Dos meses antes de la boda…
― ¡Escucha bien! ¡Si pediste dinero
prestado, tienes que devolverlo!
¡Clang!
Un jarrón de lujo cayó al suelo y se hizo añicos
ante un empujón violento.
― ¡O-oye! ¿Acaso no te pedí que me dieras un
poco más de tiempo?
El Barón intentó hablar con una voz fingidamente
severa hacia los maleantes que habían irrumpido, pero fue en vano. Parecía que
habían entrado con la firme intención de arrasar con todo, pues estaban
metiendo en sacos cualquier objeto que pareciera tener valor.
― Escuche, señor Barón. Solo por respeto a
su título, ya le hemos extendido el plazo por tres meses. ¿Todavía tiene algo
más que decir? ¿Eh?
Werazel, que observaba toda la escena, tuvo un
pensamiento trivial:
“Ya tiene una cara aterradora de por sí,
pero al fruncir el ceño así, parece un verdadero gánster”.
En un abrir y cerrar de ojos, el interior de la
mansión, que siempre había estado impecablemente cuidada, se convirtió en un
caos absoluto debido a los maleantes.
Ella bajó la mirada hacia el vestido que llevaba
puesto. Era una prenda que había mandado a confeccionar en su boutique habitual
por un precio exorbitante. Un vestido que, a los ojos de cualquiera, gritaba lo
caro que era.
Sin embargo, frente a ella estaba su padre,
suplicando impotente ante esos rufianes por no poder pagar sus deudas, y a su
lado, su madre, secándose las lágrimas.
Era una escena sumamente incongruente. Y esa era
la realidad.
― Por eso deberían haber dejado de derrochar
en lujos de una vez.
Ella murmuró para sí misma en voz baja, pero entre
tanto caos, nadie la escuchó.
― Solo un poco más de tiempo, se lo ruego.
Les dije que, si me daban un poco más de tiempo, podría devolver el dinero
prestado.
El maleante miró con desprecio al Barón Prosier,
quien suplicaba lastimosamente, y respondió:
― Me llevaré estos objetos como garantía por
lo que valen, así que les daré dos meses más. Si no pagan para entonces, no
tendré piedad. Me llevaré incluso a su hija.
La mirada turbia y lasciva del hombre recorrió a
Werazel de pies a cabeza. Ante ese escrutinio repugnante, ella se estremeció de
horror. Se le puso la piel de gallina y sintió una fuerte náusea.
― Pero ¡¿qué dice?!
― Por eso mismo, ¡pague el dinero!
―... Está bien, lo entiendo.
El Barón Prosier agachó la cabeza, derrotado. A su
lado, la Baronesa, cuyas piernas parecían haber perdido toda su fuerza, se
aferraba con desesperación al brazo de su esposo.
― Vamonos.
Los maleantes que habían invadido la sala de estar
se marcharon, dejando tras de sí una casa devastada. En medio del desastre,
quedaron tres personas: el Barón Prosier, su esposa y Werazel Prosier, la hija
del Barón y la responsable de todo este embrollo.
― Lizel... Lo siento mucho. Tu padre no
tiene cara para mirarte.
El Barón habló mientras observaba con cautela a su
hija, que permanecía de pie, inmóvil. Werazel miró a su padre, quien no sabía
qué hacer con su propia culpa. En cuanto ella movió los labios para hablar, el
Barón se estremeció involuntariamente.
― No se preocupe, padre. Usted solo hizo lo
que pudo para salvar a nuestra familia.
El Barón, que esperaba que su hija tuviera un
arrebato de ira o una rabieta, se conmovió hasta las lágrimas al escuchar esas
palabras tan cálidas e inesperadas. Pensó que, finalmente, su hija había
madurado de verdad.
― ¡Lizel!
Werazel palmeó la espalda de su padre, quien la
abrazó con fuerza. Mientras tanto, ella pensaba:
“¿Qué culpa podría tener usted? Todo es
culpa de Werazel”.
Werazel Prosier. A sus veinte años, desde el
momento en que debutó en la alta sociedad, comenzó a disfrutar de toda clase de
lujos. No solo compraba vestidos y joyas que no se ajustaban a su posición,
sino que también adquiría ediciones limitadas difíciles de conseguir, vaciando
por completo la caja fuerte de la familia.
El Barón Prosier, que adoraba a su única hija, no
había sido capaz de poner freno a sus excesos.
Todo era debido al corazón de unos padres que solo
querían darle lo mejor y lo más costoso. Como resultado, la caja fuerte de la
familia del Barón pronto mostró el fondo. Aunque no pertenecían a la alta
nobleza, los Prosier tenían suficiente dinero para vivir cómodamente, pero en
un abrir y cerrar de ojos, la estabilidad de la casa comenzó a tambalearse.
Cuando llegaron al punto de no poder pagar ni
siquiera los salarios de los sirvientes, el Barón se dio cuenta, demasiado
tarde, de que algo andaba mal y pidió dinero prestado al banco.
