente similar al del duque—, una
serie de sentimientos que no me pertenecían comenzaron a brotarme de nuevo
hasta la garganta.
— Si vienes con la intención de armar un berrinche como
la última vez, mejor lárgate. No por hacer eso las cosas saldrán como tú
quieres.
Cionel, mirándome desde lo alto, habló con desdén.
Ante sus palabras, una hostilidad brotó de mí, de forma
natural y sentí que una voz afilada estaba a punto de salir disparada de mi
boca. Sin embargo, apreté los dientes para reprimir mis emociones y forcé la
expresión más dócil posible.
— No he venido... a armar ningún berrinche.
La reacción de Cionel fue apática. Aunque me pareció que
su ceja izquierda daba un leve tic, no se percibía ni un ápice de credibilidad
en su mirada.
Bueno, no se podía evitar.
— Hermano, entremos ya. No podemos hacer esperar más a
nuestro padre.
Pronuncié esas palabras pensando que sería mejor reunirme
con el duque cuanto antes para zanjar el asunto de una vez por todas. En ese
preciso instante:
— ¿Qué... qué acabas de decir?
Los ojos de Cionel, que hasta hace un momento solo habían
mostrado sutiles cambios de expresión casi imperceptibles, se abrieron de par
en par, tanto que cualquiera habría podido notarlo con facilidad. Observé cómo
sus pupilas, de un azul similar al de Alexis, pero aún más profundo, temblaban
con agitación, y repetí mis palabras con total claridad:
— Digo que entremos ya. Nuestro padre está esperando.
¡Clang!
De inmediato, esta vez se escuchó un ruido estrepitoso
proveniente del interior del despacho, como si a alguien se le hubiera caído
algo.
— Oye, tú de verdad te diste un golpe en la cabe...
— Cállate.
Aparté de un manotazo violento a Alexis, quien intentaba
poner una mano sobre mi hombro volviendo a dudar de mi estado de salud, y esta
vez le espeté sin contenerme. Al percibir mi descontento, dio un respingo y
retiró la mano hacia atrás. Con esfuerzo, contuve la ira que amenazaba con
desbordarse de nuevo y volví a girar la cabeza.
El joven duque Cionel, siempre aclamado como el epítome
de la razón perfecta y la mente fría, la antítesis absoluta de Evgenia —quien
era vista como el potro indomable de la familia Basilian, una criatura
puramente impulsiva y de sangre caliente—, mostraba ahora un rostro un tanto
ausente. Sin embargo, aquello duró solo un instante; pronto vi cómo se tensaba
su perfilada línea de la mandíbula. Como si se sintiera herido en su orgullo
por haberse alterado, aunque fuera por un momento, se dio la vuelta bruscamente
y abrió la puerta de par en par.
Había sido una especie de prueba y un acto de terquedad.
El hecho de llamar a Cionel “hermano” y al duque “padre”, aun sabiendo que
todos se quedarían atónitos, tenía un propósito. Aunque ignoraba el origen del
profundo resentimiento y la furia que Evgenia guardaba hacia su familia, yo no
era la verdadera Evgenia. La sola idea de que, en contra de mi voluntad, mi
corazón pudiera tambalearse al ver al Príncipe Heredero o de que sintiera el
impulso de alejarme de Euclid me resultaba espantosa.
Por fortuna, mis palabras y acciones no se veían
limitadas. Además, las emociones ajenas se iban desvaneciendo a medida que
pasaba el tiempo. Por lo tanto, prometiéndome una vez más que no me dejaría
influenciar, crucé el amplio despacho y finalmente me planté ante el Duque
Basilian, quien se encontraba sentado frente a su escritorio.
Sin embargo, a pesar de haber armado mi corazón de valor,
mis esfuerzos resultaron inútiles. En el instante en que me topé con el Duque
Basilian, un hombre de mediana edad que irradiaba un aura gélida y llevaba el
cabello negro pulcramente peinado hacia atrás, el contorno de mis ojos se
calentó rápidamente.
— ¡¿Ev-Evgenia?!
El duque, que me había estado contemplando con una mirada
tan fría como un lago congelado en pleno invierno, se levantó de su asiento de
golpe con una exclamación sonora.
— ¿Por qué lloras? ¿Te duele alguna parte?
— ¿Eh...?
Ante sus palabras, me palpé las mejillas. Con razón
sentía calientes los ojos; al parecer, las lágrimas habían comenzado a brotar
sin que me diera cuenta.
¿Acaso era la primera vez que veía llorar a su hija? El
duque, mostrando una gran contradicción entre su rostro de hombre implacable y
su expresión de genuina consternación, rodeó el escritorio a toda prisa y se
aproximó hacia mí.
Como si tuviera cierta experiencia lidiando con Evgenia a
su manera, el duque se abstuvo de tocarme precipitadamente y, en su lugar, sacó
un pañuelo de su regazo y me lo extendió.
Acepté el pañuelo con cautela. En cuanto mi borrosa
visión se aclaró un poco, me topé con los ojos azules del duque, visiblemente
teñidos de preocupación. Por alguna razón, me resultó aún más difícil controlar
mis emociones.
«Esto no va bien. Será mejor que suelte
las palabras que preparé para cuando viera al duque y me marche de aquí».