“Pero ese dinero también se desperdició
por completo en los caprichos de Werazel”.
El Barón pedía préstamos bancarios y Werazel los
derrochaba en lujos. Este patrón se repitió tantas veces que llegaron a un
punto en el que el banco ya no podía otorgarles más créditos. Como no habían
pagado las deudas anteriores y solicitaban montos cada vez más grandes, el
banco les cerró las puertas.
Sin embargo, nuestra Werazel no se preocupaba por
cómo iba la economía del hogar. Seguía vagando en busca de objetos más caros y
valiosos que los de los demás, cosas que hicieran su apariencia aún más
hermosa. Todo esto mientras le armaba escándalos a su padre exigiéndole dinero.
Finalmente, cuando se le cerraron las puertas de
los bancos, el Barón recurrió a los prestamistas privados. Como resultado,
ocurrió la tragedia que presenciaron hoy.
― ¡Lizel! ¡No te preocupes! ¡Jamás permitiré
que te entreguen a esos maleantes!
La imagen de su padre preocupándose por ella era,
en verdad, conmovedora. Ella asintió con una sonrisa.
― Sí, padre. Esforcémonos juntos.
― ¡Lizel... hija mía!
Mientras estaba rodeada por el amplio abrazo de su
padre, ella borró de golpe su sonrisa amable y endureció el gesto.
“Uff. Qué mala suerte tengo”.
No eran deudas por lujos que ella misma hubiera
disfrutado; eran deudas acumuladas por el desenfreno de la dueña original de
este cuerpo.
“Y pensar
que soy yo quien tiene que apretarse el cinturón. El momento no podría haber
sido más inoportuno. Hoy se cumplía exactamente una semana desde que había
reencarnado en el cuerpo de Werazel”.
― Con esto debería poder pagar al menos una
parte de la deuda.
Extendió todos los bolsos y accesorios que
llenaban el vestidor. Al verlos así, todos alineados, la cantidad resultaba
abrumadora.
― No me extraña que la casa esté en la ruina
―murmuró Werazel, chasqueando la lengua
mientras revisaba qué objetos valía la pena revender.
Como los vestidos eran hechos a medida, era obvio
que no obtendría mucho dinero por ellos aunque los vendiera. Por lo tanto, lo
mejor sería centrarse en los bolsos, collares y diversos accesorios. Al haber
collares, pendientes y bolsos de edición limitada, sin duda le darían una buena
suma.
― Merhuin.
― ¿Me ha llamado?
Ante el llamado de Werazel, el mayordomo Merhuin
abrió la puerta y entró, como si hubiera estado esperando ese momento.
― A excepción de este y este, devuelve todo
lo demás. Si no aceptan devoluciones, revéndelos. Estoy segura de que habrá
alguien interesado en comprarlos.
Werazel le pidió que vendiera todo, menos el
anillo familiar que se había mandado a hacer junto a sus padres y un collar con
una esmeralda del que no pudo apartar la vista desde la primera vez que lo vio.
El collar tenía un diseño simple y sencillo, con una sola esmeralda pequeña
incrustada, por lo que no obtendría un gran valor, aunque decidiera venderlo.
“Supongo que está bien quedarme con al
menos esta pieza”.
Como era un collar que le había gustado desde el
primer instante, quería conservar al menos ese. Por miedo a que se mezclaran
con los otros objetos por error, se puso el anillo familiar en el dedo anular y
el collar alrededor de su cuello...
― ¿D-dice que venda todo esto?
Merhuin la miró con los ojos como platos, con una
expresión de absoluta incredulidad.
― Sí. Es demasiado, ¿verdad? Lo siento. Pero,
aun así, te pido que hagas el esfuerzo.
― Ah, no... No es por eso. Señorita,
¿realmente se encuentra bien?
Werazel miró fijamente al anciano mayordomo.
Merhuin tenía una expresión que delataba sus dudas sobre si su señora se había
vuelto loca. Ella, para demostrar que no mentía, respondió con un semblante
firme.
― De verdad estoy bien, así que, por favor,
véndelos.
Era comprensible que tanto su padre como el
mayordomo estuvieran tan sorprendidos. Después de todo, su actitud había
cambiado drásticamente en apenas una semana.
Había una novela que estaba leyendo para matar el
tiempo. Me quedé dormida tras llegar a la mitad de la historia, y cuando abrí
los ojos, me encontraba poseyendo el cuerpo de un personaje secundario sin la
más mínima relevancia: Werazel Prosier, la mujer que había llevado a su familia
a la ruina a base de lujos.
“Como su papel era tan insignificante,
solo hace unos días me di cuenta de que había reencarnado en este personaje de
la novela”.
A mitad de la historia, se mencionaba que un
villano de poca monta había comprado un título nobiliario con dinero. Aquel que
vendió su título en ese entonces fue el Barón Prosier. Es decir, que al final,
la razón por la que el Barón no tuvo más remedio que vender su estatus fue por
culpa de Werazel...
Werazel era una mujer tan atractiva que cualquier
transeúnte se daría la vuelta para mirarla al menos una vez. Su cabello castaño
claro, abundante y pulcro, junto a sus ojos verdes que recordaban a las
aceitunas, le daban un aire fresco; mientras que sus labios rojos bajo una
nariz respingada evocaban la imagen de una rosa solitaria. Como nunca había
escatimado en invertir en sí misma, poseía una piel tan blanca y suave que
incluso una gota de rocío resbalaría por ella.
Ya era hermosa de nacimiento, pero esa belleza
superior era el resultado del esfuerzo cultivado con dinero.
― ¡Sniff! Yo, Merhuin, que la he servido durante
veinte años, ¡jamás me he sentido tan conmovido como hoy!
Merhuin, profundamente emocionado, se secaba con
un pañuelo las lágrimas que asomaban a sus ojos. Werazel forzó una sonrisa
incómoda, le pidió que se hiciera cargo de todo y salió rápidamente de la
habitación. Lo hizo porque los ojos de Merhuin brillaban tanto que parecía que
en cualquier momento le tomaría las manos con fuerza.
― De todos los momentos posibles, tenía que
reencarnar justo ahora.
Werazel soltó un lamento para sí misma. De todas
las situaciones, la posesión del cuerpo ocurrió justo cuando los cobradores de
deudas irrumpían en la casa. Si la historia seguía el curso de la novela, la
familia del Barón Prosier pronto caería en la ruina y su padre terminaría
vendiendo su título a ese villano de poca monta.
“Entonces... ¿qué pasará conmigo?”.
¿Acaso pasaría de ser una dama noble a convertirse
en una indigente de la noche a la mañana?
― No. De ninguna manera.
Werazel sacudió la cabeza con un escalofrío. Sin
importar el contenido de la novela o quiénes fueran los protagonistas, lo
primero y más urgente era conseguir dinero.
“¿Y si de verdad termino siendo arrastrada
por esos prestamistas en dos meses...?”.
Como el poder de su padre, el Barón Prosier, era
insuficiente, no le quedaba más remedio que arremangarse y actuar por su
cuenta. No quería volver a vivir una vida encadenada y sofocada por el dinero;
ya había tenido suficiente de esa experiencia en su vida pasada. Esta vez,
quería escapar de la pobreza a toda costa.
― Pero, ¿de dónde voy a sacar una suma tan
grande...?
Nada menos que 80 millones de chelines...
Caminó sin rumbo por las calles con pasos
lánguidos. Si hubiera sido la Werazel original, habría tomado un carruaje
incluso para las distancias más cortas, quejándose de que su vestido podría
desgastarse.
Incluso, por si fuera poco, la antigua Werazel
siempre llevaba consigo un par de zapatos de repuesto, distinguiendo entre los
de interior y exterior para no estropear su costoso calzado; pero ella era
diferente. Aunque el dobladillo de su carísimo vestido se arrastraba por el
suelo y se desgastaba, no le importaba en lo más mínimo.
Llamar a un carruaje de alquiler, cambiarse de
zapatos... Antes que hacer algo tan molesto, prefería caminar con sus propios
pies para estar más tranquila.
“De todos modos, ¿cómo voy a conseguir el
dinero?”.
Mientras caminaba sumida en sus pensamientos, una
ráfaga de viento sopló en la calle desierta, agitando los pliegues de su falda.
Entonces, un papel que apenas colgaba de una pared salió volando. El papel
flotó por el aire con ligereza, como el aleteo de un pájaro, hasta que aterrizó
y se pegó justo en el rostro de Werazel.
― ¡Ah!
Asustada por el papel que de repente le bloqueó la
visión, Werazel soltó un grito. Con un movimiento irritado, se arrancó
rápidamente el papel de la cara.
― ¿Qué demonios es esto?
Werazel, que estaba a punto de arrugar el papel
con brusquedad pensando que era basura, lo desdobló rápidamente al alcanzar a
leer la palabra “chelines”. Entonces, comenzó a leer lo que estaba escrito en
el papel estrujado:
[SE BUSCA NIÑO PERDIDO]
Nombre: Raphelion Halos
Edad: 5 años
Características: Cabello negro y ojos rojos.
Fecha de desaparición: Hace un mes.
Lugar de desaparición: Camino que conecta Berni con la capital.
※ Se ruega a quien encuentre al niño que se
presente en el Ducado de Halos. Se entregará una recompensa de 100 millones
de chelines a quien lo encuentre. ※
― ¿El Duque... Halos?
En ese instante, una frase cruzó fugazmente por la
mente de Werazel:
“El Ducado de Halos, conocido por ser el
más rico del Imperio, luchó incansablemente para encontrar al niño perdido”.
― Es esto.
Los ojos verdes de Werazel ardieron con una
determinación feroz. Una sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios rojos.


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