— Lo lamento, padre.
Llevé presurosa el pañuelo hacia el contorno de mis ojos.
Aunque mi vista quedó bloqueada, pude notar que el cuerpo del duque se tensaba
con rigidez; sin embargo, continué hablando sin que me importara.
— Debió de haberse asustado mucho por el alboroto que
causé en el despacho la última vez. Ya no volveré a hacer algo así. También he
decidido renunciar a su Alteza el Príncipe Heredero.
— ¿Eso... eso es verdad?
Preguntó el duque tras titubear por un largo momento.
Ante el temor de que no me creyera, bajé la mano de inmediato y asentí con la
cabeza. Por fortuna, el haber exteriorizado, aunque fuera un poco de esa
angustia que me provocaban las lágrimas alivió la opresión en mi pecho,
permitiéndome no quedar sepultada por completo bajo esas emociones.
— Yo también tengo orgullo. Sabiendo perfectamente lo que
siento por él, ¿cómo pudo enviarle una propuesta de matrimonio a Melissa?
— Eso es cierto, pero...
El duque arrastró las palabras con evidente sospecha, a
pesar del tono firme de mi voz. Al fin y al cabo, se trataba de Evgenia, quien
había manifestado su amor por el Príncipe Heredero de forma incesante. Dado que
apenas unos días atrás incluso había usado su propia vida como amenaza, era
natural que le costara creer que fuera a rendirse con tanta facilidad.
Sin embargo, yo tampoco podía dar marcha atrás en este punto.
Ya que acababa de derramar lágrimas, pensé que sería buena idea utilizarlas a
mi favor. Fingiendo que contenía el llanto, me mordí el labio inferior por un
instante antes de soltarlo y hablar con solemnidad:
— Por eso pienso casarme.
— ¿Eh?
— He dicho que voy a casarme.
— ¡¿Qué... qué dices?!
Los ojos del duque se abrieron de par en par, mostrando
una consternación tan grande como cuando me vio llorar hace unos momentos.
— Aunque en este preciso instante me siento traicionada
por su Alteza el Príncipe Heredero, ni yo misma sé cuándo puedan volver a
flaquear mis sentimientos. Pero no quiero que pase eso. Si al menos me caso y
formo un hogar, tendré un sentido de la responsabilidad, por lo que no volveré
a actuar con tanta ligereza como antes.
¡Aunque, por supuesto, la verdadera Evgenia carecía por
completo de sentido de la responsabilidad y continuó persiguiendo al Príncipe
Heredero incluso después de casarse!
— Por lo tanto, voy a casarme. Lo más pronto posible.
¡A partir de ahora, planeaba vivir contemplando
únicamente a mi esposo, Euclid!
Ocultando perfectamente mis verdaderas intenciones tras
concluir mis palabras —las cuales equivalían a colocarme mis propios
grilletes—, dirigí una mirada lastimera hacia el duque.
— ¿Lo dices en serio?
Justo en ese momento, Cionel preguntó con voz hosca. Al
ver que seguía sin mostrar el más mínimo rastro de confianza, chasqueé la
lengua para mis adentros y hablé con mayor firmeza:
— Lo digo con toda la sinceridad de mi corazón. En cuanto
al prometido, les ruego a mi padre y a mi hermano que lo elijan según su propio
criterio.
¡Twitch!
Vaya, esta vez lo vi con absoluta claridad. La ceja de
Cionel se elevó bruscamente antes de volver a su posición original. Tomando
aquello como una buena señal, tragué saliva con dificultad y compuse una
expresión rebosante de súplica.
— Sin embargo, de ser posible, me gustaría hacerlo antes
que su Alteza el Príncipe Heredero.
De todas formas, ese era el plan original, pero sería
mejor si se apresuraban aún más. ¡Solo así podría reunirme pronto con Euclid!
— Podemos omitir el compromiso por completo y no hay
necesidad de que la boda sea ostentosa. Solo... quiero abandonar la capital
donde se encuentra su Alteza el Príncipe Heredero un día antes si es posible.
¡Y entonces, disfrutaría al máximo de mi feliz vida de
fan... digo, de mi vida de recién casada en el Ducado de Ludion!
La sola idea era tan emocionante que la comisura de mis
labios dio un leve respingo sin darme cuenta. Sin embargo, al instante
siguiente, una vaga sensación de ansiedad me asaltó.
«¿No irá a cambiar el pretendiente solo
porque me ofrecí a casarme primero?».
No, era imposible que eso sucediera. Lo más probable era
que el duque y Cionel hubieran abandonado la capital usando como pretexto los
asuntos de su gremio comercial, pero con el verdadero propósito de examinar el
norte; con exactitud, el Ducado de Ludion. Y existía una alta probabilidad de
que ya se hubieran entrevistado con Euclid.
Sin embargo, para prevenir cualquier variable imprevista,
me humedecí los labios resecos y volví a tomar la palabra:
— Esto... por cierto.
Tan pronto como abrí la boca, el duque y Cionel, quienes
habían estado intercambiando miradas cómplices, giraron la vista bruscamente
hacia mí.
------------------------------------------------------
Yanci: Hasta yo sospecharía jajajaja. XD

Comentarios
Publicar un comentario
Escribe un comentario.